Con binoculares o microscopio, he observado papá-gallos, papás florero y papás ausentes; especies tan variadas que generan mi admiración y otras, mi entera confusión.

Tantito porque no hay una fecha fija y tantito porque en los últimos 27 años no he tenido una celebración personalizada, se me pasó sin pena ni gloria el día del padre y, evidentemente, el #HastaQueYoMuera en tiempo y forma. Pese a ello, me gustaría hablar del tema porque he visto con binoculares paternidades tan variadas que generan mi admiración y, algunas otras ocasiones, mi entera confusión.

Antes de comenzar me gustaría hacer una alerta de spoiler: habrá quienes se identifiquen (como padres o como hijas e hijos) y algunos otros estarán en desacuerdo con mi postura, lo cual es totalmente válido (y quien quiera, que venga y nos echamos un pollito).

Me preocupa el asunto no solo porque soy anti-mamá y tía, sino porque me parece importante felicitar a los padres que se la rifan todos los días y porque es necesario señalar a aquellos ausentes o que tienen la misma utilidad que un florero. Ojo: felicitar a los padres chingones implica únicamente eso, tampoco es para tener que levantar un pedestal porque, en estricta teoría, jugársela todos los días es su obligación.

Y es que vaya brecha de género que hay, hasta para traer al mundo a una bendición; no solo en el aspecto físico, sino también en el papel que te designan para la crianza. De manera muy concisa: a la mamá se le atribuye un rol multi-tareas combinado con la dulzura de Hello Kitty y el dramatismo Victoria Ruffo en un meme.

Pero ¿qué hay del rol paterno? ¿En serio se le tiene que limitar como proveedor, borracho ocasional y figura máxima en la jerarquía familiar? Me parece que no, me parece que los hombres -que los papás- pueden dar mucho más que eso.

Si bien el proveer económicamente es una ‘chambototota’, tampoco es la única que deberían ejercer. En contraste, el participar de manera activa en la crianza de sus retoños, tampoco es motivo para hacer fanfarrias, como si estuviera dando el extra en su papel de papá.

En resumidas cuentas: más allá de la cuestión física y biológica, no debería haber mayor diferencia entre ser mamá o papá. 

Ambos pueden/deben trabajar, llevar comida a la mesa, limpiar esa mesa y lavar los trastes, comprar pañales y limpiar cacas batidas, jugar con la bendición y lavar la ropa sucia, asistir al partido de futbol o al ballet y zurcir el uniforme y el tu-tú, regañar y dar consejos.
En fin, la única diferencia debería ser en que los hombres no amamantan y que sus genitales se mantuvieron intactos durante el parto.

Por eso, reitero, hay paternidades que merecen toda mi admiración y orgullo, porque se entregan plenamente sin perder su individualidad (esa que tanto defiendo con la mater-no-dad). Sin embargo, hay otras paternidades que ponen a prueba mi nivel de paciencia y que, cuando siquiera se les menciona la crianza equitativa, saltan a defender su frágil masculinidad.

Entre esas paternidades maravillosas -que he visto con binoculares- se encuentran aquellos familiares y amigos que son solidarios con sus parejas durante el embarazo y están con sus hijos desde el primer momento, mostrando una fortaleza increíble para enfrentarse, incluso, a las batallas más inesperadas. Cambian pañales, preparan el almuerzo, ensayan los bailables, juegan, peinan, aconsejan, crían.

También vistos con binoculares, están esos otros padres que se limitan a dar dinero, a llegar cansados a casa, a subir los decibeles en el volumen de su voz como reflejo de autoridad, que no pueden levantar un solo plato de la mesa porque automáticamente los testículos se les van al suelo. Vaya, esos padres presentes pero que en realidad están a años luz de sus retoños, cuya masculinidad es tan frágil como un cristal y que en casa tienen la misma utilidad que un florero: adornar la foto familiar.

Vistos con microscopio, palpados hasta los huesos, están los padres ausentes. Esos que desaparecen apenas al ver el positivo en la prueba de embarazo, que en el camino deciden alejarse porque “la paternidad no es lo suyo”, que creen que con 500 pesos pueden solventar los gastos de una semana o de toda una vida. Esos cuyo mayor logro paternal fue eyacular adentro.

Por supuesto, también habemos mamás gallina, mamás florero y mamás ausentes; esas clasificaciones no se limitan al género sino a la persona. Pero (metiéndome un poco en temas sombríos) a la mujer se le exige todo el tiempo ser mamá gallina y a los ‘papá-gallos’ se les venera. A los papás florero o a los papás ausentes, a duras penas se les apunta con el dedo; me pregunto: en esos casos, ¿será considerado como ‘aborto masculino’?

En fin, con el mismo retraso que Andrés en los últimas semanas, va mi abrazo fraterno y solidario a esos papá-gallos que alzan la cresta todos los días y que hacen un papel chingonsísimo; sigan siendo ese ejemplo que las bendiciones necesitan.

Sobre El Autor

Rosario Moctezuma

Reservada pero no tanto, culta pero no mucho, sensible pero a veces, chistosa pero no por gusto; comunicóloga, docente en proceso, haciendo mis pininos donde me agarre el hambre.

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