Si miro un poco afuera me detengo.
La ciudad se derrumba y yo cantando.
La gente que me odia y que me quiere no me va a perdonar que me distraiga.
Creen que lo digo todo.
Que me juego la vida porque no te conocen ni te sienten.
Te doy una canción y hago un discurso sobre mi derecho a hablar.
Te doy una canción con mis dos manos, con las mismas de matar.
Te doy una canción y digo patria y sigo hablando para ti,
Te doy una canción como un disparo, como un libro, una palabra, una guerrilla…
como doy el amor

 

Mi generación, jóvenes de 16 años en 1978, cantamos, vivimos, amamos, nos desenamoramos, nos creímos rebeldes, levantamos el puño, tejimos sueños con hilos de utopía revolucionaria al compás de la Nueva Trova Cubana, una herencia y una provocación que Fidel Castro apoyó para darle a su isla ese ritmo de libertad con la que siempre soñamos.

Hoy recibo sola la noticia de la muerte de Fidel, desde mi cama y con el control de la televisión en las manos, contemplo las reacciones que me conmueven y las que me indignan. No quiero llorar, por eso lo primero que se me viene a la mente son canciones. Esas letras donde lo describen, que evocan los valores revolucionarios, que cuestionan esta realidad tan compleja, pocas veces generosa, muchas veces esperanzadora. Fidel ha muerto y yo canto como un himno esas preguntas que memoricé y que el cantautor cubano Silvio Rodríguez parece siempre dictarme al oído, casi 40 años después de cantarla y cantarla:

 

Compañeros de historia tomando en cuenta lo implacable que debe ser la verdad.
Quisiera preguntar, me urge tanto.
¿Qué debiera decir?
¿Qué fronteras debo respetar?
¿Si alguien roba comida y después da la vida, qué hacer?
Hasta donde debemos practicar las verdades.
Hasta donde sabemos.
Que escriban pues la historia.
Su historia los hombres del playa Girón

 

De inmediato me remonto a mi época de “ceceachera” –estudié en el Colegio de Ciencias y Humanidades cuyas siglas son CCH, naturalmente en la UNAM y así nos bautizamos. Un colegio donde mis maestros eran marxistas, te decían “compañero” y te sorprendías que te pidieran hablarles de tú. Profesores tan jóvenes como nosotras que motivaban tu participación, leímos tantas propuestas revolucionarias pero sobre todo escuchamos muchas canciones llamadas en ese entonces de protesta. Aquellos años en que mis hermanas y yo comprábamos esos discos LP, de acetato, con portadas vistosas. El día que estrenamos la Antología de Silvio Rodríguez. Hoy la escucho y no dudo que es poesía con música, convicciones utópicas, cantos revolucionarios, apuesta por un mundo mejor. De mis preferidas, ‘Pequeña serenata diurna’:

 

Vivo en un país libre, cual solamente puede ser libre.
En esta tierra, en este instante y soy feliz porque soy gigante.
Amo a una mujer clara que amo y me ama sin pedir nada
o casi nada, que no es lo mismo pero es igual.
Y si esto fuera poco, tengo mis cantos que poco a poco
muelo y rehago habitando el tiempo,
como le cuadra a un hombre despierto.
Soy feliz, soy un hombre feliz.
Y quiero que me perdonen por este día
los muertos de mi felicidad

 

Por supuesto, también me gustaban las canciones de Pablo Milanés, otro gran compositor cubano, esas referencias a los triunfos y a las luchas, idolatrar al que murió por un ideal, al que se volvió leyenda por su necedad, quien no se conformaba con criticar desde su cubículo o tomando una taza de café con los amigos. Canciones de protesta pero con metáforas que te reconciliaban con la esperanza, que envolvían tu alma en las utopías que leías en tus clases de teoría social, mitos que sí existieron:

 

Sí el poeta eres tú.
Como dijo el poeta.
Y el que ha tumbado estrellas en mil noches
De lluvias coloridas eres tú.
Qué tengo yo que hablarte comandante.
Si el que asomó al futuro su perfil y lo estrenó con voces de fusil
Fuiste tú, guerrero para siempre, tiempo eterno,
Qué puedo yo cantarte comandante

 

La voz seductora y generosa de Amaury Pérez también se unía a estas descripciones de valores revolucionarios, de figuras heroicas, de luchas constantes pero sobre todo de defensa de sueños, de lealtades eternas, de resguardos esperanzadores. Recuerdo a mis amigas de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, otra vez en mi querida UNAM, cuando a una sola voz, casi roncas de tanto gritar, entonábamos:

 

No lo van a impedir del valle al cielo,
ni reyes del honor, ni periodistas,
ni antiguos comediantes, ni embusteros.
Ni estudiantes de leyes, ni alquimistas.
No lo van a impedir los generales,
ni adorables doncellas pervertidas,
ni apelables procesos judiciales,
ni perros, ni cometas, ni suicidas.
No lo van a impedir ni prohibidos,
ni novios convencidos, ni hechiceros,
no lo van a impedir las soledades
a pesar del otoño creceremos…
Creceremos

 

Pero, ¿saben? La trova cubana además de reafirmar su espíritu revolucionario, su canto al triunfo y a la lucha constante, también me enseñó una hermosa bella de amar, de enamorarse, de perdonar y de olvidar. Sus canciones también delataban que al vivir en una isla fuerte, briosa, combativa y que no se dejaba vencer por el imperialismo yanqui, eso también les daba inspiración para amar de otra manera, para cantarle al amor sin sentimentalismo ni cursilerías. A llorar un amor con verdadera dignidad pero con la certeza de volver a amar. Noel Nicola fue otros de mis compositores preferidos. Por desgracia él ya murió también pero tiene una canción que yo siempre he jurado es mi canción, es mi apuesta del amor delatada en la voz de otro, soy yo como siento y vivo el amor. Una canción que se llama ‘Otro hombre, otra mujer’. Lloro cuando la escucho, me emociono porque sigo sintiendo lo mismo que esa Elvira adolescente, ahora Elvira de cinco décadas.

 

Tú eras una mujer que miraba hacia la pared de enfrente.
Yo era un hombre que se asombraba de aquello que ocurría.
Tú eras una mujer que pedía de mí guardar silencio.
Yo era un hombre que hubiera pedido perdón por estar vivo.
Tú eras una mujer que buscaba papeles en su bolso.
Yo era un hombre que necesitaba café por las mañanas.
Tú eras una mujer que arrastraba sus parques, sus amantes.
Yo era un hombre afilando a diario el cuchillo de su vida.
Tú eras una mujer que soñaba con un amor eterno.
Yo era un hombre que fue tu esposo, soñando ser tu amante.
Tú eras una mujer aferrada con fuerza a sus principios.
Yo era un hombre también aferrado con fuerza a sus principios.
Tú eras muchas mujeres en una mujer, un jeroglífico.
Yo era un hombre no una línea recta sobre una hoja en blanco.
Tú eras una mujer y no eras nada más que eso.
Yo era un hombre, nada más que un hombre

 

Y mientras en mi cabeza giran y giran estas canciones de la Nueva Trova Cubana, los noticiarios siguen repitiendo la noticia de este 25 de noviembre de 2016: Fidel Castro ha muerto. Evoco la Cuba que nunca conocí, la isla que él amó a su manera, que liberó y la hizo especial de muchas maneras, pero entre esas políticas, prudencias y errores, yo estoy segura que la música fue uno de sus aciertos generosos. Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Noel Nicola y Amaury Pérez son compositores que surgieron en ese contexto.

Le cantaron a su revolución, a la libertad, al triunfo combativo, pero también al amor, a la vida cotidiana, a nuestras emociones que no tienen fronteras, a nuestros sentimientos que siempre aproximaron a México con Cuba, a los cubanos con los mexicanos, a las mexicanas con las cubanas.
En la televisión tantas imágenes de Fidel Castro, dando sus discursos eternos, entrando triunfante a La Habana, junto al Che Guevara, con fusil en mano, abrazando a la gente cuyo gesto de alegría es auténtico, las maldiciones de quienes jamás lo van a querer… y yo repasando canciones, letras que su necedad permitió surgir, compartir y que hoy agradezco. En parte yo soy la que soy e incluso escribo como escribo gracias a la poesía y música de la Cuba que él inventó y siempre compartió. Poesía y música que siempre me delatan y que hoy canto en honor a Fidel, por la que soy y seré, gracias a esta inspiración cubana:

 

Como vez, solamente he vivido del alba al ocaso, como un labrador.
Hoy cuento con mis brazos, sin miedo, sin prisa.
Creo que eso sí que ha cambiado mi risa…
Tengo un credo para resistir la nostalgia y el tiempo.
Creo en el amor.
Ahora paso el invierno más cerca del mar.
No me faltan amigos, tengo un trozo de pan…
Mi guitarra y un hijo, en fin… que no me puedo quejar.
Y aunque he sido feliz…
Pienso en ti.

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