La construcción visual como una ‘salida’ de la mortalidad

Nada sabe permanecer sino sólo por un instante. ¿Qué cosa permanece? ¿Qué es la permanencia? ¿Qué busca permanecer y para qué busca lo permanente? “No por siempre en la Tierra: sólo un poco aquí”, dice Nezahualcóyotl. En el estado de efimeridad en el que existimos, no hay cabida para lo fijo.
¿Cómo permanecer y para qué?  Cuenta la historia del arte, así desde la generalidad, que el olvido ha sido el demonio divino acompañante de lo humano, todos hemos temido a ser olvidados, siendo mortales, perecederos, dejando de generar células madre, transitando en el espacio, en esa sin salida que es  el tiempo. Pasajeros sin tregua, calumniados por el futuro, buscamos la permanencia en la memoria, una utopía, pues la memoria es por excelencia  impermanente por que muta. Cosificar la memoria, materializar el pasado y nuestra existencia son ejercicios cotidianos involuntarios pero consistentes, tendemos a definirnos y con ello perseguimos el reconocimiento desde el otro, identificación que nos garantiza nuestra existencia.

¿Cómo permanecer? La imagen desde cualquier área visual que construya a la misma es un medio que aspira a la permanencia temporal, capturar el porqué, el cómo, el dónde, el qué, el quién de las cosas y la estética del momento. Esto ha sido también manifestación de la angustia humana, dice  Jean Delumeau que cita a R Callois: “mientras que el miedo humano, hijo de nuestra imaginación, no es uno sino múltiple, no es fijo sino perpetuamente cambiante”. De ahí la necesidad de escribir su historia, como sugiere el propio Delumeau. Debo aclarar que no pretendo sobreestimar a ninguna de las disciplinas de la historia sino cuestionar la filosofía que evoca la palabra permanencia.

En la actualidad buscamos capturar los macroeventos más ‘significativos’, pelear por popularidad, por un crédito o reconocimiento social, cosa que se ha perseguido durante la historia de la vida humana, pero antes no teníamos medios digitales que nos distrajesen tanto como ahora, de mirar el mundo fuera de una pantalla, claro que ese es otro tema. Y por existir en esa lógica del querer permanecer en la memoria olvidamos la trascendencia de lo chiquito e ínfimo que contienen las cosas invisibilizadas por lo grandote. Ignoramos que la permanencia pertenece al eterno presente, pues es allí donde la mnemotecnia genera estabilidad a un momento y trae consigo una invención o un recuerdo. No por ello recriminemos la labor que ha mantenido la invención de lo visible, sus teorías y sus prácticas, con lo anterior pretendo decir que varias ocasiones se nos escapa la vida queriendo representarla, otras tantas se nos acumula la vida  propia y la de otros, contemplando las representaciones.

Pero, la pregunta más apremiante de esta reflexión es ¿para qué buscamos permanecer? Delumeau, en su libro El miedo en occidentehabla de una necesidad de trascendencia y continuidad de los sistemas económicos, ideológicos y personales dictatoriales, donde el individuo o la colectividad intentan mantenerse en una línea imaginaria que aparentemente le sobrepone por encima de los demás. Aquel ser, denominémosle ‘el fuerte’, sin mostrarse vulnerable en público, callando el gran miedo que es reconocerse débil, se define y se ‘permite ser definido’ en un vaivén de muestras de gallardía que ocultan la enorme inseguridad que es vivir muriendo o si preferimos, morir viviendo. A la par, el otro, considerado como ‘el débil’, también se cuestiona su paso por la Tierra, y en un devenir sin salida, ambos se confunden entre los conceptos del valor, el honor, el miedo y la cobardía porque es natural temer y desear la inmortalidad, pero lo estable no existe y aun cuando las imágenes nos ayuden a definirnos, conocernos, mantenernos, la vida es mutable. Lo único que no cambia es que todo está cambiando.

Entonces, ¿para que buscar la permanencia? El ser con miedo, todos, queremos el recuerdo, lo inolvidable, hacer que nuestra existencia tenga sentido, deseamos la inmortalidad, aquella que Gilgamesh anhelaba y por la que se encontraba sometido, esa búsqueda inherente que es querer responderse ¿quién soy?, pero es que lo importante no es quién soy, de dónde vengo, a dónde voy o qué hago aquí, sino ya estoy aquí, ¿qué estoy haciendo con mi vida? A esta pregunta, considero, sí podemos hallarle una respuesta.

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