Hablo por mí, porque es mi género y mi lucha; grito por mi hija, para que nunca callen su voz.

Las fechas marcadas en el calendario, especialmente las de lucha, deberían servir para decir “qué barbaridad, no puedo creer que así eran las cosas”; en cambio, días cómo hoy nos hacen reflexionar ¿qué estamos haciendo para que todo mejore?

Veo a las mujeres que me rodean con un montón de historias que contar, muchos episodios que no pudieron gritar y con tantas violencias que normalizaron y dejaron pasar. Entonces pienso en mi hija y me da un temor indescriptible saber que ella, como todas nosotras, podría representar una cifra más en las estadísticas que no cesan.

Porque me atrevo a decir que sí, todas hemos sufrido o ejercido algún tipo de violencia; como todo iceberg, la punta es palpable y tiene la letalidad de mil cuchillas recién afiladas pero el trasfondo es tan amplio que nos cuesta visualizar desde dónde comienza.

Tengo recuerdos muy vívidos de mis primeras violencias, realizando tareas domésticas asignadas a mi género y condición; acciones muy sutiles que podrían tacharse de exageradas a simple vista pero que son evidentes cuando contrastamos el mismo episodio desde la perspectiva masculina.

Porque es muy normal, en cualquier familia, que la hija ponga la mesa, lave los platos y sirva las porciones más grandes al papá o al hermano, quienes plácidamente esperan sentados.

Mis recuerdos de adolescencia se resumen a la consigna “cuídate”: usa una licra debajo del jumper, regresa a casa acompañada de tus amigas, no uses ropa ajustada, no seas provocativa, no te expongas.

Y aunque mi ropa nunca estuvo a la moda ni usé maquillaje, aunque mi silueta y rostro iban en contra de los estándares, más de una vez sentí una mano o un pene rosando mi cuerpo en el transporte público, más de una vez tuve que correr con mis amigas porque un hombre se masturbaba mientras nos veía en la calle, más de una vez me sentí diminuta por algo que no era mi culpa.

La punta del iceberg se asomó al mismo tiempo que mi inquietud y liberación sexual; en ocasiones debía mantener el perfil bajo frente a mis amistades, familia y pareja. De repente decidí callar situaciones que debían ser gritadas, me autocensuré cuando las violencias psicológica, académica y económica eran evidentes y me sentí culpable cuando la violencia física llegó con mi pastel de cumpleaños número 23.

Me sentí avergonzada de mí misma, me di asco y lástima al darme cuenta que me estaba pasando a mí, con tantos estudios, con tanta información al alcance, con tanta vida por delante. Sentí rencor pero no por mi pareja sino por mi cobardía.

Mirarte al espejo después de un golpe es muy difícil, más cuando ese espejo está roto o empañado; cuando la mano que te dañó, es la misma que ahora seca tus lágrimas. Se necesita mucha fuerza, vergüenza o hartazgo para por fin salir de ese círculo vicioso y destructivo, para entender que tú eres más y que vales más de lo que pasas en ese momento.

Mi ancla tiene nombre y apellido y es quien ahora me preocupa: quien debe reconocer desde dónde comienza la violencia para que no pase desapercibida, quien debe tener las armas para defenderse y el coraje para hacer justicia cuando la ley falla. Por eso hoy me presento aquí por ella, para que su voz no sea callada, para que su inocencia no sea robada y para que su vida no sea frenada.

Y la lucha se hace desde cualquier trinchera y en todos los casos es legítima: desde quienes exponen públicamente a sus acosadores hasta quienes salen el día de hoy a pintar monumentos y hacer todo el ruido posible para que seamos escuchadas.

Porque este movimiento es de todas, nos representa a todas y nos defiende a todas.

Sobre El Autor

Rosario Moctezuma

Reservada pero no tanto, culta pero no mucho, sensible pero a veces, chistosa pero no por gusto; comunicóloga, docente en proceso, haciendo mis pininos donde me agarre el hambre.

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