El elefante no es como lo pintan.

Los elefantes gozan de gran salud en la cultura popular: sus grandes orejas, sus colmillos, su inconfundible trompa y su gran tamaño los hacen únicos. Los hemos visto en zoológicos, películas, documentales, caricaturas o en los adorables videos (que afortunadamente inundan las redes sociales) de bebés elefantes jugando. Pero esto no siempre fue así: durante siglos, la representación del elefante en Europa era tan extraña que no los reconocerías si los vieras (la imagen a continuación).

En la época del Imperio Romano, los elefantes eran llevados de tierras lejanas a la gran capital debido a su utilidad en la guerra y su uso como entretenimiento en el circo. Sin embargo, con la caída del Imperio, los elefantes no vieron tierra europea por mucho tiempo, lo que fue todo un problema para los ilustradores que tenían que representarlos en dibujos o pinturas de batallas; los conocían apenas por los relatos orales.

Se respetaban las características más reconocibles, pero aun éstas sufrieron cambios importantes. Porque si yo describo un elefante puedo decir que tiene orejas grandes, colmillos alargados y una gran trompa. Pero no me pongo a describir cómo es la trompa, su forma, tamaño, color; lo mismo pasa con los colmillos y las orejas.

Los pobres artistas rellenaban los huecos de información con aquello que conocían, es así como surgieron muchas imágenes de elefantes con pelo, con colmillos hacia arriba, con orejas de perro, cuerpo de caballo, etcétera.

Este problema que experimentaron los artistas europeos es una muestra de algo con lo que lidiamos todo el tiempo. Recibimos información incompleta que rellenamos con nuestras ideas, prejuicios y conocimientos previos. Los chismes, una anécdota o una historia siempre estarán salpicados de información incompleta y en muchos casos, errónea. Cuando una persona nos cuenta algo, siempre existirán tres versiones: lo que pasó, lo que te cuenta y lo que entendiste o cómo lo imaginaste.

Estamos hablando de un teléfono descompuesto constante, con el que no estamos viendo un elefante sino un ser amorfo y extraño que apenas conserva la trompa. Éste podría no ser un gran problema si no fuera porque muchas veces esa información nos afecta, nos hace enojar o nos pone tristes. Nos estamos enojando por una información mutilada, de la que muchas veces no tenemos contexto o que puede ser falsa.

Aprendamos de esos horribles dibujos que no hacen justicia a los elefantes y seamos más listos, no dibujemos elefantes deformes en nuestras cabezas.

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