Olayet salió de su casa para trabajar y ya no regresó. La vida no le alcanzó; mejor dicho: la inseguridad que gobierna a este país, la alcanzó.

 

ESTA semana apareció en los medios locales una noticia tristísima, terrible y preocupante: Olayet Cabrera Carranco, trabajadora del ayuntamiento pachuqueño, fue localizada sin vida después de casi dos meses de estar desaparecida.

Algunos medios lo manejarán como estadística y las autoridades como un hecho aislado. Sin importar las líneas de investigación, el móvil de su asesinato o la justicia que se haga por el caso, yo solo puedo pensar en el dolor que siente la familia y amigos de Olayet por haberla perdido.

Porque ella, como muchas otras mujeres (y hombres), salió de su casa para trabajar y ya no regresó. La vida no le alcanzó; mejor dicho: la inseguridad que gobierna a este país, la alcanzó.

Hoy leí en un medio de circulación nacional “Seis estados acumulan 40 por ciento de feminicidios en el país”. Hidalgo no figura en el ranking y tampoco peleo para hacerle cabida pero tampoco se puede decir que “aquí no pasa nada”, que los feminicidios son hechos aislados, que el móvil del asesinato de Olayet y de otras tantas mujeres tienen “otra línea de investigación”.

Preocupa que el salir de nuestros hogares para llevar el pan a la mesa, para estudiar o simplemente para divertirnos, represente el riesgo de ya no regresar; preocupa que las autoridades se hagan las ciegas, sordas y mudas cuando de investigar una desaparición se trata. Indigna que el mismo ayuntamiento para el que ella trabajaba, se mantuviera ‘a raya’ y no interviniera “más allá de lo necesario” para dar con su paradero.

Lo último que se supo de Olayet fue que, independientemente de las funciones que cumplía en su trabajo, transitaba por las calles concurridas del centro de Pachuca, a plena luz del día.

 

¿Qué certeza tenemos de regresar a casa, quienes salimos del trabajo cuando la noche llega y debemos caminar solas por lugares poco transitados?

 

Quiero regresar a casa. Que cada familiar, amiga y compañera lo haga. Quiero poder estrechar entre mis brazos el cuerpo de mi hija, darle un beso de buenas noches, cumplir la promesa diurna de contarle un cuento cuando salga la Luna.

Quiero salir de fiesta, a la hora que sea, y llegar bien a casa; que mis amigas también lleguen sin tener la angustiosa necesidad de enviarnos un mensaje de confirmación. Quiero que mi madre vaya al mercado y recorra todos los coloridos puestos, sin tener que cuidar sus flancos.

 

¿Es acaso una utopía el que cada mujer y hombre pueda regresar a casa?

 

Vuelvo a pensar en la familia de Olayet y de tantas otras personas que pasan por una injusticia similar. Seguramente no les cabe en la cabeza que ella representa ‘una cifra’ en el eslabón de la inseguridad. Para ellos Olayet era una madre, esposa, hija, hermana, compañera y amiga a quien le tuvieron que dar el último adiós.

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