¿Quién no ha sido hechizado por la belleza que nos rodea? ¿Quién no se ha maravillado al ver una sensual silueta moverse bajo un cálido Sol? ¿Quién no se ha detenido a observar una hermosa sonrisa sobre un rostro fino y delicado como el de una perla? ¿Quién no ha deseado acercarse lo suficiente para poder tocar, tomar y devorar completamente todos esos insólitos y bellos estímulos?

¿Quién, querida mía? ¿Quién? Vamos, no seas tímida y respóndeme. ¿No quieres hablar? Bien. Si no te sientes cómoda, al menos pon mucha atención a la historia que te narraré. Veamos, por dónde empezar…

Ya sé. Todo empezó con una espléndida primavera, estación del año que con tanto anhelo espero siempre, pues no sabes el placer que me proporcionan sus bellos encantos. O quizá todo se desato con esa canción de David Bowie. No, debió ser sin duda en un inicio la primavera.

¡Ah!… esplendida primavera: todo nace, todo florece, todo brilla, con cálidos destellos que el Sol brinda a toda partícula en el ambiente y que es llevada a través de la brisa para adornar los insultos del mundo; para cubrirnos de encantos que remueven y disfrazan su basura su falsedad y el hedor despreciable que se desprende de todo el cumulo de desechos de la humanidad.

Todos los colores parecen cobrar vida para inundar la atmosfera de maravillosos espectáculos que abruman a los artistas y voyeristas del paisaje. Pero, ¿sabes qué es lo que más goce obtengo de la primavera?: Las musas.

Ninfas y doncellas revoloteando por todos lados, usando vestidos floreados, brillantes, cortos y escotados; todo un manjar para mí y mi voyerismo desenfrenado, hambriento de capturar en un lienzo todos esos colores en movimiento desbordando innumerables encantos.

Todas esas bellas mujeres dejando en libertad la delicada textura de su piel a la vista y alcance mío; sus piernas, espléndidas líneas curvas perfectamente proporcionadas en volumen y longevidad que me incitan a ser recorridas por el filtro de mi lente y mis manos de pincel, junto con todos esos finos y firmes pies, tobillos y majestuosos muslos, sin olvidarme de esas tiernas líneas que se forman en elegantes rodillas y su posterior curvatura. Y cómo expresar mi admiración por las caderas perfectamente moldeadas y mi debilidad por vientres sublimes que confluyen en magníficos ombligos.

Todos esos rincones del cuerpo que esconden infinidad de lindezas y que los observadores aficionados jamás descubrirían ni en su desnudez. Es lo que me encanta de una musa: su capacidad de dejarme sin palabras en cada espacio de su cuerpo que descubro, sobre todo los inexplorados en los que me adentro; como el espacio entre cada dedo; el espacio entre los tiernos bustos; entre la tenue hendidura del cuello que surge de la clavícula; dentro de aquella vereda que cruza toda la espalda (uno de mis favoritos); y entre el cambio de grosor en diferente áreas de la piel que no hacen más que extasiarme. Créeme, no hay nada como descubrir que aquello que complace al tacto, complace también a la vista, el olfato y al gusto.

Podría seguir describiéndote mi admiración por sus cuerpos y formas querida mía, pero no acabaría. Tendrás que entenderme, no soy un pervertido acosador, tan sólo soy un espectador que admira y contempla la infinita belleza que proporcionan a este grotesco mundo. Tengo el alma de un artista que degusta de sus encantos. Mi único humilde deseo siempre ha sido poder plasmar un poco de todo aquello que me es ajeno en un enorme lienzo que pueda dotarnos de goce y placer al resto de nosotros.

Por eso habituaba quedarme sentado por horas en ese parque donde fluían todas ustedes llevando la marea de la primavera a un sólo lugar.

He de admitir que empecé como un simple aficionado. Me dejaba guiar por la belleza más superflua que me atrapaba casi al instante como al resto de brutos masculinos que no hacían más que mirar con ojos llenos de perversión y grotesca lujuria sus cuerpos. ¡No sabes cómo detesto a esos neandertales!

Esos insolentes y toscos varones que no hacen más que soltar vulgares piropos y contaminar la belleza de su desenvolvimiento natural. Por eso me encargué de todos ellos, para que pudiesen moverse libres y seguras en todo momento. Será mejor que no preguntes a cuántos metros debajo del suelo están ahora; tampoco te preocupes por sus ausencias, evidentemente, el mundo no extraña a esos parásitos.

Trabajé desde la distancia en mi lienzo durante mucho tiempo, como puedes observar querida mía. Quizás estés pensado en que debí quedarme así, pero como mencioné, no puede evitar sentirme terriblemente ajeno a toda la maravilla que intentaba plasmar. Ya no me bastaba con sólo observar. Fue así como deje der ser un simple aficionado y comencé a acercarme cada vez más a aquella verdadera belleza que se ocultaba muy bien detrás de todo lo que era ofrecido a la vista.

La belleza bien podría ser una hermosa mentira debajo del maquillaje y la fina vestimenta; o bien podría ser una oculta verdad revolucionaria que se escondía en los más inesperados rincones y detalles de su figura.

Querida ninfa, eso lo descubrí estando lo suficientemente cerca pero aun así no era suficiente. Me decidí a interactuar con cada una de ustedes para descubrir y extraer aquella magia que sólo se obtiene cuando conoces de verdad a una preciosidad; cuando realmente se llega hasta el fondo de cada uno de sus misteriosos cuerpos. Oh, y ¿Sabes que más descubrí? Que la belleza sin locura es irremediablemente efímera.

La primera de mis musas realmente colocó un estándar bastante alto. Gracias a ella, toda bella doncella que me resultaba corriente e intrascendente era desechada de mi lienzo. Era su extraña peculiaridad sobre la que giraba la pieza clave del retrato de la excelencia.

Desafortunadamente mi desenfrenado impulso por tomar una parte de su bella esencia fue demasiado para ella y se desvaneció.

¿Qué dices mi querida doncella? ¿Qué estoy loco?; ¡Loco habría sido pasarte por alto en cuanto vislumbre tu encanto! ¡Tu sensualidad ensordeció mi corazón y agotó mis pulmones! Tu encuentro me hizo sentir tan pequeño e incompleto.

Ese rostro tuyo, esos tristes ojos e incitantes labios fueron el llamado para acercarme a ti. Oh, pero fue tu extenso cabello lacio, que cubría hasta tu espalda baja de sublime castaño, lo que sin duda alguna me atrajo a hacerte mi humilde invitación; para hacerte partícipe principal de mi cuadro, que develaría cada uno de tus bellos misterios.

Calma, calma querida mía. Sé muy bien que intentas convencerme de que no le haría esto a alguien a quien admiro; qué hay contradicción mi discurso y motivos. Lo sé, lo sé…

Es cierto, la verdad las odio y las detesto. Lo admito. ¿Eso quieres oír?

Su belleza debería estar disponible y al servicio de lo artistas y no sólo reservada para sus estúpidas banalidades. ¿Saben lo que es ser una musa? ¿Lo que es ser fuente de infinita belleza y armonía?

El artista elige fijarse en la belleza libre y salvaje que se escabulle en cada ángulo de la vida. Yo elijo enfocarme en todos esos pequeños detalles donde la magia se esconde; elijo ser el artista de su belleza, el esclavo de la lujuria que desatan. Mi única misión es mostrar al desnudo tus secretos; si no creías que se podía estar más desnudo sin ropa, estas por descubrir algo nuevo.

¡Ah!, ustedes pobres musas elijen fijarse en sus defectos, sus debilidades y autocompadecerse. Es aquella tristeza y lamento que alimenta una cálida melancolía que inspira a todo sensible poeta de la vida.

Vamos, intento mostrarte el mundo del que te hablo a través de mis ojos. Imagina todo lo que podrías inspirar y desatar en las manos precisas. Si dejarás de ser tú y todas ustedes tan egoístas podrían crear tanta belleza para el resto del mundo.

Deja de llorar, cariño, deja de llorar. Te hago un favor al vestirte de tan buenos gustos que guardas en tu closet y no te atreves a portar; hablan muy bien de ti, eh. Vamos, les hago un favor cuando les demuestro lo inmortales que son viviendo en mi lienzo. Mira esta seductora falda, hace resaltar tus preciosas piernas.

Dime algo bueno ya. Ya casi estamos por empezar, será mejor que detengas tu lloriqueo, insulta mi obra. Qué dices ¿Te resistirás a ser mi musa? Además, justo suena la canción que me inspira y encanta. Relájate y escucha, después de todo, no espero acabar pronto:

“Oh! You Pretty Things
Don’t you know you’re driving your
Mamas and Papas insane
Oh! You Pretty Things
Don’t you know you’re driving your
Mamas and Papas insane
Let me make it plain
You gotta make way for the Homo Superior”.

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"He inventado en esta forma millares de historias; he llenado innumerables libretas con frases para ser utilizadas cuando hubiera encontrado la historia que desearía escribir, la historia en la que habían de quedar grabadas todas mis frases. Pero jamás he encontrado una adecuada, de modo que comienzo a preguntarme si, después de todo, las historias existen". -Las olas. Virginia Woolf

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