Perder es un verbo recurrente en las conversaciones comunes: ‘chale, perdí un billete de 50’ ‘Me perdí en la universidad porque no encontraba baños’ ‘Quiero perder 10 kilos en 2 días, ¿cómo le hago?’.

Una definición vaga de “perder” es: ‘dejar de poseer determinada cosa a causa de alguna circunstancia’. En juego con la definición, decir “Jacques perdió el color cuando vio el cuerpo sin vida de su amada”, o “el pobrecito Jacques perdió la fe en la humanidad al enterarse de las circunstancias en torno a la muerte de su pioresnada” nos regala diferentes tenores de interpretación.

Nuestro amiguito francés fácilmente entiende el sentimiento de pérdida, más ahora que se apoderó de su selección nacional el domingo pasado al perder la final de la Eurocopa debido a un gol portugués en el minuto 109.

Obviamente no es la primera pérdida futbolística de los galos, quienes vivieron una etapa de fuerte crisis entre el 2007 y 2012. Además, su discutida participación en la Copa Mundial de Futbol de 2002, en la que durante la primera fase recibieron tres goles en contra y ninguno a su favor, para finalizar en el 28° lugar.

Pero el deporte no es el único ámbito en el que los franceses se enfrentaron a la derrota. El 13 de noviembre del año pasado, 137 habitantes de la capital francesa murieron tras varios ataques terroristas de la autoría de la organización yihadista, Estado Islámico. Francia, en su totalidad, perdió la vaga ilusión de seguridad en la que la especie humana se refugia. Perdió la batalla contra el odio. Perdió terreno ante la violencia.

En las redes sociales constantemente criticaron las muestras de solidaridad hacia la población francesa, en contraste con la apatía e indiferencia hacia la violencia local. Yo no lo sé de cierto, pero supongo que estos atentados representaron un amable recordatorio de que el odio, la violencia y la discriminación no distinguen entre nacionalidad, sexualidad o color de piel, países en vías de desarrollo o países primermundistas, que las acciones impulsadas por sentimientos tan negativos siempre terminan en pérdidas.

Cambiemos de tema a algo menos sombrío. El Museo del Louvre, ubicado en París, es uno de los más importantes del mundo debido a sus extensas colecciones.

El viejo castillo del Louvre es el edificio que alberga al museo, antigua sede del poder francés hasta la construcción de Versalles, desde 1789. En 1981 el presidente François Mitterrand inició una campaña para renovar instituciones culturales a lo largo y ancho de Francia, una de ellas fue el Louvre. En 1989 el arquitecto chino americano I.M. Pei terminó la renovación del museo, constituida por una nueva entrada al mismo, además de un sistema subterráneo de galerías, almacenamiento y laboratorios de preservación, además de una conexión entre las diversas salas del museo; ganó espacio para expandir la colección y exhibir más trabajos artísticos.

Sin embargo, la adición más comentada fue una gran pirámide de vidrio y acero, que de acuerdo a Pei “es la forma más compatible con la arquitectura del Louvre… es también una de las formas más estables estructuralmente, lo que asegura su transparencia, al ser construida con vidrio y acero significa una ruptura con las tradiciones arquitectónicas del pasado. Es un trabajo de nuestro tiempo”.

Con el agregado de la pirámide, el Louvre perdió su antigua cara. O incluso que el Louvre perdió la batalla contra un diseño más moderno. Pero otra forma de verlo es decir que la novedad de esta estructura complementa el estilo renacentista del museo. La opaca y pesada fachada del Louvre gana transparencia a través del diseño de Pei.

Francia sabe de perder, quizá la pérdida embellece al país, lo cubre con un fino velo de añoranza por lo olvidado. Pero esa delgada capa de añoranza no lo obliga a dejar de poseer algo, sino a enriquecerlo. Perdiendo, ganamos.

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