Después de la marcha me sentí poderosa, el lunes siguiente regresé al trabajo en bici y con vestido, el aire en mi cara me llenó de dicha, me prometí seguir rompiendo con mi cotidiano, dejarme sorprender, no esperar a que sea viernes para sentirme libre de mi rutina, no sentir culpa por decir “no”, eran mis sentimientos de guerrera Post 8M…

Sentía que podía hacer lo que quisiera, que nada puede ser un impedimento. Es una decisión difícil, nunca antes me había puesto la camiseta de “feminista” o no sabía que lo que hacía era feminismo, para mí representa mucho: lo veía como un concepto inalcanzable. Al romancear sobre el feminismo, me gustaba pensar que lo que yo hacía tenía sintonía con los “nuevos feminismos”, pues veo con tanto respeto el trabajo de las compañeras que han dado lucha, y ahora parecía que me había consagrado.

No sé si tomar esto como insulto o halago, porque seguido de esto comenzaron otras definiciones que no me representan; a vista de los demás estaba siendo “exagerada, feminazi, radical, loca”, parecía ser despreciable por sentirme “empoderada”, mi felicidad en demasía incomodaba a los demás, y luego pensé, ¿cómo debo sentirme? ¿Quién inventó ese famoso fesmistómetro que te dice qué haces bien o qué haces mal? O sólo debo dejar de decir lo que pienso, desistir y superarlo.

Era viernes, viernes de 8M, me sentía como oso polar viendo cómo se derrite el Ártico, todos lo están viendo, pero a nadie le importa ¿La indiferencia de las luchas sociales es proporcional a la velocidad con la que nos lleva el sistema? Parece que sí, o ¿no? ¿O es que ya todo está resuelto para todos? O es que crecimos con tantos “privilegios” que ya no podemos imaginar que un día hubo esclavos. Este nuestro sistema nos exige cada vez más, todo el tiempo te recuerda que estás en un mundo “competitivo”, no hay tiempo para lamentaciones, ni para quejas, ni para conmemorar, y menos para parar una hora, hay mucho trabajo qué hacer y a nadie le importa que ese viernes sea 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer.

Hay quienes te mandan una linda imagen de Piolín y te recuerdan lo bello que es ser mujer, porque Dios nos creó bellas y hermosas. Pero después de una jornada laboral de ocho horas, cuando puedo sentirme afortunada de no sentirme “esclavizada” porque ya tenemos “derechos”, pude salir del iceberg de mi oficina, para correr a ponerme mi pañuelo, tomar un sartén y salir a las calles a gritar bien fuerte: “¡Nos están matando!” y lastimosamente irrumpir con la cotidianidad, pues para todos es un día normal como otro, la gente piensa que la detuvo un alto, no una marcha, la gente sube las ventanas de sus autos, pues los gritos de consignas asustan, algunos se preguntarán “¿qué quieren?”, “¿Qué les pasa?”. Otros sólo continúan su camino.

Como chofer de micro, nunca antes había visto la línea peatonal, nuca pasé por ahí, no veía esa realidad lastimosa que nos aqueja, la indiferencia por elección está bien padre, evitas mucho: malos entendidos, enemistades, comentarios que incomodan… Elegir esa postura es increíble, te mantienes en una especie de “limbo”, pues te alejas de conflictos innecesarios; casi siempre es la mejor opción para muchos, sigues con tu vida y listo, aunque veo preocupante el nivel de polarización que comienza a permear de manera negativa en nuestra sociedad, pues se construyen posturas radicales extremas, se pierde de vista el punto central, como cuando se te olvida “de qué estábamos hablando”. Muchas veces estas creencias personales te impiden ser lo más objetivo y hasta perder de vista la línea del respeto. Lo digo por mi experiencia, te apasiona, te prenden fuego, te llevan al límite.

Hace tres años, fue la primera vez que pisé las calles para gritar: “¡Nos están matando!” y fue gracias a una lamentable situación laboral que tuve que pasar, que me hizo reflexionar sobre las condiciones por las que atravesamos las mujeres; fue una gran lección de vida que me sacudió tan fuerte, que me exigió tanto, que sin darme cuenta, estaba pasando por lo más lejano que un día imaginé que pasaría.

Después de esto, hubo un chispazo en mi interior que no he podido apagar, pero cada vez me doy cuenta que incomoda, que molesta, a veces pienso: ¿por qué no sólo dejas que te envíen Piolines y listo? Hoy me siento en ese proceso, pues me he acercado a esos temas “incómodos” que no a todas nos gusta discutir, pero que te ponen a prueba y no precisamente con los demás, sino contigo misma. Me cuestionan y me hacen replantearme hacia dónde voy, regreso o continuo, me pregunto si la indiferencia va conmigo, si debo detenerme o qué debo hacer.

Ese día, corrimos a encontrarnos, estábamos en Plaza Juárez de Pachuca esperando el contingente, una compañera repartió cruces rosas, tenían escrito “Justicia”, en memoria de todas las que callaron. Me tocó un sartén y quería romperlo con la fuerza de mi alegría, pues la piel se me puso chinita cuando sonaron los tambores, se acercaban a nosotras, ahí venían las compañeras con sus pañuelos verdes, sus puños arriba y gritando: “¡Aleeeeeeeeeeeeertaaaaaaaa!”.

Entonces nos reconocimos, nos invadió la emoción y caminamos juntas hasta el Monumento a la Mujer, ahí estaba, una pieza de cobre, de quizá un metro con treinta, con vestido entallado y una rosa en la mano, cabello largo y viendo al horizonte; flores a sus pies… otro grupo de compañeras nos esperaba ahí; nos recibieron con gritos y euforia, al monumento le pusieron un pañuelo verde que decía “derecho a decidir”; nos organizamos para salir en un gran contingente que nunca antes había visto en Pachuca; gran contingente significan 200 personas, que para esta ciudad fue asombroso. Salimos fuertes, emocionadas, ruidosas, locas, exageradas, radicalizadas, prendidas, lo que sea, las calles eran nuestras, las consignas nos traían miradas, algunas sonrisas de empatía, otras de desprecio, pero cada paso que dimos, lo dimos con fuerza y con la certeza de que queremos que las cosas cambien, que algo está pasando, que la estructura que conocemos no está funcionando, o no para todos.

Al día siguiente, ¿qué sigue? ¿Qué hacemos ahora? ¿Debemos guardar nuestras consignas para el próximo año? ¿Debemos volver a nuestros trabajos, a nuestra vida diaria, a la cocina… como si nada hubiera pasado? ¿Debemos hablar bajito para que no les moleste a los demás? ¿Debemos guardar a nuestras desaparecidas para la próxima marcha?

Al terminar, nos reunimos para cenar, cansadas pero alegres, parecía que era nuestra Navidad; compartimos risas, abrazos, brindamos por nosotras y conmemoramos a nuestras abuelas. Nos prometimos seguir, seguir vivas y ser felices, que ya es mucho. “Por un año sin feminicidios”, dijo a una: “que sea ley”, dijo otra. Y yo pensé: que las hijas de mis hijas les asombre pensar que hubo un tiempo en que estaba prohibido decidir sobre sus cuerpos, que les cause sorpresa o quizá les dé risa saber que nos llamaban “feminazis” y que llegue el día en que no tengamos que avisarnos que “llegamos bien”.

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