Ya por los finales de febrero, el invierno sigue siendo invierno, aunque ya no sepa al invierno joven de diciembre o al invierno maduro de enero; es un invierno sabio, sí, pero decadente, tanto que ha llegado a ser condescendiente con las infracciones de la sucesora primavera, que por lo mismo abusa y se precipita a tomar antes el relevo.

Tan oportunista es la estación de todas las flores que, a veces, por encima de la Ley del Ciclo, ha ordenado instalar los retoños de las jacarandas y de los cerezos, incluso con tres o cuatro semanas previas a su inicio. Debido a este ilícito, el número de noches blancas se disparó desde el día 20; poco más de un mes antes del equinoccio. 

El Libro de las Lechuzas establece que las noches blancas son una respuesta directa al desequilibrio climático derivado de la superposición de dos estaciones (en este caso, invierno y primavera) y cuando la vejez y la debilidad de una se eclipsa con la juventud y la fuerza de la otra, que, no obstante, no ha llegado a su tiempo.

La noche de ayer otra vez fue blanca, eran las seis, la hora en que todos llenamos el mirador para despedir al Sol. Cuando el último reducto amarillo se apagó, como en el efecto de un gran relámpago, el cielo se puso blanco. Parecía como si todo el mundo se hubiera confinado en un laboratorio científico. Como si alguien hubiera borrado el  espacio exterior y dejara la nada para la contemplación de la Tierra.

Desde el mirador, podía divisarse cómo el gran río de aguas transparentes, que atraviesa la ciudad sobre una pedregosa cuesta marrón, reflejaba la blancura de la bóveda; se veía como leche derramada sobre chocolate.

Las noches blancas hacen que el mundo se vea extraño, pero espantosamente hermoso…

Llegamos todos a contemplar el ocaso, nadie faltó esta vez, subimos con morbo, prediciendo una nueva sesión de noche blanca, deseosos de quedar hipnotizados en esa intensa blancura que nos hacía sentirnos desnudos en la soledad del Universo.

Hubo quien se quedó en vela, para apreciar cómo al canto de los gallos marcaba el fin de la nocturna resplandeciente ante el arribo de un nuevo Sol. La gente se puso a registrar el hecho de todas las maneras que pudo: fotografías, dibujos, grabaciones, relatos escritos y sonoros. Todos hablaban de la belleza del cielo minimalista y de sus efectos en el horizonte. Daban detalles del río de leche sobre las piedras de chocolate y de la ausencia de estrellas en el firmamento. Pero nadie dijo algo sobre la ofensa de la primavera al invierno.

Mientras todos se embelesaban en la vivencia de su noche blanca, el viejo oso, que había interrumpido su largo sueño de invierno, al darse cuenta que despertó antes de tiempo, lanzó un profundo rugido que cimbró la tierra. La primavera lo engañó, tal como lo hizo con las jacarandas y con los cerezos, que ya también comenzaban a pintar de rosado las copas de los árboles, en el borde del río. 

El problema no fue madrugar al oso o colorear los follajes; a nadie le molesta la vida; pero para bien o para mal, aún era invierno, un invierno débil y decadente, pero que aún tenía el deber y la facultad para manifestarse en el viento norte de los mares, en los frentes fríos, en la nieve de las alturas, en la escasez de semillas y frutos. 

¿Cómo iba a alimentarse el viejo oso? Si la temperatura del río aún no daba condiciones para la llegada de salmones? ¿Cómo iban a sobrevivir las abejas que intentaban polinizar las flores precoces en medio de un clima aún hostil? 

La noche blanca es tan bella, como tan bello puede ser el final de los tiempos, al que bien podemos asistir como se asiste a una gala; expectantes en un mirador que hace las veces de palco, listos para aplaudir un final espectacular, sin precedentes. 

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