Dolores Jiménez y Muro… nuestro mito

 

PERIODISTA, poeta, revolucionaria. Desde que empecé mi tesis de doctorado, en 1999, ella me atrapó por siempre. Encontrar testimonios sobre sus acciones, textos escritos por ella, datos biográficos, me confirmaron que era una mujer como nunca hubo en esa época. Estuvo al lado de Zapata, fue encarcelada tantas veces por sus firmes convicciones, nunca se dio por vencida, siempre creyó en sus ideales. Es nuestro mito.

Nació en Aguascalientes, una región que abre sus puertas al canto, que da asilo a plumajes coloridos y donde se hacen apuestas por la vida. Así, el 7 de junio de 1848, Dolores Jiménez y Muro surgió a la vida.

A los 17 años dio a conocer sus primeros poemas en publicaciones periodísticas. Esas inspiraciones literarias fueron determinantes para que fuera invitada por el gobierno estatal para participar y recitar sus textos en las fiestas de septiembre de 1874. Mientras destacaba con sus poemas, en un lapso muy corto se quedó huérfana. En 1883, murió su padre y en el mismo año falleció su madre. Dolores tenía 35 años.

Dolores Jiménez y Muro

Dolores Jiménez y Muro

La orfandad y su soledad, pero a la vez su fuerza e inspiración, siempre se ganó la vida con su propio esfuerzo. Independiente y soltera, dueña de sí misma y protegida por su talento palpó lo bello, pero también lo complejo de la vida. Poco a poco las mismas condiciones del país la orillaron a escribir más textos periodísticos, la denuncia fue su firma constante. El periodismo se convirtió en su mejor arma y a sus textos sumó su perspectiva crítica, su fuerza, su certeza, su independencia y su gran solidaridad con los otros. Fue así como se integró a la prensa de oposición.

La condición femenina no le fue ajena, fue así como en 1905 publicó en el semanario La mujer mexicana, fundado por un grupo representativo de intelectuales mexicanas que se autonombraban feministas y afirmaban que su publicación demostraba el talento y el compromiso de las mujeres en el país.

En 1908 creó el club femenil Hijas de Cuauhtémoc, donde enfrentó la represión de la dictadura. Una de sus primeras acciones fue realizar un mitin en la glorieta de Colón de la ciudad de México para protestar contra Díaz y su fraude electoral. Fue una de las veces que Dolores Jiménez y Muro fue a dar a la cárcel. El gobierno de Porfirio Díaz la identificó plenamente así que fue perseguida, amenazada y encarcelada. Enfermó en prisión y estuvo incomunicada. Hizo una huelga de hambre. Al ser liberada regresó a la lucha. Se fue al sur de México a unirse al ejército zapatista. En algunas semblanzas indican que Zapata la invitó a ser parte de su ejército. Su amiga Julia Ruisánchez Nava le advirtió: Veo en sus ojos que va a enamorarse de Emiliano Zapata y que sufrirá nuevas decepciones.

Convencida de los ideales zapatistas, escribió el proemio del Plan de Ayala, el 28 de noviembre de 1911:

 

…idea de la Justicia violada y escarnecida durante siglos; pero afortunadamente las ideas libertarias que comenzaron su obra de regeneración por medio de Hidalgo y de sus colaboradores, y continuaron su magna labor por medio de los patriotas de 57, han hablado muy alto en los altruistas autores del Plan de Ayala, diciéndoles con elocuente lenguaje que para que los beneficios que encarna nuestra magna Constitución sean un hecho, es preciso que el proletario, sobre todo el indio, ese mártir de tantos siglos, se regenere y se instruya, a fin de que sea lo que debe ser en no lejano día… y para que esto se realice, es preciso que no tenga hambre; que no lo martirice el frío; que sea el hermano de sus semejantes y no su propiedad menospreciada como ha sido hasta hoy.

Este ideal tan noble y tan bello, eslabón precioso y complementario de la obra libertaria de 1821 y 1857, es la tercera y grandiosa etapa de nuestra evolución política y social.

El deslumbrante fulgor de su triunfo irradia en todos los espíritus, puesto que hasta los mismos poderosos comprenden la justicia que ha dictado ese Plan, nacido en Villa Ayala el 28 de Noviembre de 1911, y están conformes con su realización; en tanto que las multitudes pronuncian con respeto y cariño el nombre del calumniado General Emiliano Zapata, como el del defensor de los desheredados y de los oprimidos; como el del porta-estandarte de la idea revolucionaria de nuestros días, de la misma manera que lo fué Hidalgo, Morelos y Guerrero, desde 1810 hasta 1821; y como lo fué Juárez durante la gran Década Nacional.

 

La relación que Dolores tuvo con Zapata está llena de mitos e historias. Si se amaron, si ella estaba enamorada, si él también la amó, si fue el amor de su vida. Entre algunos rumores y comentarios que se han difundido está la fotografía histórica tomada de 4 de diciembre de 1914. Los revolucionarios entraron a la ciudad de México y en la silla presidencial se sentó Pancho Villa, a un lado de él estaba el mismo Emiliano. Mucha gente les rodea y justo detrás de ellos, al centro, se observa el rostro de una persona, algunos dicen que se trata de la misma Lolita.

Francisco "Villa en la silla presidencial" acompa–ado por Emiliano Zapata, retrato de grupo. MŽxico, D.F. 6 diciembre, 1914. Archivo Casasola. © Sinafo-Fototeca Nacional/INAH Nœmero de inventario [186381]

Francisco “Villa en la silla presidencial” acompa–ado por Emiliano Zapata, retrato de grupo. MŽxico, D.F. 6 diciembre, 1914. Archivo Casasola. © Sinafo-Fototeca Nacional/INAH Nœmero de inventario [186381]

La vida de Dolores fue incierta cuando terminó la guerra. Algunos diccionarios biográficos aseguran que desempeñó diversos cargos en la Secretaría de Educación Pública.

En el testimonio de vida recopilado por Mayo Murrieta se narra que después de muchos años de lucha, y de la muerte del caudillo del sur, aceptó ser pensionada por el gobierno. Hecho que para ella fue vergonzoso y la deprimió profundamente. Otra periodista de la época, Julia Ruisánchez Nava, fue quien ayudó a su amiga y sintió piedad por la mujer a la que consideraba su segunda madre, por la mujer que la motivó a practicar el periodismo. El 15 de octubre de 1925 recibió la noticia que tanto había temido, su amiga había muerto.

Carmelita Dosal avisaba que Lolita amaneció muerta en su lecho. Julia había estado con ella tres días antes y la notó debilitada pero no exhausta. Abandonada, sin dianas ni discursos fúnebres, en una casa de la calle del Carmen, de zaguán, cercana al jardín viniendo por Peña y Peña. Julia recordó que murió amando a Emiliano Zapata, su último héroe. Esto le produjo un sentimiento de clemencia y decidió brindarle homenaje unida a La Palomilla (las integrantes del Comité Feminista Mexicano), fue por el padre Higinio instándole a que pusieran una placa en su memoria, en esa casa donde yacía la revolucionaria defensora de los indios, los obreros y los pobres campesinos. Después, ya no hubo lágrimas.

Sus poemas han sido recuperados y delatan su sensibilidad, sus metáforas e inspiraciones confirman que es y será nuestro mito:

 

Muy lejos, más allá de aquellos montes.
Bajo otros muy distantes horizontes.
De los que desde aquí la vista alcanza.
Existen seres que amo con ternura.
Existe lo que hiciera mi ventura.
Lo que inspira sueños y esperanza.
Allá van sin cesar mis pensamientos.
Todos los días y todos los momentos.
Llenos de fuego intenso que hay en mi alma.
Y allá me impele siempre mi deseo.
Pues nada más allá sentir mi deseo.
Pues nada más allá sentir yo creo.
Algunas horas de ventura y calma

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