Pablo tiene 54 años, es un campesino del sur de Honduras, lo conocí el sábado pasado mientras mi hija y yo tomábamos un helado en el parque. Él se nos acercó, respiraba con dificultad, caminaba despacio, arrastrando los pies como quien no quiere llegar a su destino, o no puede llegar, o no tiene un destino.

-¡Buenas tardes! Me llamo Pablo, perdone que la incomode, ¿Tendrá algunas monedas que me regale? No he comido-

Ese hombre de baja estatura, me recordó un poco a mi padre, tenía las manos agrietadas, propias del trabajo duro que dejan un color negruzco en las comisuras de los dedos, le costaba trabajo mantenerse en pie así que lo invite a sentarse.

-¿Quiere un helado? –

-¿Un helado?¡Si, hermanita, si quiero un helado!-

-¿De qué sabor?—

-aj ¡Limón!—Exclamo con ese peculiar acento y  me regalo una sonrisa aperlada que se abrió paso entre la piel ajada de su rostro.

Me senté junto a él, y compartimos juntos el tiempo que nos duró la nieve de limón, yo no quería incomodarlo con las preguntas obvias, con la impotencia que sentía por encontrar a otro ser humano en esas circunstancias y no poder ayudarlo, la migración es un proceso natural, inherente al humano, nadie debería ser considerado ilegal, nadie debería ser perseguido o encarcelado por ejercer su derecho a transitar por el planeta entero.

No hay personas de primera o segunda clase, todos deberíamos ser considerados valiosos.

No quería que se diera cuenta que verlo feliz me conmovía profundamente, disfrutaba ese helado como cualquier otro, un momento se abstrajo de su trajín cotidiano, de las horas sin dormir, la intensa búsqueda de comida, nos contó de su familia, de sus nietos, de los guisos de sus esposa y cuantos extrañaba todo aquello, nos contó que su sueño era llegar a Nueva York para encontrarse con su hijo mayor que desde hace 15 años no veía.

Se declaró viejo y cansado, y que él mismo a veces pensaba que no podría llegar, porque su condición física no era la mejor. Nos contó de la violencia, de la pobreza, de la desesperación cuando perdió el trabajo, cuando se quedó sin tierras y de como le prometió a su esposa que la suerte les iba a cambiar.

La ilusión de las caravanas lo segó, cogió dos camisas, unas sandalias, su gorra favorita, un pantaloncillo corto y sus tenis; comenzó a caminar. Así sin más, uno tras otro sus pasos han recorrido kilómetros enteros, le han hecho ver otros países, personas diferentes, esos pasos lo trajeron a México, aún le parece increíble cuanto ha avanzado.

-¡Este ha sido el viaje de mi vida! Y estoy aquí, tomando un helado de limón con mis amigas—

Tal vez nunca vuelva ver a Pablo, pero siempre agradeceré lo generoso que fue conmigo, me compartió un pedazo de su historia, me ayudo a dejar de preocuparme por cosas triviales, a disfrutar un helado, una tarde soleada y una plática excepcional; reafirmó en mí la idea del libre tránsito de las personas, todos tenemos sueños y nos esforzamos por hacerlos realidad, se requiere coraje para echar todo lo que uno es en una mochila y acudir a una cita incierta.

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