Crónica no objetiva de una guerra de bandas

 

Lo admito, siempre les he tenido tirria. Hoy pudo cambiar mi parecer, pero así no fue. De las bocinas con fuerza salen unos acordes que suenan a una mala imitación de Deftones. Froster hace lo propio en el escenario; la banda toca con dedicación y fuerza pero la ecualización no les ayuda en nada. Los de la entrada, con actitud molesta, dejan entrar a los escuchas, las cervezas resultan caras para tratarse de un evento local…

Señor Sombrero, “una banda juvenil impregnada de ritmos post”, dice la presentadora. Suenan las guitarras, el bajo, la batería, pero el bombo no. ¡Paren que falta el micro del tambor de pie! Reinician. Buena melodía que recuerda un poco al western pero a las letras les falta algo, un punch, la fuerza que le sobraba a la banda anterior. Las canciones son agradables, pequeños destellos de Interpol, ‘She wants revenge’ quizá. Una larga y bonita canción, la banda se escucha y percibe más cómoda. Su momento ha llegado, una buena pieza a la que quizá le falte madurar sus letras. ¿De qué escribimos cuando somos jóvenes?

 

De Los Dragones diré que fui al baño dos veces y compré cuatro cervezas

 

La noche tomó su lugar y allí están un ensamble de 10 músicos, Camerata Rupestre. Sección de alientos, batería, guitarras, bajo, violín, teclado, la fiesta pagana comienza: ritmos del mundo que van de los altos del Real de Monte a los Balcanes pasando por la música clásica. Se nota que saben leer partitura, conocen de tiempos, de espacios, bailamos y reímos, la diversión comenzó, más música, ojalá nunca acabe; el violín toma su protagonismo, cierro los ojos, pienso en la mano que me falta tomar, ella lejos está (pronto volverá), abrazo a mis amigos, carcajeamos, la música terminó, la multitud hace bulla, bebe, fuma, suda.

La voz de la presentadora da pie a un dúo de individuos con máscara de luchador. La guerra de bandas ahora es un intento de baile popular, la cumbia distrae. Queremos saber quién ganó, otra vez el estado común de la popularización de lo guapachoso, la salida fácil, un estado de involución de la música: malos dj, la gente chifla, se acaba la cumbia, el tiempo llegó.

No entraré en detalles de sentimentalismo, de las buenas vibras entre bandas. Los ganadores fueron quienes tenían que ganar, LA CAMERATA RUPESTRE, nos alegramos, a veces la vida es justa en cosas simples, cosa difícil en los tiempos de hoy.  Los Rupestres, como ahora les gritamos, toman el escenario, la fiesta toca frenesí de carnaval celta, de nuevo bailamos, nos abrazamos entre amigos, reímos, algo debe tener la música.

Del berrinche del representante de la asociación organizadora a la que tomó por lo menos un año entre las competencias y la final con una bolsa de premiación quizá más grande que la del Ricardo Garibay y Efrén Rebolledo juntos, sólo diré que sus explicaciones estuvieron de sobra: que si van a hacer un festival, lo hagan y ya, lo concreten, que sean claros; que si alguien pone en duda su manejo de recursos, lo transparenten y así la cosa y el asunto se acaba.

La noche terminó entre amigos y nuevos y viejos conocidos, en el fondo creemos que ganó el mejor, el mejor despliegue en ejecución, en sentido, en lógica; cenamos en un parque frente a un convento reformado para no dormir con la barriga vacía, después de unas cervezas y plática caigo en el colchón, esta vez no sueño nada.

 

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Foto: Madian Guevara/LaRecoletaDigital

 

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