Una conversación aleatoria antes de cruzar la calle

—Hoy vi la cosa más extraña al salir de mi casa, Erasmo.
—¿Qué cosa?
—Dos ratas aplastadas en el camino.
—¿Dos?
—Dos, te digo.
—¿Segura que no era una sola partida a la mitad?
—Que no: eran dos.
—¿Y eso qué tiene de extraño?
—¿Cómo que qué? ¿Cada cuánto te encuentras dos ratas aplastadas afuera de tu casa? Para empezar, ¿cómo fue que llegaron allí?
—Por favor, si eso es más que obvio.
—¿Obvio dices?
—Sí.
—Pues explícamelo, sabelotodo, que no tengo idea.
—Es muy sencillo: esas ratas se suicidaron.
Silencio
—No hablas en serio, Erasmo… ¿O sí?
—Pues… De hecho sí.
—¡Dios! ¿Para qué te conté? Yo y mi bocota… Bien, ¿y, según tú, por qué se suicidaron esas ratas?
—Porque estaban enamoradas. Verás, cada una de ellas pertenecía a nidos rivales y sus familias reprobaban su amor, así que, incapaces de hacer frente a un mundo empeñado en separarlas, hicieron un pacto mortal  que terminó bajo los neumáticos de un coche que pasó frente a tu casa.
Silencio.
—Erasmo, eso es lo más estúpido que he escuchado en la vida.
—¿Qué puedo decir? Los caminos del amor a veces son estúpidos.
—Sí, igual que las historias de algunos escritores…
Un codazo.
—Eso es verdad. Por fortuna yo no conozco a ninguno.

 


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