Cuando la justicia de casa es sorda y omisa será necesario que nuestros gritos aturdan al vecindario

Cartel land o Tierra de cárteles, largometraje del director estadunidense Matthew Heineman, basado en las andanzas del hoy cautivo líder de autodefensas michoacanas, José Manuel Mireles, destacó entre los proyectos nominados al premio de la Academia de Hollywood como mejor película documental.

Cuando una docena de nominaciones se apila para elevar por segunda ocasión al Negro Iñárritu, el mexicano que por segunda ocasión consecutiva conquistaría los principales Oscares, surge una extraña pulsión del México del dolor.

Porque bien se aplaude el talento al fin reconocido de nuestros compatriotas, Alejandro González Iñárritu (nominado a mejor director), el Chivo Lubezki (nominado a mejor fotografía) y Martín Hernández (nominado a mejor edición de sonido), los tres por El renacido (nominada a mejor película); su presencia en los Oscares evidencia de nueva cuenta que el país no es capaz de aprovechar las mentes brillantes para impulsar su cine.

Y no será la única evidencia, como tampoco lo fue en 2015, cuando el Negro, al recoger la estatuilla por la entonces aclamada Birdman, se pronunció en el lamento por el cinismo del Estado mexicano, omiso y cómplice ante la violencia y las desapariciones forzadas.

A casi un año de aquella histórica entrega, proclamada por muchos mexicanos como una victoria nacional, el glamour de Los Ángeles volverá a escuchar al país al sur de la frontera desde el eco de la cárcel, con el testimonio de un médico michoacano, entregado al servicio comunitario para curar a las familias del virus de la violencia por los cárteles del narcotráfico.

Esta historia, la del médico Mireles, quien sobrevive enfermo desde un penal de máxima seguridad, penetró los filtros de la Academia a través del proyecto documental de Matt Heineman, quien movido por la fuerza magnética en la frontera méxicoestadunidense, halló a dos personajes, de los dos lados de la valla metálica, coincidentes en el hartazgo y la decidida tarea de hacer el trabajo de las autoridades.

Dos personajes cuartearon el cristal de la legalidad cuando los cárteles ya devoraron los rostros de los inocentes; los violó, masacró, secuestró y privó de dormir tranquilos en casa.

El doctor Mireles, en México y Tim Foley en Estados Unidos. Michoacán y Arizona. Una cámara surgió entre los dos para ser observados por un documentalista que quiere entender ¿quiénes son los buenos? ¿Quiénes son los malos? ¿Qué es justicia? ¿Quién tendrá que procurarla?

Con la confusión de un río revolcado, un mapa de la esperanza que refleja cómo el territorio se cura de la enfermedad, la mancha del narco retrocede, la faena de una limpia no autorizada surte efectos alentadores. El Imperio Rojo de la Tierra de Cárteles se diluye con el blanqueador de la fuerza comunitaria.

Pero los resultados no suenan tan convincentes para todos. La autoridad ‘legítima’ vuelve, celosa de los que le hicieron su trabajo, los encarcela por autojusticieros, por atreverse a limpiar la casa.

Hoy guardan fuerza para gritar tan fuerte que su caso sea escuchado con la acústica del teatro Dolby de Los Ángeles, el día de la entrega.

Tierra de cárteles. Matthew Heineman, 2015.

Nominada al Oscar como mejor documental

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