Incapaz de percibir tu forma… te encuentro a mi alrededor. Tu presencia llena mis ojos y pone humilde a mi corazón, porque estás por todas partes

 

GUILLERMO del Toro vuelve para poner la conciencia en foco sobre una ley física incuestionable: la forma del agua está determinada por el recipiente o la materia que la contiene o por el espacio por el que se deja fluir o estancar. El agua se adapta a las condiciones dadas, puede aparecer en la inmensidad del océano, en la inquietud del arroyo, en la pasividad del lago silencioso, accesible al vaso de cristal desde un grifo, reconfortante en la tina de la bañera, desde la regadera…

Pero es el título, La forma del agua, por dónde más conviene observar al nuevo planteamiento del director mexicano nominado al Oscar, fuera de ahí, me atrevo, el terreno no escapa del común romántico hollywoodense o de algún otro referente del cine mundial, hasta es posible recordar a La Bella y la bestia o a la emblemática Amelie, cuando uno contempla el desempeño de sus personajes, sus entornos, colores y musicalizaciones. En este sentido, nada nuevo bajo el Sol del compatriota, pero vale la pena poner en relieve su intención poética y construcción discursiva para crear un noble ensayo de las diferencias.

Un monstruo no es la figura de la que tradicionalmente se esperaría que emergiera la virtud o la belleza, sin embargo, el agua fluye en él. Sally Hawkins, en adición, no es la actriz mejor posicionada en el promedio de mujeres protagonistas de Hollywood, sin embargo, el agua fluye a partir de ella con su interpretación de la ordinaria Elisa, una intendente sola, muda y con amigos de nula trascendencia en la dinámica social de Occidente.

Y en el mismo tono se insiste: ¿Puede el agua tomar la forma de una mujer negra en la América racista de la década de 1960? ¿Qué tal en la piel vieja de un artista homosexual? O en las temidas entrañas de los rusos.

A Del Toro no le interesa crear un nuevo paradigma para sustituir al que ya nos dijo que la forma del agua es variable y dependiente. Al contrario, la ratifica en una historia de parábola simple pero contundente en un mundo que sí contradice a la ley física y se encarga de indicar, de manera injusta y arbitraria, en quién sí y en quién no puede el agua tomar forma. ¿Entonces la forma del agua no depende del recipente sino de un establecido que indica dónde depositarla? ¿No es libre el agua de fluir?

Y bien… podríamos decir que el más reciente proyecto cinematográfico de Guillermo del Toro fue una deslumbrante propuesta visual, un espectáculo sin igual, una película hecha en los últimos días de un príncipe justo, o tal vez podríamos advertir de la verdad de los hechos… de una sencilla historia de amor y pérdida, de un monstruo clásico y una mujer muda… o de que todos somos agua y que también le damos forma.

MÁS DE LA PELÍCULA EN LA RECOLETA:

»La forma del agua, por Tania Martínez

»No es una reseña más, por Erasmo W Neumann

 


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