¿Por qué investigar sobre las mujeres del siglo XIX cuando en el XXI las mujeres estamos haciendo cosas maravillosas?

PREGUNTÓ de buena fe, quizá con cierta querella, tal vez por falta de pasión, un amigo que todavía no comprende este gozo de ir a la Hemerotec;, esta necedad de descubrir textos que delatan un pasado, una historia que pide no olvidar.

Yo me topé con estas mujeres cuando estudiaba la licenciatura en 1985, siglo XX. Segura de que mi destino era ser periodista, entré a la universidad para toparme con la pared del olvido: nada había sobre mujeres periodistas de otros tiempos. Fue por culpa de Florence Toussaint que fui por primera vez a la Hemeroteca Nacional. El aroma del ayer me envolvió de inmediato, los periódicos de color amarillento me sedujeron, creerme un dios fue divertido -leía los diarios sabiendo lo que pasaría mañana y lo vaticinaba soberbia-, pero, sobre todo, me emocionó encontrar textos firmados por mujeres.

Sí, ya en esa época las mujeres escribían en publicaciones periodísticas, necesitaba saber más que su nombre y los empecé a descubrir, a mencionar, a palpar. Ellas, las mismas que fundaron sus propios semanarios. Ellas, que escribían poemas o recetas de cocina, que describían la moda de aquellos tiempos, que narraban bailes y paseos pero que también intuían a una sociedad que las ponía en desventaja en muchos escenarios.

Fue entonces cuando ya no pude ni podré separarme de ellas, las mujeres del siglo XIX porque si en este siglo XXI puede haber ya algunas ventajas, en ese periodo no había ninguna, solamente su necia pasión y vocación de escribir.
No podían ir a la universidad, no votaban, tampoco eran consideradas ciudadanas ni periodistas ni escritoras ni médicas ni abogadas. Entonces, ¿cómo le hicieron para ganarse esos espacios? Esa lucha, esa convicción, esa pasión, esa necedad, provoca que quiera siempre buscarlas y celebre encontrarlas.

El siglo XIX, el mismo que algunos autores describen entre décadas de silencios y ausencias. Según esos estudios, las mexicanas vivían en un estado de inacción y aburrimiento que las hacia seres pasivos, débiles, incapaces de pensar por sí mismas, porque nadie esperaba esto de ellas. No contaban como personas porque no las dejaban cultivar sus ideas ni desarrollar su inteligencia.

Interpretaciones como las crónicas de la marquesa Calderón de la Barca, esposa del primer embajador de España en México, que permaneció en nuestro país desde 1839 hasta 1841, son citadas como ejemplos. La marquesa, quizá observadora parcial debido a su extranjería y a su formación tan distinta, describió la apariencia de las mexicanas:

Hablando en términos generales –dice la marquesa- he de deciros que las señoras y señoritas mexicanas, escriben, leen y tocan un poco, cosen y cuidan de su casa y de sus hijos. Cuando digo leen, quiero decir que saben leer; cuando digo que escriben, no quiero decir que lo hagan siempre con buena ortografía y cuando digo que tocan, no afirmo que posean en su mayoría conocimientos musicales… Pero si las muchachas mexicanas son ignorantes muy rara vez se les hecha de ver. Poseen un tacto sorprendente y nunca corren el riesgo de salirse de su medio.

 

No obstante, si se recurre a otras fuentes, a otros testimonios, se puede descubrir que el prototipo de la mujer durante esa época, confirmada al convento o a su hogar, es más un mito que una realidad, porque a pesar de su condición de relativa inferioridad social respecto al hombre, a los prejuicios familiares y a su retraimiento de la vida política, las mexicanas fueron participando poco a poco en diversos oficios, logrando integrarse a talleres especializados, fabricantes textiles, tabacaleras, comercios, oficinas, docencia y otras actividades. Empezaron a escribir y a encontrar complicidades masculinas que les abrían un espacio en sus periódicos, pero también hubo cómplices femeninas que, al reconocerse entre ellas, se aliaron, se apoyaron, se motivaron. Comprobaron que eso de la sororidad, existe desde siempre.

Un caso muy claro de ello fue el surgimiento de la primera publicación hecha por mujeres en México, Las Hijas del Anáhuac, que, en 1873, en su editorial compartieron esta certeza:

Todavía no se puede colocar nuestro periódico en el número uno de los otros muchos que honran la prensa mexicana; pero… ¡Quizá más tarde!…¡Tal vez en la decadencia de nuestra vida, se recordará con placer, que unas pobres hijas de México, deseosas del progreso de su país; no descuidaron (aún a costa de muchos sacrificios) contribuir con sus humildes líneas, para lograr en su patrio suelo, esa regeneración sublime del sexo femenino, que se llama la emancipación de la mujer! Quizá entonces, este periódico que es hoy un insignificante botón de la corona que ciñe la literatura de nuestra patria, forme una de sus más fragantes flores […] Tal vez dentro de algún tiempo, habrá otras jóvenes que, siguiendo nuestro ejemplo, se lancen al difícil camino del periodismo, afrontando todas las espinas que en él se encuentran.

Qué gozo leerlas, qué orgullo encontrarlas, coincidir, creerles, leerlas, palpar tal cual se expresaban en ese siglo, romper mitos y prejuicios, las mujeres del siglo XIX, pese a tener un escenario adverso, avanzaban en esos escenarios públicos. Y en esa década de los ochenta del siglo XX, yo encontraba aliadas, espejos, pasado y recuerdos.

Uno de los semanarios que más me entusiasmo en ese tiempo de estudiante que hacía su tesis de licenciatura fue Violetas del Anáhuac, fundado en 1887 por la mexicana Laureana Wright, ella junto a su amiga Mateana Murgía y otras mujeres, cada semana daban a conocer su publicación llena de poemas, de recetas, de consejos, pero también de artículos y ensayos a favor de las mujeres de nuestro país.

Cuántas colaboradoras, cuántos textos firmados por plumas femeninas, cuántas expresiones y sensaciones compartidas, su vida cotidiana y sus anhelos. Ellas en todo su discurso periodístico y literario. El título de su primer editorial, las delata de inmediato, pues escriben: Aquí estamos.

Venimos al estadio de la prensa a llenar una necesidad: la de instruimos y propagar la fe que nos inspiran las ciencias y las artes. La mujer contemporánea quiere abandonar para siempre el limbo de la ignorancia y con las alas levantadas desea llegar a las regiones de la luz y la verdad.

 

¿Ven? Por eso es tan sencillo aliarse con las mujeres mexicanas del siglo XIX, que, sin poder ir a la universidad, sin poder votar, sin ser consideradas ciudadanas o profesionistas, ahí estaban haciéndose visibles con sus propias palabras, abriendo sus propios espacios donde tenían la certeza de que podían, de que merecían, de que necesitaban estar.

Y es aquí donde entra nuestra escritora singular, Laura Méndez de Cuenca, nacida justo a la mitad de ese siglo XIX, 1853. Qué hizo esta mujer, ufff, tanto que hasta ha merecido un libro dedicado solamente a ella. Que les puedo decir de ella, tanto que no alcanzan mis 15 minutos de gloria en esta charla.

Recuerdo que en mi tesis de doctorado volvía toparme con ella, ahora a principios del siglo XX. Ella, que perteneció a la generación de las primeras periodistas mexicanas. Publicó tanto poemas como narraciones y artículos en El Correo de las Señoras, Violetas del Anáhuac y El Álbum de la Mujer. Sin duda fue ejemplo para muchas mujeres mexicanas que deseaban dedicarse a la literatura, fue el modelo de la mujer culta del siglo XIX, la guía para las principiantes que buscaban espacios periodísticos donde publicar sus artículos, el ideal de una mujer que se realizó en el espacio público y privado.

Los intelectuales de la época tuvieron buenas relaciones con ella, la apoyaron y motivaron, incluso llegó a ser musa de poetas como Manuel Acuña que le escribió poemas. Sin duda, el esposo fue determinante en la formación cultural de esta mujer. Su nombre fue Agustín F. Cuenca, poeta y precursor del movimiento modernista del país. Este hombre jamás hizo a un lado a su mujer. Compartió con ella lecturas e ideas. La invitaba a las reuniones intelectuales con sus amigos. Comentaba sus obras y junto con ella buscaban la editorial que podría imprimir el libro añorado. Si bien el respeto y admiración que su marido manifestaba públicamente hacia ella, facilitó que obtuviera un lugar en el mundo cultural nacional, también es cierto que la inteligencia y propiedad de Laura Méndez fue determinante para que los intelectuales no la ignoraran ni se sintieran incómodos con su presencia en las discusiones y veladas que ellos continuamente organizaban.

A la edad de 50 años continuaba participando activamente en el periodismo y en diversas actividades culturales. En 1919 todavía daba clases de literatura en la Escuela Normal para Profesoras de México, hasta que fue jubilada.
Las personas que la conocieron aseguraban que hasta los últimos días de su vida representaba a una “vigorosa de alma, que lee y escribe con ardor juvenil”. Murió a la edad de 75 años, en 1928.

Y ahora debo pasar a describir a la otra aliada, a la mediadora de este siglo XXI entre Laura Méndez de Cuenca y nosotras, una mujer que desde que la conocí, nos unió nuestra pasión por el siglo XIX, ser mujeres del siglo XX y estudiosas de nuestro pasado en pleno siglo XXI.

Leticia Romero Chumacero comparte esta pasión y esta necedad, qué apasionante recuperar a nuestras antepasadas, a las que nos abrieron el camino, a las que, en el siglo XIX, escribieron para delatarse, para dejar testimonio, para hacerse visibles, para ser espejos, para marcar el camino hacia las letras, el periodismo, la literatura, nuestro discurso en esta sociedad no siempre equitativa.

Leticia Romero Chumacero cae en este hechizo de nuestras aliadas en el tiempo, se deja cautivar por el canto de estas sirenas impresas, aprende de su sabiduría sin importar los siglos transcurridos, las coloca en este hoy para vencer el olvido, por eso advierte en la primera parte de este libro:

En las siguientes páginas se honra la herencia de Laura Méndez de Cuenca a través de nueve estampas destinadas a exponer con alguna minucia sus andanzas e ideas: primero dando cuenta de su intenso periplo vital; después, analizando la índole de los pensamientos que alimentaron sus cartas, algunos cuentos, un libro de economía doméstica y su labor como articulista. La aproximación, por cierto, no pretende ser una biografía, sino un asomo a la vida y las ideas de una de las inteligencias más luminosas de México hacia finales del siglo XIX y principios del XX.

Y aquí estamos, Laura Méndez de Cuenca, inspirando ese ayer lleno de certezas, tenacidad e inspiraciones.

Y aquí está Leticia Romero Chumacero, atrapando ese ayer para hacerlo hoy y siempre y nuestro, de nosotras para nosotras, volviéndolo espejo, vientos femeninos que nos despeinan, nos alborotan, nos inspiran, nos convencen de que somos más, muchas más las mujeres que seguimos abriendo puertas y ventanas para entrar a todos los espacios, y el de la escritura, el periodismo y la literatura es nuestro ya.

Y aquí estoy yo, siguiendo las huellas de Laura Méndez de Cuenca, abrazando el libro de Leticia Romero Chumacero, aliada, amiga, colega, cómplice, Leticia, la investigadora, la escritora que me invita a sumergirme en ese pasado, retozar en el siglo XIX y encontrar tantas historias que nos hacen visibles, que vencen el olvido y construyen nuestra historia, la historia de nosotras, mujeres de México, de ayer, de hoy, de siempre.

Gracias, Leticia, por este libro Laura Méndez de Cuenca (1853-1928): nueve estampas en torno a una escritora singular.

Ficha: Romero Chumacero, Leticia. (2018). Laura Méndez de Cuenca (1853-1928): nueve estampas en torno a una escritora singular. México: Universidad Autónoma de la Ciudad de México y Editorial Gedisa.

Hacer Comentario