Manos demoníacas, frías, duras y rabiosas me soltaron para que las sombras me arrastraran a la nada, cuando desperté el color del mundo se había ido, el sonido se hizo agudo y mi voz se apagó; no entendí hasta que sentí el delineador corrido en las mejillas, hasta que vi círculos morados en mis brazos, mi cabello enmarañado por los azotes, la ropa hecha girones y la mirada vidriosa por las últimas lágrimas, mis lágrimas. Estaba convertida en la nada…

La nada se incrustó en mi piel, la convirtió en porcelana frágil, lustrosa y falsa. La nada se volvió mi sangre y mi aire. La nada se llevó mi luz, mi felicidad y la remplazó con el vacío hambriento de los hematófagos nocturnos de la literatura. Me quedé atrapada en su crisálida perfecta para perderme en mi dolor. Fui reducida a una versión irreconocible de mí.

Camino por las aceras que se quiebran cada paso que doy, camino por lo que antes estaba iluminado por nuestras risas más que por el Sol, por nuestros deseos de volar más que por la luz de los faroles y por los ideales del corazón más que por las estrellas agonizantes de un mundo engullido.

Me camuflo con mi entorno para seguir la farsa diaria de una sonrisa apostillada, de un hola distante, de una alegría inexistente. Espero a que el tiempo borre de mi memoria la persona que algún día fui para dejar de extrañarme, dejar de dolerme, dejar de quererme de vuelta y dejar de saber el origen de mis cicatrices.

Subí hasta el techo y miré por última vez el mundo que me amó pero que después me gritó puta, ramera, porquería o “¡fue tu culpa!”, recordé el “¿Qué esperabas al vestirte así?”. Lloré por última vez y me dejé caer.

 

***

 

Encontré a mi amiga un domingo por la mañana, estaba sumergida en la bañera, inmóvil y blanca igual que una muñeca de porcelana pero con los brazos abiertos en canal para dejar correr su sangre por la tina.

En el espejo del baño dejó escrito con labial “soy la nada” y en la cama una carta en la que escribió la verdad que todos supimos pero no quisimos ver.

La violaron de camino a casa después de una fiesta, con el tiempo también la matamos, sus violadores, sus amigos, su familia… todos somos culpables, los que no quisimos ver o escuchar, los que la culparon por ir en la madrugada y sola a su casa por usar un vestido entallado, por trabajar con hombres, por ser mujer.

Ya es tarde para volver a escucharla reír o sus conversaciones de media noche sobre la vida, de verla bailar con dicha, quemar la comida porque nunca aprendió; es tarde para darle un último abrazo, un último beso y decirle adiós al subir al camión. Ahora sólo puedo recuperar su voz y hacerla resonar por todo el mundo para detener la muerte, el odio, el sufrimiento que le arrebataron.

Karen, Laura, Paola, Alessa, Tania… escribo para ustedes, las que conozco y las que no, las que se sienten solas y destrozadas, para ti porque no estás sola, porque necesitamos escucharte, ayudarte a no convertirte en la nada. Pero también escribo a quienes duele ver a sus hijas, sus madres, sus novias y amigas siendo mutiladas, desaparecidas, olvidadas…

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