Del humo y del aire insano, mucha comezón; Elio no aguantó la tentación, por rascar tanto, y con la mano sucia, el ojo por el piso rodó

Legítimos hijos del mito. ‘Si pegas se te va a secar la mano’, ‘¡Ciérrate el zipper! No vaya ser que se te vuele el pajarito’, ‘¡No te rasques! Se te va a caer el ojo’… Aún con las escalofriantes advertencias las almas niñas son intrépidas por instinto, cuando se es verde el efecto amedrentador funciona como piquete en la cola para entrarle a lo prohibido. Valdrá algunas veces la pena canjear la aventura por un par de nalgadas o ser blanco de la chancla justiciera.

Quizá la cineasta mexicana Lorenza Manrique fue una de esas niñas temerarias que arriesgó sus extremidades para comprobar si la mano se seca cuando uno pega o si el Señor del Costal te lleva si cometes alguna infracción casera. Después de eso sus padres tendrían que ingeniárselas para pensar en algo más eficaz que aplacara la conducta de la muchacha.

En 2012, Manrique estrenó un cortometraje de animación que serviría como testimonio libertador a los legítimos hijos del mito; en adelante la venda sería despejada de sus ojos y se desataría una revolución infantil contra la falsedad de los mensajes opresores que les limitan del placer aventurero de las diabluras.

Un ojo da nombre al cortometraje mexicano de animación de Lorenza Manrique, en el que un niño llamado Elio no soporta la comezón de su ojo y en el pleno uso de su autonomía toma la decisión de rascarse: rascar y rascar sin reparos hasta que esa incomodidad producida por el humo y el aire insano desaparezcan.

Al fin Elio logró que la comezón desapareciera, sin embargo debe asumir las consecuencias de sus decisiones autónomas. La buena noticia es que la incomodidad en el ojo desapareció, la mala es que, con ella, el ojo de la cuenca salió.

La experiencia del pequeño Elio valió para constatar que en efecto, los ojos se caen por rascarse tanto pero, ¿qué hará ahora sin un ojo? Aún tiene el otro y, por alguna extraña razón conserva la espina traviesa.

En su nueva condición, Elio tiene un ojo en el rostro y otro, el que cayó por rascarse tanto, en la palma de su mano. De esta manera el niño descubre la enorme ventaja en la que está colocado, puede ponerlo de nuevo en su lugar o… ya entrado en gastos, ¿por qué no darle una función más interesante?

El ojo fugitivo del pequeño puede explorar por los rincones que aún no alcanza, el ojo caído por la comezón puede hacer las veces de un explorador, el canciller de Elio, el encomendero, el que le hará ver más allá de lo conocido en el joven mundo de su joven vida.

Al final, Un ojo, de Lorenza Manrique, es una puerta a la imaginación que en la infancia no debe, bajo ninguna circunstancia, ser racionada por la razón de los adultos.

Vea con Un ojo. Cinco minutos de animación. 2012.

SILENTE | @AlejandroGASA | alejandro.gasa@gmail.com

 

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