Para Francisca Robles,

una guerrera de la vida, amiga por siempre.

“Una mujer es la historia de sus actos y pensamientos, de sus células y neuronas, de sus heridas y entusiasmos, de sus amores y desamores. Una mujer es inevitablemente la historia de su vientre, de las semillas que en él fecundaron, o no lo hicieron, o dejaron de hacerlo, y del momento aquél, el único en que se es diosa. Una mujer es la historia de lo pequeño, lo trivial, lo cotidiano, la suma de lo callado. Una mujer es siempre la historia de muchos hombres. Una mujer es la historia de su pueblo y de su raza. Y es la historia de sus raíces y de su origen, de cada mujer que fue alimentada por la anterior, para que ella naciera: una mujer es la historia de su sangre.

Pero también es la historia de una conciencia y de sus luchas interiores. También una mujer es la historia de su utopía.” Antigua vida Mía, Marcela Serrano.

 

Qué largas son las horas cuando esperas noticias en un hospital. Esta primera semana de junio de 2016 ha sido una verdadera prueba de que la amistad entre mujeres existe y es inquebrantable, es heroica, profunda, amorosa. Una de mis mejores amigas, Francisca Robles, tuvo un infarto. Su corazón amenazaba con no latir. Recorrí 90 kilómetros, de Pachuca a la Ciudad de México mientras lloraba asustada pero esperanzada. Cada kilómetro evocaba tantas cosas: nuestro primer encuentro, ella manejando su amado Tsuru para darme aventones solidarios de la universidad a cualquier lugar, nuestros alumnos y alumnas durante los exámenes profesionales, ella y yo en cantos a coro con Paquita la del Barrio, nuestras lecturas, los libros que yo coordino y  en los que ella siempre colabora, nuestras risas y secretos, nosotras que nos queremos tanto.

Poco a poco gana la batalla, es una guerrera de la luz, pero la primera noche que me quedé a cuidarla me di ánimos mientras evocaba los libros donde una de mis escritoras más queridas hace referencia a la amistad entre mujeres, tan llena de mitos y tan cuestionada, tan de verdad como en este momento que espío a mi amiga que duerme tranquila, aunque llena de sondas y un catéter que traspasa su cuello. La quiero, es mi amiga, ella y yo brindando siempre por la vida, nosotras que nos queremos tanto.

Fue precisamente esa noche de angustia e incertidumbre que las evocaciones de mis lecturas lograron darme  serenidad y fe. Por eso, creo que no es casualidad que la primera novela de Marcela Serrano se titule Nosotras que nos queremos tanto (1991). Las mujeres de las historias de esta gran escritora chilena son mujeres que nunca están solas, enfrentan desamores y tragedias, pero siempre hay una amiga a su lado. Como en la trama de esta obra donde cuatro amigas –María, Ana, Sara e Isabel-, tan diferentes pero tan identificadas entre sí. Una historia en común las une: dejar su país amado y aventurarse a ser extranjeras por todos lados, pero se conocen en un instituto donde aprenderán de sí mismas viéndose entre ellas y aprendiendo de sus propias vidas.

“Ella se decía en voz alta que no se le había presentado la oportunidad, pero su conciencia le decía en voz baja que no se había atrevido”

Sin duda, mi preferida y que en este momento me marca como nunca es Para que no me olvides (1993) porque la protagonista tiene un grave problema de salud que la deja inmóvil, con toda imposibilidad de comunicarse, pero como siempre, junto a ella están sus amigas. Blanca no puede hablar, no puede moverse, pero siente, evoca, ama. Otra vez la amistad femenina es mostrada y delatada a través de personajes como Sofía y Victoria. Las tres se acompañan, se ayudan, se desgastan, se reconstruyen. Blanca está en el hospital, como hoy mi amiga, sus frases me inspiran para estar pendiente de la mirada, de los ojos, de las niñas de mi compañera querida:

“He inventado un nuevo lenguaje: mis ojos. Los ojos no me servían sino para mirar. Hoy todo lo digo con los ojos y lo que ayer comprendía con la mente y el pensamiento hoy lo hago con mis ojos. El desconcierto, la pena, la fatiga, el desamor, el furor se convierten en miradas que distanciándose de otras miradas las destacan y me enseñan lo que debo aprender. Los ojos subrayan todo acontecer y los libros son ahora el blanco, y el blanco lo envuelve todo, menos los ojos. Con ellos veo el peligro y los desechos, siempre atentos. Ellos generan el pensar que ya no tendrá pensamiento y lo que mis ojos no reparen no existe, no me detengo en nada que no detecten mis propios ojos, no deben desviarse mis ojos, carezco de todo otro lenguaje, el único es el que ven y miran mis ojos. Son ellos mi nuevo lenguaje. Desde hoy, mis ojos hablarán por mí. Y es con esos ojos que contaré esta historia”

El albergue de las mujeres tristes es otra novela memorable para la amistad femenina. Floreana se va a un lugar especial donde las hospedadas acuden para sanar las heridas que provoca el desamor masculino. Es así como conocerá otros espejos donde se conocerá y se desconocerá, son los reflejos de ella y de las otras, son las imágenes de sus amigas y de sus enemigas. Las mujeres de ese albergue logran encontrarse perdiéndose en ellas mismas. Se escuchan en otras voces, aprenden la lección de amar transformando su alma suave en una de acero. Se confiesan y se delatan.

– ¿Eres justa? –exclama- ¿Existe una mujer justa sobre la faz de la tierra?

– Mira: ti tienes rabia, yo tengo rabia. A mí me abandonaron como a ti, y he tenido inmensos problemas para criar a mi hijo… No todas somos iguales… Considero deshonesto lo que hizo tu esposa… pero estamos las otras, las sufrimos… Te he hablado de ellas. ¿Sabes tú, Flavián, que en el Albergue hay mujeres que duermen hechas un ovillo cada noche, porque la pena les impide enderezar el cuerpo, y que hacen enormes esfuerzos para quererse que peleamos por relaciones pares y honradas… Estamos las que a sí mismas porque nadie más las quiere? Flavián no cambia su gesto ni su posición.

– Son todas iguales, en el fondo.

– No. No lo somos, aunque te escudes en eso.

Floreana inspira con dificultad el aire desde su desolación y se lo arroja-. Yo creo que los hombres no quieres amarnos. No nos aman desde que nos dio por pelear por el amor para nosotras y ya no preocuparnos solamente de satisfacer al otro.

Las mujeres de cada novela de Marcela Serrano son mis amigas, son como mis amigas, tienen mucho de mí y algo muy parecido a mi sentir, por eso sus historias me inspiran, por eso la releo con agradecimiento y muchas emociones encontradas. Por eso, cuando escribió Hasta siempre, mujercitas (2004), se ganó por siempre mi lealtad de lectora fiel. Esta novela es como una manera de actualizar esa historia con la que muchas mujeres crecimos, Mujercitas de Louisa M. Alcott. Pero esta vez, en lugar de Meg, Jo, Beth y Amy, la autora nos presenta las vidas de Nueves, Ada, Luz y Lola. Otra vez, la amistad entre mujeres, nuestros secretos y nuestras alianzas, las rivalidades y el cariño, la competencia y el reconocimiento. Las cuatro mujeres de esta historia evocarán su pasado para reconstruirse y enfrentarán su presente para no olvidarse.

“Entonces, la mañana del sábado, al levantarse, Nieves se encontró consigo misma y pensó que debía armar su rostro, fijar los ojos antes de que éstos se borraran, sujetar los labios que estaban a punto de desaparecer, pronunciar los pómulos para recordar que aún había huesos bajo el abotagamiento. La última vez que se había concentrado en el espejo, algún tiempo atrás, había sido para cubrir maquíllame en mano, fijó la atención en cada pequeña marca, antigua cicatriz, erupción, disimulando, tapando, ahora se sentía enfrentada a la orden de destacar, de marcar, y pensó que sus mandatos eran feroces y contradictorios: esconder y realzar a la vez, una tarea extenuante. Abandonó el espejo.”

Marcela Serrano declaró alguna vez que ella era feminista, no sus novelas y yo recuerdo, en un texto publicado en revista Fem durante la década de los ochentas, una reflexión presentada en un congreso de escritoras, que delata:

“Escribimos lo que somos y esto es realmente lo que aportamos, nuestra manera de ser en la escritura. Al acto de escribir se mezcla, superpone y separa, de acuerdo a las propias necesidades, un placer racional, corporal, de la imaginación: un placer loco y un placer controlado por el oficio, que debe ser instrumento de trabajo. Pero ese placer tiene su cuota de dolor, porque escribir no es un acto gratuito, es un acto de necesidad inexorable, de responsabilidad y lucidez… Toda escritora escribe como mujer porque ES mujer y pensar que su discurso no tendrá la impronta de su sexo es desconocer una verdad esencial: escribimos lo que somos… Entonces, lo que habría que pedir a las escritoras es que vivan intensamente su cotidianidad y su condición de mujeres y que cuando escriban sólo estén atentas a lo que propone la escritura. Porque escribimos lo que somos y lo que somos estará ahí, sin necesidad de entorpecerlo con ningún propósito deliberado”

Escribimos lo que somos y yo creo que leemos lo que deseamos ser, por eso, esta vez, en honor de mi amiga Francisca Robles, leo sobre la amistad femenina para escribir lo que somos, nosotras que nos queremos tanto.

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