Dispositivo escénico que cruza el arte contemporáneo en video con las artes vivas, el teatro; creado por Francisco Arrieta a partir de la desaparición de los 43 estudiantes de la normal rural Raúl Isidro Burgos, en Ayotzinapa, Guerrero.

 

EL MUNDO se encuentra en un estado de conservadurismo como no tengo recuerdo, el mundo ése, que en la adolescencia se vislumbraba como un futuro prometedor, en el que Terminator era sólo una película que ya habíamos superado. Hasta hoy, los androides aún no llegan y aún no conquistamos el tiempo, ni podemos viajar por el Universo; nuestros peores sueños no se convirtieron en ciertos, no se desató la Tercera Guerra Mundial, no ha habido Apocalipsis zombie, ni nos han invadido los extraterrestres, no se ha estrellado el meteorito contra la Tierra… Lo que pasa en la época actual, pareciera un retroceso en el pensamiento, un regreso al nacionalismo, un crecimiento de grupos de extrema “algo”, y una deshumanización. Los procesos sociales se han vuelto feroces, el sistema expulsa, asesina y desparece personas, animales, plantas, tierra, agua, versiones de esclavismo aparecen ligados a procesos económicos, esclavos sin cadenas de metal, millones de humanos viviendo por debajo de los niveles aceptables de nutrición, educación, economía, en exclusión cultural y social.

¿Dónde quedaron aquellos ideales unificadores de la Europa y el TLCAN? ¿Dónde se perdieron?. Nos encontramos en un época oscura, en la que aparecen descuartizados jóvenes y desaparecen estudiantes; desaparecen la felicidad, la alegría, las ganas de vivir.

Con este contexto, en un espacio oscuro, nos congregamos alrededor de un actor, dos proyectores, una laptop, bocinas y sombras, y muertos. Los recuerdos comienzan a aparecer en la cabeza: recuerdo cuando recién habían desaparecido los 43 estudiantes de Ayotzinapa, mi madre me hablaba de sus miedos, de que un estudiante pudiera sólo desaparecer o ser baleado como enemigo de una guerra, “¿qué habrán hecho esos jóvenes?”. En pantalla, vemos una mano que escribe algo así como una carta, de ésas del adiós, de ésas que uno sabe que no volverá a escribir; de las bocinas salen palabras, la segunda pantalla añade imágenes, textos, reclamos, países, rimas, fotos… estamos ante un bombardeo de información y recuerdos y sentimientos y olvidos y enojos y tristezas; Francisco Arrieta nos hace entrar en una melodía de Alva Noto, con poesía del sur, imágenes de desaparecidos que aparecen para no desaparecer, para luchar por no ser olvidados, resisten al paso de la memoria, menuda tarea en el mundo de lo efímero, de lo santo. Aquí, en un momento del siglo XXI, el acto del actor de una obra de teatro transgredida, que representa el holocausto del siglo XXI: alguien, mientras vemos la pieza escénica, desaparece para no volver a casa, dichosos nosotros en el teatro.

 

El actor Francisco Arrieta en la pieza escénica Un cuerpo no cuerpo. Bisagra Teatro, Pachuca.

 

Mayo de 2018, el mes más violento desde 1990, superando a 2011, ¡malditos logros, país! Miles de desaparecidos; en la pantallas aparecen fotos de resonancias, así les llama el autor, nos lee un texto que acompaña a la imagen, personas de diferentes latitudes expresan su sentir hacia la desaparición “de los 43”, ¿qué ocasionó el acto de barbarie de esa desaparición en nosotros? Las palabras acomodan las imágenes.

Meses después de la desaparición de los normalistas, caravanas con padres de ellos salieron en varias direcciones del país para contar de viva voz lo que sucedió, a pedir ayuda, apoyo; aquí en Pachuca los recibimos en el sindicato de los telefonistas, brigadas culturales e informativas se intentaron en sábado y domingo, recuerdo bien dos momentos de esos días:

El primero, en el auditorio de la UPN Hidalgo, se proyecta un documental sobre la represión sufrida meses antes por estudiantes de la normal Isidro Burgos, durante una toma de caseta vehicular en la Autopista del Sol hubo un caído por disparo de bala. “Los muertos siempre están de nuestro lado”, dice una mujer. Al terminar, el padre de un alumno desaparecido toma la palabra y con voz jalando fuerza nos platica que él y su familia son campesinos, que el hijo que aún no vuelve era el mayor y primero en ir a la universidad, estudiaba el segundo semestre. Un frío recorrió la sala llena, un llanto se desató, gargantas apretadas anudadas con púas, la rabia nos quemó el alma y después ese vacío, ese maldito espacio sin nada adentro, la desesperanza de las noches sin dormir, de caminos caminados a oscuras, a tientas.

El segundo, una mesa larga llena de bolillos, leche, café y frijoles, cenamos en el sindicato de los electricistas, compartimos el pan jóvenes, viejos, madres y niñas, todos los que intentamos organizar la brigada, así como los padres, gente venida en la caravana. A mi izquierda está el papá que habló en la UPN, le hago la plática, intento mirar sus ojos, quiero saber si tienen brillo, si cree que su hijo regresará. Entre anécdotas y una que otra risa, la noche nos abraza, mientras una guitarra canta una canción de protesta, tres voces imploran a la noche que regresen, en silencio me como un bolillo y contengo las lágrimas. ¡Maldito país! ¡Maldita vida! ¡Malditos ellos! Los que nos desaparecen, ¡benditos lo que luchan para que vuelvan!

Una a una, el actor pone las fotos impresas en acetato de los 43 alumnos desaparecidos en Iguala, Guerrero, la noche del 26 de septiembre de 2014, se acumulan en una fosa común que se va haciendo oscura sobre una mesa al centro del teatro, la vemos en la pantalla, nuestra atención en las manos, la música sale de las bocinas, nos intenta arrullar, nos obliga a no olvidar, el ejercicio escénico que cruza performances, el arte visual contemporáneo en video, la apropiación de los medios digitales, al final, lo que logran, es un recordatorio, un intento por contar la historia de un México actual agonizante pero vivo, el México que nos tocó vivir y nos negamos a olvidar, al menos unos cuantos que aún gritamos y es allí donde Francisco Arrieta desarrolla su Resonancia de la desaparición.

¡Larga vida al teatro experimental! A las artes vivas y transdisciplinarias, ¡eterna vida al recuerdo de aquellos que se llevaron y no dejaron volver!

El acto realizado, creado, desarrollado por Francisco Arrieta, se llevó a cabo en un joven espacio para teatro en Pachuca, llamado Bisagra Teatro, que de un tiempo para acá presenta algunas puestas en escena los fines de semana, dense una vuelta por sus redes y vayan.

PARA LEER

De Yuri Herrera, Señales que precederán al fin del mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PARA OÍR

De Forest Swords, Compassion

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