Irse de vacaciones a la ciudad en que nací, la Ciudad de México. Y elegir como siempre el centro histórico. Caminar, caminar y caminar para llegar hasta Santa María la Ribera. Y detenerse frente a una antigua construcción cuya imagen simboliza la parada del metro San Cosme. Observar y hasta memorizar la perfección de los balcones de esa antigua casa de Mascarones. Su belleza es seductora, con razón representan la imagen del metro San Cosme y cuando una decide detenerse exactamente frente a él, sabes que vas a toparte con una residencia que ahora da asilo a voces en diferentes idiomas, pero que antes de la mitad del siglo XX daba asilo a las voces filosóficas y literatas.

En efecto, el edificio de Mascarones fue durante un buen tiempo la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ahí estudió una de las escritoras más importantes de nuestro país, Rosario Castellanos.

Chayito había nacido en el Distrito Federal pero de inmediato se la llevaron a vivir a su querida Chiapas, regresó adolescente para estudiar. Por eso, si me topo con esta antigua edificación de Mascarones, debo asomarme a cada uno de sus balcones para buscarla, para aspirar su aroma literario, para perseguir su espíritu de poeta eterna. Y por supuesto, la encuentro.

Si recorren lentamente la calle de Naranjo podrán descubrir sus huellas literarias y reencontrarse con esa niña que desde pequeña tuvo una certeza como lo confesó en uno de sus poemas:

Y fui educada para obedecer

y sufrir en silencio.

Mi madre en vez de leche

me dio sometimiento

 Tal vez alguna tarde de otoño, mientras pisaba nostálgica las hojas caídas de los árboles, evocaba ese hecho que, al parecer, marcó profundamente su existencia: el nacimiento de un hermano, un niño que parecía tener privilegios simplemente por ser el varón, pero murió. Esa muerte fue muy lamentada por su madre y por su padre, el dolor fue tan grande que en un principio olvidaron a su hija, después exageraron los cuidados. Ambas situaciones encerraron a Rosario en una absoluta soledad y total proteccionismo. Seguramente, mientras se recargaba en un frondoso árbol de esta Alameda de San Cosme recordaba esas palabras maternas, esos argumentos paternales:

 Nunca me dejaron hacer nada… No salgas… No te vayas a resfriar… No, te vas a caer… No, no, no… ¿Qué puede hacer alguien así? Sentarse a escribir ¿No?

 Entonces, ella comenzó a refugiarse en la escritura. A los 16 años llegó a la Ciudad de México pues había decidido estudiar en la entonces Escuela de Altos Estudios de Filosofía y Letras, en la UNAM.  Fue compañera de Dolores Castro, Margarita Michelena, de Jorge Ibargüengoitia y Emilio Carballido. Juntos discutían y juntos se motivaban. Seguramente esta privilegiada generación compartió palabras, emociones, suspiros, espejos y confesiones. Rosario hizo de la poesía un texto delator de sí misma, bien dijo:

 Escribo porque yo, un día, adolescente.

Me incliné ante un espejo y no había nadie.

Nadie. ¿Se da cuenta? El vacío.

Y junto a mí los otros chorreaban importancia

Siempre imagino ese patio central de los Naranjos del edifico Mascarones el día que ella obtuvo el grado de maestría en filosofía, justo a la mitad del siglo XX. Se tituló con la tesis Sobre cultura femenina. En su trabajo académico, ella disertó en torno a las aportaciones de las mujeres en el mundo cultural. Se preguntaba por qué es un espacio tan difícil de acceder si se es mujer. Su respuesta es tajante: los hombres hacen cultura para eternizarse, las mujeres descubren que pueden eternizarse a través de la maternidad.

Expulsadas del mundo de la cultura, como Eva del paraíso, las mujeres no tienen más recurso que portarse bien, es decir, ser insignificantes y pacientes, esconder las uñas como los gatos. Con esto probablemente no vayan al cielo, y además no importa, pero irán al matrimonio que es un cielo más efectivo e inmediato.

Dos años antes de su examen profesional, Rosario Castellanos ya había publicado su primer libro de poemas, Trayectoria del polvo.  También había parecido Apuntes para una declaración de fe.  Luego surgió su obra narrativa: Balún Canán (1957, novela),  Ciudad Real (1960, cuentos), Oficio de tinieblas (1962, novela). Quizá algunas tardes regresaba a este viejo edificio de Mascarones a buscarse y a enfrentarse a ella misma. Irónica y directa se recargaba en uno de los recovecos de esa fachada del siglo XVIII, una de las mejores del país, y se burla de sí misma, hasta en el momento que decidió casarse:

Tanta actividad me dio mala espina. ¿Histeria? Había llegado a los 32 años sin más que unas frustradas y melancólicas experiencias sentimentales.  (Entonces) me quité los moños, me puse lentes de contacto, me compré una colección de vestidos nuevos. En fin, tomé todas las providencias que toman los animales cuando se trata de perpetuar la especie

Su vida y sus decisiones se asemejan a las cariátides que adornan este edificio de Mascarones, así a los 32 años se casó, a los 36 fue madre de Gabriel, su hijo único. Escribió en ese lapso Los convidados de agosto y Álbum de familia. En 1973 publicó Mujer que sabe latín, libro conformado por varios ensayos y en donde realizó una reflexión profunda sobre la condición femenina. Crítica y pesimista pero llena de esperanza nos aseguraba:

No, no es la solución tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy

Ni apurar el arsénico de Madame Bovary

Ni concluir las leyes geométricas, contando las vigas de la celda de castigo
como lo hizo Sor Juana…

Debe haber otro modo que no se llame Safo ni Mesalina ni María Egipciaca
ni Magdalena ni Clemencia Isaura.

Otro modo de ser humano y libre. Otro modo de ser.

Cuánto extrañaría Rosario Castellanos ese inolvidable edificio de Mascarones cuando en 1971 se fue a Israel como embajadora.  Fue en ese país donde murió en un absurdo accidente, en agosto de 1974. Su cuerpo fue traído a la Ciudad de México y “la devolvimos a la tierra”. Nos dejó sin más poemas, sin sus visiones irónicas sobre la vida femenina, no puede olvidarse jamás que Rosario Castellanos es y será una mujer de literatura y del periodismo. Por eso, mientras me alejo del edificio de Mascarones rumbo a la bella Alameda de San Cosme repito con el corazón:

Mujer, pues de palabra. No, de palabra no. Pero sí de palabras, muchas, contradictorias, ay insignificantes, sonido puro, juego de salón, chisme, espuma, olvido

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