Tengo la certeza de que Juan Carlos Quezadas nació bajo el signo de cronopio: por eso está destinado a mojar tostadas con lágrimas naturales, sostener contra su pecho hilos –sobre todo si son de color azul- y poseer la certeza de que afuera llueve, todo el cielo, como bien pronosticó Julio Cortázar. Su vida se rige con el Sol que asciende a la casa de Rulfo, así que tiene la tendencia a mirar mientras pasan las estrellas fugaces, observar cuando el cielo se adueña de la noche y tener la curiosidad de ir a Comala para preguntar por un tal Pedro Páramo. Su actitud emocional tiene influencia de una Luna que medita en el umbral, bajo la palabra de Rosario Castellanos, para afirmar que existe otra manera de ser humano y libre. Y por la culpa de los tlaxcaltecas, la nebulosa Elena Garro generó en él un espíritu libremente lúdico e infantil. Y por todo ello su personalidad es dominada por el discurso generoso, sus emociones son compartidas con gozo lúdico, sus afectos y aversiones se confunden en palabras mágicas, tienden a relacionarse con personajes que inventa y luego existen; y poseer el don de las palabras, así en plural, en manifestación, en mar con olas juguetonas y en páginas impresas con latidos de corazón de niño eterno.

Doy inicio a esta presentación con este atrevimiento lleno de admiración y pido permiso formal a jugar con la imaginación, pero juro que todo es por la culpa absoluta precisamente de Juan Carlos Quezadas, ya que este libro maravilloso, titulado Oki. Tripulante de Terremotos, inicia con una frase provocadora, irreverente y gozosa, que dice textual:

 

“Invéntate una carta astral, un falso horóscopo y no descanses hasta cumplirlo al pie de la letra”.

 

Y el mismo Oki, personaje central de la novela, inicia su historia al reconocer precisamente que no cree en la astrología ya que tiene la certeza que lo más trascendental para determinar la vida de una persona son los libros. En efecto, tiene la absoluta certeza de que nuestro destino está marcado por los libros que se van a leer, incluso está seguro que el trazo de nuestro futuro está muy determinado por el orden en que decidimos leer nuestros libros elegidos.

Así que, nuevamente, la provocación me inspira y como gitana literaria quisiera tomar la palma de la mano de Juan Carlos Quezadas para adivinar en ella que la línea de su vida es muy larga porque leyó En qué piensa una cabeza recién cortada, por eso su destino lo lleva a hacernos perder la cabeza en cuanto leemos sus historias y conocemos a sus personajes. Observo que la línea del amor tiene un trazo profundo porque leyó Diario de un desenterrador de dinosaurios, por eso escarba hasta la profundidad de nuestras almas y nos conmueve con cada página que escribe y que escribirá.

Mmm… veo que también la línea de la inteligencia es maravillosa porque Ciudad Equis lo marcó. Paseó con frases frescas y oraciones maravillosas para enamorarse de la literatura. En la estría de su palma que representa lo que pasó, leo que devoró el libro Desde los ojos de un fantasma para provocarnos a no tener miedo al miedo y envolvernos en sábanas para creer en el amor eterno. En la línea de lo que pasará, veo que pronto leerá una obra titulada Bellas y Airosas: Mujeres en Hidalgo, escrito por esta gitana novata que está segura que así el destino de esta gran escritor mexicano nacido en 1970 será bendecido por mujeres amorosas, querendonas y bellairosas, como esta ciudad que hoy lo recibe gozosas, todas leales admiradoras para continuar la búsqueda de esos títulos que acabo de mencionarles, que ahora forman parte de su pasado y de su presente, ya que son los títulos de las obras que ha escrito a lo largo de vida literaria.

Y ya inspirada volteo mi mano para revisar mi propia palma y confirmar que me espera un destino festivo y esperanzador, amorosamente dedicado a literatura; confiada en que existen almas tan buenas que puede leer a los peces, que una mujer llamada María Bento se puede salvar de un naufragio abrazada de una cebra, que puedes dominar el mundo desde los “diablitos” de una bicicleta, dudar si Portugal es una país que existe o que alguien inventó, y que puedes sonreír a la vida cuando tienes la certeza de que “los libros que una lee, mezclados con los recuerdos precisos, pueden producir asombrosas combinaciones”.

Y tengo esa convicción porque ya leí Oki. Tripulante de Terremotos, escrito con el verdadero amor que se debe sentir por la literatura y por eso en cada página compartes ese candoroso sentimiento literario de Juan Carlos Quezadas.

Por eso, querido Juan Carlos cómo agradecerte este libro, cómo decirte gracias sin que me gane la emoción después de leer un texto tan original y tan fantástico, tan lleno de inocencia madura y de ingenuidad subjetiva. Un libro que te reconcilia con tus cielos y te hace jugar en tus infiernos. Un libro que te enamora de la literatura o que confirma el amor eterno que le tendrás por siempre.

Y desde que leí esta obra tan sencilla y fascinante, veo en cada hombre querido un pedacito de Oki, con sus miedos infantiles de perder a su papá por culpa del cáncer mientras él le jura que jamás se morirá de esa enfermedad mortal; con su amor por las mujeres de su vida desde su madre, la señorita M. o de María Bento. Supongo las historias que me puede contar y descubro en su discurso la fragilidad humana, la rareza de los enamoramientos, las soledades conciliadoras o los presagios sin pasado. Hay frases y reflexiones de Oki que te marcan de verdad, más que nada para amar y amar a la literatura o tomar decisiones de corazón por más absurda que parezca la situación,  por ejemplo,  la decisión a no cargar con los libros bajo el brazo, pues como él mismo confesó en la página 151:

 

“Amo los libros, vivo para ellos, pero desde aquel día un libro bajo el brazo me parece un signo de derrota. Una muestra inequívoca del fracaso. El libro se debe leer, apilar, quemar, abandonar en la banca de un parque, subrayar, reescribir, torcer la puntita de sus páginas. En fin, mil y un verbos lo amparan. Todo puedes hacer con un libro, pero nunca cargarlo bajo el brazo mientras observas cómo el amor de tu vida se aleja de ti sobre una bicicleta negra”.

 

La vida de Oki está llena de momentos tiernos y situaciones inesperadas, pero su amor por la lectura, su sabia imaginación y su sensibilidad creativa son latentes en cada página de esta novela. Soy su cómplice absoluta de esa certeza de definir a la literatura como un “constante intercambio de preguntas y respuestas. Una enorme adivinanza que otras hormigas inmóviles, letras o ideogramas, nos lanzan desde las páginas de un libro o desde el sarcófago de piedra de una construcción en ruinas en un barrio de una ciudad de las antípodas”.

Además de Oki, cada personaje está trazado con un cariño y una riqueza que lo palpas y absorbes en cada página: desde su mamá y su papá, la señorita M., María Bento; el dueño y su hermano de la posada en Portugal, don Keisuke Konno y sus lecturas fabulosas fuera de los libros; el hombre de la cabina telefónica que escuchaba conversaciones ajenas, incluso Japón y Portugal así como los terremotos resultan ser no solamente países o fenómenos naturales sino personajes que dan fuerza a esta bella historia.

Por eso, le agradezco a Juan Carlos Quezadas cada una de las palabras que cinceló cariñosa y mágicamente en cada página de este libro. Le agradezco cada personaje y cada situación, el contagiarnos su amor por la literatura y el seducirnos para volvernos más adictas a la lectura. Agradecerle una y mil veces porque gracias a este libro me ha pasado, he comprobado y quiero vivir constantemente ese descubrimiento que hizo el querido Oki:

 

“A partir de ese momento los libros dejaron de ser solo de los autores que los escribían para convertirse en míos también. Las palabras impresas se transformaban en detonantes de nuevas palabras que surgían de mi imaginación. Un libro escondía otro libro, miles de libros”.

 

Y gracias a Oki. Tripulante de Terremotos yo recupero/revivo/disfruto está sensación y quiero ser la señorita M. que imagino con sus lentes y mirada inteligente. O imagino a María Bento abrazada a su cebra y como ella quiero mi propio circo. Y soy la mamá de Oki para revivir mi discurso y llenar de historias el corazón de mi hijo. Y soy la tripulante de terremotos que jura que su signo zodiacal es bellairosa y cada día me invento una carta astral para inspirarme segura que en mi futuro hay un mar de caracoles que cargan sueños, auroras nunca vistas que pintan futuros venturosos y vientos que sacan a flote lo más generoso que vive en todo ser humano…

Y todo porque esta historia escrita por Juan Carlos Quezadas me convenció que es necesario inventarse una carta astral, creer en un falso horóscopo y no descansar hasta cumplirlo al pie de la letra…

Por eso, les invito a que lean Oki. Tripulante de Terremotos para que esta provocación divina inspire sus vidas, como este mágico libro ha inspirado la mía y la de todas las personas que lo han leído; por cierto, novela ganadora del Premio Norma 2014 de Literatura Infantil y Juvenil.

Gracias Juan Carlos Quezadas, estoy segura que en tu carta astral se sacude porque la traza un terremoto de palabras que inspiran tu corazón y sacude nuestras almas.

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