Y si el Infierno es mi hogar y su formato revolucionó todo lo que pensamos de él, ¿cómo será el Paraíso?

La amnesia postmórtem es un trauma permanente y generalizado, difícil de tratar, aunque existen avances significativos en su análisis, los defuntólogos no paran de golpearse la cabeza contra sus ataúdes cada que se topan con una nueva puerta cerrada cuando, después de tantos años y esfuerzos, lograron abrir una. ¿Llegará el día en que el paso de la vida a la muerte deje de ser un escurridizo misterio?

Por mucho tiempo he visto desfilar a miles de fallecidos por el salón rojo del Centro de Investigaciones Mortíferas, donde son sometidos a un riguroso cuestionario que busca con apremio algún indicio, pero todos los informes derivan en la misma conclusión: nadie lo recuerda.
La frustración de los estudiosos del fenómeno de la muerte, no obstante, mantienen su fe en alcanzar la suerte de la gota cuya perseverancia logra erosionar la roca, tanto que ya analizan la posibilidad de establecer un convenio con la Vida, algo que, a mi ver, suena bastante loable, hasta que la opción produce una encrucijada todavía mayor: si no hemos sido capaces siquiera de recordar cómo llegamos aquí, ¿cómo haremos para entablar un canal de comunicación con el mundo que dejamos?
Todos estos planteamientos me resultan tan ingenuos e improcedentes que entiendo bien por qué no soy parte de la comunidad científica, hace falta bastante tezón y armadura contra el fracaso porque, en serio, no poseemos ni la información básica para gestionar un acercamiento a nuestro interminable banco de preguntas. Sólo por darte un ejemplo: no conozco a un muerto que sepa al menos cuándo murió. El tiempo aquí no existe, no hay noche, no hay día, ni Sol ni Luna, es el tapón más grande que jamás percibí.
No sé cuánto llevo aquí, no puedo calcularlo, entiendo que puede ser un lapso considerable, a veces pienso que no tanto, porque no he visto o no he encontrado a nadie de los que dejé. Pero, ahora que lo pienso, tampoco tengo pistas de los que me dejaron, es que habemos tantos como estrellas en el Universo… probablemente éste no sea el único sitio a dónde van los muertos, si es así, la promesa de “reunirnos en la eternidad” queda absolutamente descartada.
¿Será que esto es el Infierno? No se parece nada al escenario que nos pintaron, no estoy ardiendo, ni siquiera puedo sentir, ya no recuerdo cómo es tener frío o calor. Pero vamos, esto bien podría ser el Infierno, tal vez la condena es más compleja de lo que pudimos imaginar. En la Vida, al menos, teníamos la noción del fin, todo, todo se rige por la ley finita: el sufrimiento, la juventud, el hambre, la enfermedad, la paciencia, la energía, el dinero, el día, la noche, la guerra, el amor… todo terminaba para bien o para mal. Y lo sabíamos y a pesar de la nostalgia que la idea de la interrupción nos producía, era un gran alivio. Aquí no hay cuenta regresiva a la que podamos anclarnos, ¿no sería este un sofisticado sistema infernal?
Y si el Infierno es mi hogar y su formato revolucionó todo lo que pensamos de él, ¿cómo será el Paraíso?
Hay motivos de sobra para que Dios o el Universo o el ente rector que se prefiera decidiera mandarme al Infierno, puedo asumir esa factura. Aunque, por otro lado, hay un elemento relevante que me agrada y que no estaría dispuesto a intercambiar: la NECESIDAD aquí no aplica, al menos fuera del factor DUDA, como verás, ese plato de come aparte. ¿Sabes lo que eso significa?
No tengo más motivos para esforzarme por saciar ya nada, no tengo hambre, no tengo sed ni sueño ni gastos ni facultades ni competencias, no hay aspiraciones ni razones para superarse, no hay que quedar bien con nadie o ceder, porque tampoco hay elementos para negociar, nada aquí requiere de mantenimiento ni malestar que amerite remedio; no debo acudir a nadie para conseguir algo, no soy presa de deseos u objeto para pedir ni dificultad qué sortear, no tengo por qué buscar protección… En fin, podría decirse, sin temor a errar, que estamos en paz, sólo a expensas de una pequeña salvedad que, pienso, es otra de las excepciones que garantizan la norma: aún te extraño.

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