Hasta los años cuarenta, cada mujer era una forma de la desventura. Después, cada mujer ha venido siendo una forma de amargura de vivir o del esfuerzo denodado por convertirse en un ser humano de verdad. Voy apartando a ésta, a ésa, a aquella otra, para hacer una galería de mujeres de hoy: cómo son y contra qué se anulan hoy día. Y hallo eso que digo, y esto: son todas ellas las formas de la soledad, nadie está ni puede estar para ayudarlas a ser o a no ser. Acaso esto sea lo que más las lastima.

Hidalguense por siempre, Ricardo Garibay ha sido uno de los escritores más representativos de México. Nació en Tulancingo el 18 de enero de 1923 y murió en el año de 1999.

Su obra es maravillosa, pero lo que más me ha llamado la atención es que muchas veces las mujeres fuimos centro de ella. Así ese escritor admirable nos permitía ver que siempre fue un machín maravilloso, macho de buen corazón, misógino enamorado perdidamente de las mujeres, “muso” de quienes llegamos a leerlo, hombre que tomaba con ilusión los perfiles femeninos, posiblemente por ello no sorprende que su primer obra literaria se titulara La nueva amante, escrita en 1949. El tema y la trama atisbaban ese lado femenino inspirador para él, desconocido y temido, amado y añorado. La mujer iluminaba su obra literaria y hasta en narrativa:

Las historias, dice Garibay, se conquistan como a las mujeres, por las palabras, nada más, no hay otra fuerza; no son una ficción del mundo, son el mundo vivo; sin ellas seríamos menos que animales. La literatura es la unión de las palabras bajo la especie de la belleza.

Lectura obligada para palparlo, quererlo, marcar distancia y admirarlo es sin duda su texto titulado 35 mujeres. En esa obra nos encontramos y nos desconocemos. Nos miramos y nos enojamos. Nos desconocemos y nos identificamos. Somos todas y ninguna. Desde su propia perspectiva describió el contenido de este libro y su preferencia por alguna de esas treinta y cinco mujeres que inventó, que descubrió cuando nos espiaba y que alguna vez amó. Así, confiesa su cuento preferido:

(Es) la historia que comienza con el alacrán mortal en el cinturón: me enamora el momento en que la niña mata a su padre dándole el alacrán, y el pobre está muriendo y ella con la cara sumamente alisada recibe el viento de la tarde. Es bellísima la imagen, no que yo la haya hecho sino que así está la imagen, así es, bella por ella misma.

Tal vez porque fue un señor obsesivo y exigente, dominante pero apasionado, siempre decidió dibujarnos-desdibujarnos, darnos la palabra a través de su género y quitarnos la palabra por medio de su machismo heredado y su sororidad masculina.

Soy un admirador nato de la mujer, no me explico el mundo sin ellas. Es muy difícil que me interese por conocer a un hombre, pues habrá muy pocos que a estas alturas me enseñen algo. En cambio la mujer, tenga 18 u 80, siempre podrá sorprenderme, porque me habla de un mundo que ignoro. Es el lado oscuro de la Luna. La suavidad que no poseo.

Así, en una entrevista, don Ricardo aseguraba que escribía sobre nosotras por representar ese misterio que siempre le hemos provocado. Sí, para él, representábamos el lado secreto de la Luna, la suavidad y la sabiduría, el secreto de la vida y la razón de vivir. Aseguraba que las mujeres somos las que tomamos de la mano a los hombres para enseñarles la vida y lo hagan sin miedo.

Su latente misoginia solidaria sin duda lo llevó a escribir también la obra de teatro Mujeres en un acto, donde desde una mirada crítica, severa e irónica describe a mujeres de una clase acomodada que viven en otro mundo, que están ajenas a la realidad del país y a su propia realidad. Respecto a su interés por escarbar el mundo de las mujeres, Garibay dijo:

Por enésima vez buceo en la condición femenina orientándome por su voz, por el diccionario que se le oye dentro y fuera de la casa. He sido un espía —o un buitre, si se quiere— del verbo femenino, con toda la mala fe que exige la buena fe de mi oficio: ser veraz hasta parecer mañosamente fantasioso.

En una entrevista hecha por Ricardo Venegas, la pregunta incómoda o necesaria surgió, por lo que Garibay respondió honesta y directamente:

¿Por qué las mujeres?
Jacobo Wasserman, un judío alemán, demostró en su obra que una mujer se forja sólo a través de varios hombres. Ninguna madura a través de la soledad o a partir de otras mujeres. Con el hombre sucede lo mismo, necesita conocer a varias mujeres y pasar por un diálogo intenso. He tenido una constante obsesión por el machismo, por eso he querido dar lo que son las mujeres, escribir que ellas han sido así; están sometidas al hombre, es un hecho que observo y que mi literatura retrata. En este sentido no hay misoginia, ningún odio a las mujeres, mi actitud es de un profundo respeto; es el lado secreto de la Luna.
Si hay ironía en las mujeres es porque ellas lo propician, todas tienden a contar lo que traen dentro, ellas quieren contarlo. Escuchar a las mujeres es descubrir su palabra, se la arrebatan ellas mismas y no paran, algunas no dicen nada inteligente.
El mundo de la mujer es bidimensional. Cristianne Olivier dice, acertadamente, que las mujeres son orales, su intelección del mundo se da oralmente por la palabra hablada en voz alta; hay un vacío interior en ellas, quizá son seis mil años de vacío interior que llenan hablando; es una compulsión similar a la del niño que, al nacer, tiene que llorar. Ellas tendrán, toda la vida, dos dimensiones: la visible y la secreta.

Qué sencillo es comprender esa inspiración de Garibay al descubrirnos y al desconocernos, al explorarnos y al alejarse, al construirnos con sus palabras y perdernos en sus historias, al bendecirnos con su inspiración y maldecirnos en cada punto final. Sincero y directo, nuevamente confiesa lo que significa estar entre su pluma, sus hojas en blanco y sus palabras impresas:

Son la gracia, la fuerza y la delicadeza del mundo, eso son las mujeres. Es un  privilegio ver a las mujeres y tratarlas.

Las mujeres lo toman a uno de la mano, lo conducen. “La vida es eso, no te espantes”, te dicen. Tienen un poder inmenso para cubrir, para pagar la manera de Cristo en cada hombre. Mi admiración es hondísima. Los hombres somos feos, no se puede confiar. Las mujeres son bellas todas, todas… El hombre busca a la mujer, la pretende o la va aceptando y cuando la recibe se espanta. Esa es la historia de casi todos los hombres.

Y como un bello homenaje, les invito a leer 35 mujeres, uno de sus 40 libros que compartió y que lo han convertido en uno de los escritores más destacados de México.

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