Eduardo Islas Coronel
Premio Estatal de Poesía Efrén Rebolledo 2018.

Celebro, me conmuevo y vuelvo a celebrar.

 

SIEMPRE es grato recibir noticias donde se reconoce el talento de una persona, pero esa noticia adquiere un significado muy diferente cuando conoces, estimas y admiras a quien ha sido premiado. Y así, con la obra titulada No sé por dónde empiezan a romperse los objetos, Eduardo Islas Coronel ha ganado el Premio Estatal de Poesía Efrén Rebolledo 2018.

No tengo duda de que tomar el taller de narrativa con el maestro Agustín Cadena ha sido una de las mejores decisiones de mi vida, no solamente me ha enamorado más de la literatura y me ha dado confianza para escribir, respeto por cada palabra que escribo o un amoroso cuidado por las historias que deseo compartir, sino que me ha brindado la gran oportunidad de conocer a gente maravillosa, entre ellas, el querido Eduardo Islas Coronel.

Tan joven, que lo veo con esa mirada maternal que siempre me inspiran mis alumnos. La misma edad que mi hijo, por eso me enorgullece tanto cuando lo escucho, cuando lo leo, cuando lo saludo, cuando me sonríe. Tan sencillo, un día después de la entrega de su premio fue a nuestro taller como siempre, tan discreto y humilde, pero nosotros marcamos la diferencia ese sábado 21 de julio al abrazarlo, al repetirle una y otra vez este gran orgullo, esta emoción, esta certeza de que ya es uno de los escritores más queridos de Hidalgo, que es bello y airoso, nuestro poeta, nuestro narrador, amante del estilo gozoso, de la palabra que envuelve lunas y mares.

Una delicia leer sus historias, desde la primera vez me atrapó, todas las veces que participa en el taller resulta un deleite escucharlo. Humilde ante nuestros comentarios, sabio al tomar en cuenta los consejos y críticas de buena fe, en cada participación siempre surge la certeza de que es un escritor sensible, de calidad, cálido y provocador. Además, es integrante del grupo de los “Callejeros”.

En efecto, en 2017, don Agustín Cadena celebró sus 30 años de impartir sus talleres de literatura con un libro con el que invitó a 17 escritores, 17 personas que hemos tenido el orgullo de estar en sus grupos, entre ellos, por supuesto, tenía que estar Eduardo. Estoy segura que él, como cada uno de quienes escribimos en la obra, lo invadió un orgullo de pánico maravilloso, escribir en un texto coordinado por nuestro querido maestro. Oh, qué honor y qué compromiso. La historia tenía que girar en torno a una ciudad inventada por cada narrador, bien delata la contraportada de Callejeros, son 17 relatos unidos por nuestro amor a la calle.

Y si bien los 17 textos son de gran calidad, con diferentes temperamentos literarios, siempre hay alguno que te gusta más, que te emociona más, que te delata, con el que te identificas, el que no olvidas, que lees una y otra vez con verdadero gozo. Y eso me ocurrió con el del querido Lalo, titulado Alimentar a los cerdos.

Leer esta historia es perderte en un remolino de voces que te atrapan, te asustan de verdad, te conmueven profundamente y hasta provocan revolver la compasión con la náusea, lo improbable con la certeza, el asombro con la fascinación.

El estilo de nuestro joven escritor siempre es seductor y conmovedor, duro y atractivo, detallista, juega contigo al perderte en cada personaje, en cada detalle, en cada palabra. Por eso es un autor provocativo, te hace imaginar y cuando crees reconocer al personaje, cuando apuestas por un final, todo da un vuelco como tu corazón en cada página que te comparte.

Eduardo teje sus historias con un fino hilo donde la prosa y la poesía logran fundirse, separarse y volverse a encontrar. Destino y realidad apuestan por confundirte, sus personajes te guiñan el ojo para seducirte, distraerte y sorprenderte.
Hoy que vuelvo a leer Alimentar a los cerdos, la historia vuelve a atraparme, pero sobre todo a sorprenderme. Palpo a cada personaje, vuelvo a odiar a Honorato Gorrino, a tener compasión por Ángela Gorrino, a preocuparme por Jaime Bedolla y aliarme con Valeria. La fuerza que le da a sus personajes de inmediato te hace creer que existen, que puedes encontrarlos en cualquier calle de cualquier ciudad. Su manera de narrar te permite asegurar que la gente puede volverse iracunda cuando se le tiene sin carne de puerco durante tantos días, “sin poder comerse un miserable taco de cueritos o un chicarrón en salsa.” Y cuando terminas de leerlo tienes la certeza de que, efectivamente -como lo anuncia el epígrafe del texto- es imposible distinguir quién es el cerdo y quién es el hombre.

Fue tal el impacto que recibí con su cuento, que no dudé en invitarlo a mi programa de radio. Llegó de la mano de su novia, tan sencillo, tan tierno, tan joven. La charla fue tan generosa, tan humana, siempre latiendo su sencillez que se confirma en la forma en que se presentó como autor en el libro Callejeros, página 177:

Eduardo Islas Coronel. Pachuca, Hidalgo, 1993. Estudió la licenciatura en ingeniería mecatrónica en la Universidad La Salle. Ha participado en talleres literarios dirigidos por Agustín Cadena y Diego José. Su poemario breve El mismo desamparo, aparece en la antología Se oyen voces en el pasillo (UANL, 2015). Ha colaborado en revistas como Anagnórisis y Cuadro.

Sí, un ingeniero poeta, un estudioso que diagnostica sistemas mecánicos pero cuya vocación lo delata como escritor de poemas. Un poeta que hoy fue premiado con su texto No sé por dónde empiezan a romperse los objetos, el cual será editado por la Secretaría de Cultura de Hidalgo, y que esperamos pronto palparlo, hojearlo, leerlo, memorizarlo. Mientras, podemos embelesarnos con poemas ya publicados por Eduardo Islas Coronel, como el siguiente:

 

Alguna vez te dije
(y en verdad lo sentía cuando lo dije),
que amo los versos acentuados
en la sílaba cuarta, y en la décima;
como una infinita sucesión
de luminosos pájaros
soltando el corazón a la mitad
de un lago en calma.
Es cierto, amo la poesía,
pero también escucha esto:
Yo escribo porque intento
hallar a la Tortuga
que hace bastantes días
se me quedó en la infancia

 

Eduardo Islas Coronel, sensible y amoroso, conmovedor y apasionado, siempre provocando y conmoviendo, inspirado como buen cazador de suspiros. Eduardo, nuestro poeta. Premio Estatal de Poesía Efrén Rebolledo 2018.

 

Atrapar a la tortuga.
Sin correr, atrapar a la tortuga. Sin moverse: contemplarla.
Desnudar la percepción, aniquilar el juicio,
ni siquiera pensar en la Tortuga para que no se vaya.
Intuir que hay algo incomprensible
vibrando entre los nombres:
saber que la poesía no ocurre en las palabras,
sino en los intersticios.

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