La Luna es un gran cuerpo de seducción para los cineastas desde que el séptimo arte comprobó que la humanidad tiene alternativas para librar sus limitaciones. Georges Méliès nos enseñó que para viajar a la Luna necesitamos más un coco libre que millones de billetes verdes.

En 2009, el cineasta coreano Hae-jun Lee expresó la misma fascinación que su antecesor Méliès, se aventuró a imaginar más allá de un viaje lunar, se concentró en los riesgos latentes de un naufragio.

Alguien diría que naufragar en la Luna sonriente de Georges Méliès es absurdo, ya que en aquel universo no hay cabida a fallas técnicas; uno puede ir y venir cuantas veces se desee, incluso sin la copiosa necesidad de un equipo de oxigenación.

Con Hae-jun, la película Naufragio en la Luna analizó a lupa inocente y silenciosa el mejor camino para amparar a quien naufragó en los brazos del satélite natural. No se trata pues de un trabajo adscrito a la ciencia ficción. De ninguna manera. El astro lunar se hace presente en el caos de una megalópolis, donde las personas viven entre millones de bloques apilados, que a pesar de llamarse rascacielos omiten mirar la bóveda estelar.

En este mundo de rutina urbana, dos personas abordan en paralelo y de manera metafórica una de esas naves con las que soñó Méliès. Ir a la Luna implicó un excéntrico y drástico abandono de las cosas del mundo: estrés laboral, depresiones monetarias, inconexiones con la naturaleza, relaciones humanas, el amor…

Naufragaron quizá por problemas de origen en el viaje. Un hombre abordó la nave en la Estación Suicidio porque no tuvo fuerzas para permanecer. En otra parte, una mujer optó por la Terminal de la Burbuja porque no se le ocurrió otra manera de escapar.

Ambas rutas les ofrecieron la opción de pisar la superficie de un lugar de brillante dejadez, un extenso páramo libre de prejuicios y preocupaciones; despejado del ruido de la ciudad que dicta reglas dogmáticas, un lienzo limpio para reescribir y resignificar la vida.

Pero a veces la firmeza de los náufragos se desmorona con la misma facilidad con que se parte un mazapán. Aquellos que decidieron alejarse quedan expuestos a las jugarretas del tiempo, del destino. Entonces, allá, instalados en su colonia lunar, una espesa inercia hizo de sus caminos paralelos, líneas de poderoso cruce.

Después de un ambicioso proyecto para perpetrar la huida, tras costos elevados por la renuncia y la radicalización del carácter, el Naufragio en la Luna sorprendió a sus víctimas al devolverlos al punto que dejaron, quizá para naufragar de nuevo.

La película coreana revirtió así el modelo visitante de Méliès; Hae-jun Lee jugó a las dimensiones imposibles. En la Tierra, desde la habitación más común del departamento promedio en una ciudad mecánica, o en el predio abandonado en una playa que nadie toma en cuenta por la concentración urbana, existen las condiciones para naufragar en la Luna.

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