Somos incrédulos hasta que el miedo asecha nuestra puerta, hasta que nuestros hijos están en peligro, hasta que una pandemia camina por nuestras calles y nos orilla a ser una concurrencia postergada.

Yo pasé ya por una cuarentena, pero no fue ni por asomo parecida a ésta, di a luz hace cuatro años y pasé con mi hija más de un mes en casa. Hoy es distinto, estoy en alerta por todo lo que representa la fragilidad de la salud y al mismo tiempo una paz me resuena en los oídos.

Lo primero que se advierte es la calma.

Es un shock desactivar las alarmas del celular o el despertador, el ajetreo normal no se vuelca con sus fauces sobre el exiguo ser humano que soy. Las mañanas son una carrera contra el reloj,  una competencia que dicho sea de paso casi siempre estoy destinada a perder, no hay tiempo suficiente aunque la alarma suenes a las 7 en punto porque desde que soy madre tengo claro que hay dos ritmos vitales: el imperturbable frenesí de la vida cotidiana, con sus recovecos lánguidos entre las horas laborales y los traslados; y está el vaivén de mi hija, que casi se rompe de tan lento y perfecto, ella va siempre a un andar distinto, porque importa más la sorpresa de encontrar algo nuevo en el camino que la ridícula idea de llegar temprano.

Y al no vernos obligados a hacer la coreografía del mundo cotidiano, ¿qué pasa? ¿Qué hacemos con nosotros mismos, entre el demoledor silencio de nuestros pensamientos? ¿Si no hay señales que nos indiquen a dónde ir o qué hacer, sin hora asignada hasta para sonreír? Si no tenemos qué jugar ese ajedrez donde pocos son rey y reina, donde otro que se llama Destino o Poder mueve las piezas.

Para mí, esto es el guion de otra película de ciencia ficción de Hollywood, pero lo que esas cintas no dicen es que se hace con uno mismo. Entre las indicaciones del gobierno federal de permanecer en casa, entre las noticias, a veces falsas, de los nuevos casos de coronavirus en el país, entre los videos conmovedores de los conciertos en los balcones de Italia o España, entre la extrapolación que hay que hacer de este fenómeno para comprenderlo y tropicalizarlo “a la mexicana”, porque somos supervivientes y camaleones envalentonados, aunque estamos que nos lleva la chingada.

Pandemia es un termino que no usamos, pero claro que los 60 millones de este país sabemos qué es vivir al día, sabemos lo que en palabras de Sabina es “nunca llegar a fin de mes”. Pandemia es la pobreza que ametralla este país, es las balas del crimen organizado que nos ha robado miles de veces la risa. Pandemia es una estación del Metro en  hora pico o el tráfico infernal en el que los delincuentes salen a pescar incautos. Pandemia es la explotación sexual a menores de edad y mujeres, que se pierden por cientos entre los cárteles que dan aviso de su búsqueda.

Pandemia es la muerte de 10 mujeres al día, sin que haya un estado de alarma general; sin embargo, cualquiera de nosotras sabe lo que es vivir con miedo, lo que es luchar todos los días para volver a casa. 

Yo tuve la fortuna de que en mi trabajo se respetaran las indicaciones sanitarias, pero en la mezquindad de algunos jefes nos ponen en riesgo a todos. Y eso, si hay un jefe, porque casi 70 por ciento de la población nacional vive en la informalidad laboral, para ellos es vivir o morir de cualquier forma, con o sin pandemia.

Hay calma en la ciudad sí, una impuesta por la incertidumbre. Esta noche me consuela ver a lo lejos, sobre los cerros, las luces incandescentes, hay otras almas encendidas igual que la mía. En casa está mi familia, lo son todo.

Sobre El Autor

Tania Martínez Suárez
pros_critos@hotmail.com

soy un atado de ideas zurda y necia comunicóloga proscrita madre indeVida

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