Eres dueña de lo que sientes
P Handelman

 

 

Esto que voy a decir ha sido complejo para mí, pues antecedió a mi razón y me rescató de la exhaustiva búsqueda de los porqués.

 

Nací a los 25 entre las lecturas de lo innecesario y las vastas conclusiones que me dejaban incompleta, en el no sitio mal llamado azotea, en lugar de cerca del cielo, entre los recuerdos de los hombres a lo largo de mi vida y con el hombre de mi vida en mi habitación y la suya, entre lo que decía y lo que me guardaba para después, en las malas, en las pésimas y en las más amadas situaciones, entre mis pensamientos y mis clases de semiótica, en esta vida y cuando morí, entre tanta basura y sobretodo tan inconmensurable belleza.

 

Tenía yo la mirada de un ciego que aprendía cómo mirar: me asombraba y me escondía entre los cabellos escurridos, teñidos de locura y desbordante confusión camuflada. Mi cuerpo gritaba indiferencia, pero mis ojos decían otra cosa. Fue la angustia la que suplía mi dicha.

 

Consumí los odios del mundo, y es que nosotros hacemos bastante fácil la tarea de odiarlo. Amé la tristeza y el aislamiento. Mi madre contaba historias, su voz era como el arrullo y como las palabras de un niño que espera que ocurra algo más grande. Mi padre desaparecía con frecuencia pero sentía una necesidad inmensa de abrazarlo para consolarle la vida.

 

Un día, atrapé las nubes y dije:

Tormenta, origen, permanencia. Se necesitan dos para discutir, pero se precisa de uno para amar

 

Mi madre creaba aplausos de moribundas semidiosas. Mi compañero de amor reía duelos y lloraba quedito para no levantar sospechas. Mis nubes reformaban sus figuritas infantiles.

 

El primer día que lo miré como no se sabe mirar al que se ama, encontré una eterna pregunta: ¿Qué estaba esperando yo que sucediera conmigo? Allá en un pequeño cuarto de paredes lisas e inquebrantable soledad, los murmullos del que se desconoce correspondido cuestionaban el paisaje, lo construido por los hombres y la estética del toque femenino. Era yo quién lloraba.

 

El día consecuente, me atrapé sonriendo, era el caos que encontraba su orden, era yo quién había encontrado un atajo. Era él quién había encontrado un espacio para mezclar sus verdades y fabricar una historia.

 

Tenemos tanta carencia de ternura, que el desconocimiento de que preexistimos para coincidir y renacer se convierte en fatalidad

 

Me posé sobre el mirador, el firmamento nos espiaba y la poesía comprobaba su existencia. Vimos la tarde y la madrugada, como dos niños que se saben solos y seguros, negociamos las ventajas, acordamos la conquista, los días soleados, los pesares, las flores, el viaje y las desventajas, limpiamos nuestras manos, ojos y frentes, reconstruimos nuestros pasos anónimos. Era Dios descendiendo. Es Dios experimentándose en nosotros, es la humanidad viviendo un amor, contemplándose eternamente a sí misma.

 

A mi amor bonito…

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