“Y lo que debe ser conquistado

mediante fuerza y sumisión,

ya ha sido descubierto, una, dos, varias veces,

Por hombres que uno no tiene esperanza de emular”

East Coker de T.S. Eliot

En su poema “East Coker”, Thomas Eliot (el escritor, no el villano de Batman) escribe: what there is to conquer by strenght and submission, has already been discovered once or twice, or several times, by men whom one cannot hope to emulate. Del mismo modo, todos los elogios que me vienen a la mente para The Shape of Water ya han sido escritos por plumas mejores que la mía.

No es mi intención comentar la trama del que considero el mejor filme de Guillermo del Toro hasta ahora, ni los hermosos personajes a los que dieron vida Sally Hawkins y Doug Jones delante de sus cámaras; en realidad deseo abordar un aspecto tanto más triste que me asaltó mientras esperaba la película.

Sucede que entre los avances figuró una cinta mexicana próxima a estrenarse: aquellas pseudo comedias románticas con celebridades de moda, situadas en un México de sociedad para el que no existen sino la capital y la playa. En un minuto, este corto me mostró todo lo que está mal con la mayoría de las grandes producciones nacionales: un elenco de telenovela, chistes malos, los nombres y el dinero de siempre tras bambalinas… Una fórmula que conocemos bien y que, para desgracia de quienes hacen trabajos de calidad, ha desprestigiado nuestra cinematografía a más no poder.

Cuando este avance terminó, recordé que la cinta que estaba a punto de ver —agotada en la mayoría de sus funciones dominicales— también fue escrita y dirigida por un mexicano; un mexicano que tuvo que irse a California para ser tomado en cuenta. Me pregunté entonces: ¿qué sería de Del Toro si no se hubiese marchado, o de otros mexicanos que han sorprendido al mundo, como Cuarón o Lubezki? ¿Del Toro habría logrado filmar esta misma historia en México? Por supuesto que no. Y ésta no es una declaración pesimista ni malinchista: es realista. Aquí ni siquiera existen los capitales para costear una producción de ese tamaño, y la gente que tiene dinero para hacer películas está más interesada en guiones  que no exigen gran cosa del espectador y ofrecen el mismo contenido pobre de la televisión popular. Que el talento mexicano deba abandonar el país para sobresalir no es algo exclusivo de esta disciplina y, por desgracia, tampoco es un lujo que todos los artistas puedan darse. Es una tragedia desapercibida y, a menudo, denostada.

Sentado en mi butaca, por un instante me asomé a un universo paralelo en el que Guillermo del Toro no se abrió camino en el extranjero con Mimic o El espinazo del diablo, sino que permaneció supeditado a los capitales e intereses del cine de televisora. Allí, El laberinto del fauno, Pacific Rim, Crimson Peak y The Shape of Water se quedaron en su imaginación, y la industria nacional no le ofreció sino las fórmulas de siempre.

En esa continuidad, Ron Perlman no hizo a Hellboy, ni Doug Jones a sus fantásticas criaturas. Mucho menos existió la posibilidad de que un cineasta mexicano trasladara al cine los cuentos de Lovecraft. Las oportunidades jamás se abrieron. ¿Y saben? En la obscuridad de la sala agradecí que los designios del universo me situaran en una línea de tiempo en la que él y otros connacionales están involucrados en producciones que, año tras año, ponen a Hollywood de pie.

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