“El feminismo no es una filosofía sexista no está en contra de ningún género. El

feminismo es una filosofía propositiva, transformadora de las relaciones de

género. Es una filosofía a favor de la integridad de todas las personas-mujeres-

hombres y de su libertad; radical, no conformista, ya que se propone transformar

la sociedad en su conjunto para satisfacer las necesidades individuales y

colectivas de todas las personas.” Marcela Lagarde

Fue precisamente Marcela Lagarde, quien en el salón de clases nos motivó a quienes estudiábamos la especialidad en estudios de la Mujer en El Colegio de México, a comprender la importancia de decir: “Yo soy feminista”. Feminista, un término que la sociedad patriarcal se ha encargado de confundir, llenar de prejuicios y de rechazo, solamente porque busca que hombres y mujer podamos convivir en los mismos escenarios con los mismos derechos y oportunidades. Por eso, es importante definirlo, caracterizarlo, distinguirlo y entenderlo en todos sus matices, aportaciones e incluso problemáticas.

En el contexto internacional, de acuerdo a la importancia que varias autoras dan a la obra, El segundo sexo (1949) de Simone de Beauvoir, filósofa francesa, representa uno de los estudios feministas más importantes de todos los tiempos. El texto resulta ya un clásico y de consulta básica ya sea para iniciarse, para reafirmar argumentos o para reinterpretar reflexiones. Hoy nadie puede ignorar una de las frases más rotunda del libro: “No se nace mujer, se llega a serlo”.

Beauvoir analiza la situación femenina desde todos los aspectos posibles, así pueden encontrarse reflexiones y críticas a los elementos de la biología, a los estudios psicoanalíticos y hasta el punto de vista del materialismo histórico.

Otro texto simbólico es el de Betty Friedan: La mística de la feminidad (1963), donde analizó la profunda insatisfacción de las mujeres estadounidenses consigo mismas y su vida, y su traducción en problemas personales y diversas patologías autodestructivas: ansiedad, depresión, alcoholismo. Sin embargo, el problema es para ella un problema político: “la mística de la feminidad”; -reacción patriarcal contra el sufragismo y la incorporación de las mujeres a la esfera pública-, que identifica mujer con madre y esposa, con lo que cercena toda posibilidad de realización personal y culpabiliza a todas aquellas que no son felices viviendo solamente para los demás. El problema de las mujeres era “el problema que no tiene nombre”, y el objeto de la teoría y la práctica feministas fue, justamente, el de nombrarlo, de hacerlas visibles, de darnos nuestro lugar en los escenarios sociales”.

En 1970, Kate Millet escribió su tesis La política del sexo donde introduce a la discusión feminista la problematización del poder político no desde una perspectiva liberal, sino dimensionando todo un sistema social de dominación y pensando al sexo “como una categoría impregnada de política”. Dicho sistema social de dominación es llamado por Millet patriarcado. Ella estudia con sustento teórico las relaciones entre mujeres y hombres, y considera que se debe “concebir una teoría política que estudie las relaciones de poder en función del contacto y de la interacción personal que surgen entre los miembros de determinados grupos: las razas, las castas, las clases y los sexos”.

Otro libro que hasta la fecha es continuamente utilizado en las investigaciones feministas es el de Franca Basaglia titulado Mujer, locura y sociedad (1983) donde la autora incide en que todas las fases de la historia femenina pasan por las modificaciones y las alteraciones de un cuerpo que la ancla sólidamente a la naturaleza y si la mujer es naturaleza, su historia es la de su cuerpo, pero de un cuerpo del cual no es dueña porque sólo existe como objeto para otros. La mujer, enfatiza Basaglia, puede definirse como un ser para los otros.

La teoría feminista estuvo representada durante varias décadas por dos importantes corrientes: el feminismo de la igualdad y el feminismo de la diferencia. Por el primero puede entenderse aquel que plantea la igualdad de derechos para las mujeres en todos los ámbitos, tanto de la vida pública como de la privada: las prácticas apuntan, por lo tanto, a reivindicar la equidad de hombres y mujeres en los planos jurídicos, legales, políticos, económicos, etc. En tanto, el segundo, privilegia fortalecer aquellas características específicamente femeninas y que han sido no valoradas (o negativamente valoradas) por la cultura patriarcal.

En este caso, la obra de Cecilia Amorós resulta de consulta inevitable, su libro se titula precisamente Feminismo: Igualdad y diferencia (1994). En México, una de las obras más importantes es la tesis de Rosario Castellanos titulada Sobre Cultura femenina, escrita en 1950 y recién publicada como libro en este siglo XXI. En el texto ella hizo un recorrido sobre las posturas de reconocidos filósofos en torno a la condición femenina. Señalaba una falta de identidad femenina y una ausencia de imágenes positivas de las mismas mujeres pues la sociedad se encargaba de reiterar aspectos negativos como debilidad, torpeza e incapacidad intelectual. Indicaba que por tradición se estaba subyugado más no por destino. Textualmente aseveró:

“El mundo que para mí está cerrado se llama cultura. Sus habitantes son todos del

sexo masculino. Ellos se llaman a sí mismos hombres y humanidad. Aunque un

pequeño grupo de mujeres ha intentado introducirse de contrabando, quiero saber

por qué ellas lograron separarse del rebaño e invadieron un terreno prohibido.”

Concluyó que los hombres crean cultura como una forma de perpetuarse a sí mismos mientras que a las mujeres les han hecho crear que ellas lo lograr por medio de la maternidad. Con su peculiar estilo advirtió:

“Las mujeres  expulsadas del mundo de la cultura no tienen más recurso que portarse bien, ser insignificantes y pacientes, “esconder las uñas como los gatos, con esto llegarán si no al cielo, si al matrimonio”.

La mirada pesimista, sagaz e irónica de Rosario Castellanos advertía una ausencia femenina en la cultura que la limitaba y la hacía invisible.

Otra filósofa representativa en nuestro país es Graciela Hierro, fundadora del Programa Universitario de Estudios de Género, en la UNAM. Ella tiene libros muy representativos del feminismo en México, destacan Ética y feminismo (1985) y De la domesticación a la educación de las mexicanas (1989), donde hace un recorrido por la historia de  México, desde la época prehispánica hasta finales del siglo XX. El feminismo, dijo ella alguna vez, representa el hecho de que las mujeres descubran sus valores y los traten de llevar a cabo, que digan lo que les parece bien y por qué, y traten de hacerlo y señalen lo que les parece malo, que digan en voz alta lo que piensan, lo que les interesa, y que lo hagan, “que se acuerden que sólo se vive un sola vez”.

Con pasión y convicción, siempre explicó y defendió el feminismo, una palabra que en esta época todavía da miedo decir a muchas y da miedo escuchar a otras más. Ante la situación de desigualdad entre hombres y mujeres, aseguraba que era necesario construir una ética desde la experiencia, modelar la experiencia desde la ética y desde el feminismo formular entonces una ética feminista. Propuso que la tarea de una ética feminista debía ser alcanzar una moralidad centrada en la propia sensibilidad hacia los intereses personales y en relación con los intereses sociales, su objetivo se enfocaba a “rechazar lo rechazable para intentar superar el dualismo moral y alcanzar una visión unitaria de la ética”.La ética feminista debería ser entonces una ética del placer.

Invitaba con alegría y seguridad que nos correspondía a las mujeres por primera vez definir tal placer, descubrir el sentimiento y el goce y dar nuestras razones para legitimar moralmente nuestra conducta. Y en esta revisión, Marcela Lagarde es imprescindible, su texto Los cautiverios de las mujeres (1993), es un verdadero tratado feminista. Presentado como su tesis de doctorado en Antropología, la obra aporta categorías básicas para analizar a profundidad la subjetividad femenina y la manera en que la sociedad logra cautivarlas. Es así como la autora crea el término cautiverio, como “una categoría antropológica que sintetiza el hecho cultual que define el estado de las mujeres en el mundo patriarcal: se concreta políticamente en la relación específica de las mujeres con el poder y se caracteriza por la privación de la libertad”.

Afirma que las mujeres están cautivas porque han sido privadas de autonomía, de independencia para vivir, del gobierno sobre sí mismas, de la posibilidad de escoger, y la posibilidad de decidir. Lagarde caracteriza a las mujeres en cuanto al poder de la dependencia vital, el gobierno de sus vidas por las instituciones y los particulares (los otros), la obligación de cumplir con el deber ser femenino de su grupo de adscripción, concretando en vidas estereotipadas, sin opciones. Todo esto es vivido por las mujeres desde la posición de subordinación a que las somete el dominio de sus vidas que, en todos los aspectos y niveles, ejercen la sociedad y la cultura clasistas y patriarcales. En su obra, considera que existen los siguientes tipos de cautiverios:

Las madresposas. Todas las mujeres por el sólo hecho de serlo son madres y esposas. Desde el nacimiento y aun antes, las mujeres forman parte de una historia que las conforma como madres y esposas. La maternidad y la conyugalidad son las esferas vitales que organizan y conforman los modos de vida femeninos, independientemente de la edad, de la clase social, de la definición nacional, religiosa o política de las mujeres.

Las monjas. Es una mujer consagrada: mujer sagrada. Mujer que se entrega a Dios. Esa es su forma de estar en comunicación con él y de participar de su santidad, por lo cual vive una situación excepcional, predestinada a la vida religiosa.

Las putas. Es la mujer social y culturalmente estructurada en torno a su cuerpo erótico y la transgresión. En un nivel ideológico simbólico, en ese cuerpo no existe la maternidad. La prostituta como grupo social disocia en su cuerpo la articulación entre los elementos básicos de la unidad genérica, de la condición femenina. La prostituta concreta la escisión de la sexualidad femenina entre erotismo y procreación.

Presas. La autora destaca que todo cautiverio implica una prisión: un conjunto de límites materiales y subjetivos, de tabúes, prohibiciones, y obligaciones impuestas en la subordinación. A diferencia de otras instituciones de recreación del poder, la prisión es el espacio reservado a aquéllos que no aceptan el cumplimiento de las normas. Así, la prisión excluye y cerca.

Las locas. Son las suicidas, las santas, las histéricas, las solteronas, las brujas y las embrujadas, las monjas, las posesas y las iluminadas, las malasmadres, las madrastras, las putas, las castas, las lesbianas, las menopáusicas, las estériles, las abandonadas, las políticas, las sabias, las artistas, las intelectuales, las mujeres solas, las feministas. En el mundo donde priva la axiología del bien y del mal, las locas son las muy buenas y las muy malas, aquellas mujeres cuyo despliegue exagerado en la vida las llevó a los extremos de la sinrazón. Para las mujeres, son locas todas las otras – locura de la enemistad-, y para los hombres todas las mujeres son locas – locura de virilidad-: ambas constituyen el paradigma político de racionalidad, o sea la locura patriarcal.

Leer el feminismo para comprenderlo, para respetarlo y discutir en los mismos terrenos su importancia. La fuerza del pensamiento filosófico feminista que cada lectura realizada me transmitió y me sigue transmitiendo permite segurar que, como me ha enseñado con su discurso y su ejemplo Sara Lovera:

“El feminismo es, además de la tarea por conseguir derechos y justicia, una transformación personal, fundada en la comprensión de que todas, aún la que mejor se sienta, estamos en un mundo patriarcal y que habrá que salir de ahí poniendo en el centro la libertad y la  eliminación de la opresión”.

Leer el feminismo para no confundir, leer el feminismo para ser transgresora, provocadora, utópica, mujer que cree en las mujeres y en los hombre viviendo en una sociedad con diferencias que no denigran, con equidad que siempre apuesta a la igualdad.

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