Otro aniversario más de su muerte, Rosario Castellanos dejó de existir el 7 de agosto de 1974. Su ausencia siempre duele, pero nunca deja de estar presente través de su obra. Desde su poesía, narrativa y –sobre todo para mí- en su periodismo.

Me encanta presumir que tengo un premio llamado precisamente Rosario Castellanos, lo obtuve en 1990 por un reportaje que publiqué en el suplemento Doble Jornada, yo creo que desde entonces, ella bendice mis trabajos. En 1992 hice mi tesina sobre su trabajo periodístico en la especialidad de Estudios de la Mujer, en El Colegio de México. Más que nunca la admiré.

Durante once años ella escribió en la página editorial de Excelsior, desde anécdotas personales hasta reflexiones profundas de interés general. Fue un periodismo de opinión y publicó tanto artículos como ensayos en donde ofreció comentarios dignos para redescubrirse, de releerse porque reflejan una visión particular de la realidad que le tocó vivir.

En uno de sus escritos explicó amenamente cómo, a invitación de don Julio Scherer, aceptó la colaboración semanal en el citado diario, aunque desde un principio dudara la forma en que se dirigiría a sus lectores:

“¿Cómo voy a presentarme por primera vez? ¿Pedante? Muy bien, me encantaría serlo y presumir que mis insomnios se deben a que cierto pasaje de Aristóteles… ¿Cuál pasaje? Si me tomo la molestia de buscarlo tengo tan mala pata que seguramente es el único que se considera equívoco. Ni modo. Hasta para hacer el ridículo se necesita preparación especial. ¿Solemne? Ah, no, eso sí que no. ese es el monopolio del estado de ánimo poético. Espontaneidad. Eso nunca falla. Y mi primer artículo fue tan espontáneo que parecía grabado a cincel en una piedra volcánica. Julio me tuvo paciencia y acabé por agarrar el paso y ahora me siento de lo más cómodo platicando con usted de esto y de aquello y de lo de más allá. Y comentamos los acontecimientos e intercambiamos puntos de vista y, ¿lo ve usted?, somos amigos, antes puntuales ahora intermitentes, pero siempre amigos”. (El escritor como periodista, 10 de enero de 1972)

Esa amistad transcurrió de 1963 a 1974, el estilo sencillo, cálido e irónico de Rosario contrastaba con los textos de periodistas de periodistas como Froylán López Narváez, Ramón de Ertze Garamendi -sacerdote-, Enrique SuárezVicente Leñero entre otros, que compartían la página con ella. Sus textos periodísticos fueron recopilados en el libro El uso de la palabra que asila todo lo que dio a conocer en el Excélsior durante esa década. Emilio Carballido ordenó esos artículos por temas y consideró que pueden agruparse en cinco aspectos: Viajes, mundo nacional, vida intelectual, autobiografías y la condición femenina. Este último punto resulta destacable para mí porque me afirmar que gracias a ella, las mujeres mexicanas se hicieron finalmente visibles en el periódico, que en esa época, era el más importante de México y estaba entre los mejores del mundo.

Es así como pueden descubrirse textos donde reflexionaba sobre el valor de la maternidad y argumentaba que ésta no era algo instintivo ni natural, por lo que resultaba ser un “atentado” que otros impongan, desde afuera  obligatoriamente la maternidad o quieran impedirla, cuando son las mujeres quienes tienen la oportunidad de  rechazarla si creen “carecer de vocación”, evitarla porque resulta “un estorbo para forma de vida que eligieron”, o ponen en peligro su integridad física. Con cierta indignación llegó a escribir:

“¿Para qué se educa a las niñas en nuestro país? ¿Para que sean útiles a la sociedad, para que se basten a sí mismas, para que afinen el sentido de su dignidad y de su autonomía? No. Para que se preparen –física, espiritual, moralmente- a ser las protagonistas e un acontecimiento que rebasa los límites de lo individual y lo social para tener las dimensiones de lo cósmico. Ese acontecimiento, ¿hay que decirlo? Es la maternidad. Si la maternidad por cualquier motivo, no se produce, sobrevendrán las tinieblas exteriores y el crujir de dientes. Si se produce se habrá logrado la plenitud”. (La palabra y el hecho, 16 de marzo de 1968)

También dio a conocer su visión sobre el movimiento feminista que empezaba a surgir en Estados Unidos, se apreciaba su interés y simpatía por el mismo,pero de igual manera cuestionaba lo que podría suceder en México:

“¿Por qué no hemos de imitar ese movimiento? ¿Es que no hay mujeres entre nosotros? ¿Es que el sahumerio de la abnegación las ha atarantado de tal manera que no se dan cuenta de cuales son sus condiciones de vida? (…) A mí no me gusta hacerla de profeta pero esta es una ocasión en que se antoja fungir como tal. (Aparte de que la profecía es uno de los pocos oficios que se consideran propios para señoras histéricas como su segura servidora) Y yo les advierto que las mujeres mexicanas estamos echando vidrio acerca de lo que hacen nuestras primas (…) Quizá no ahora ni mañana. Porque el ser es un parásito (que es eso lo que somos, más que víctimas) no deja de tener sus encantos. Pero, cuando el desarrollo industrial nos obligue a emplearnos en fábricas y oficinas, y atender casa y niños, etc. Entonces nos llegará la lumbre a los aparejos. Cuando desaparezca la última criada, el colchoncito en que ahora reposa nuestra conformidad, aparecerá la primera rebelde furibunda” (La liberación de la mujer aquí, 5 de septiembre de 1970).

La ironía de Rosario Castellanos muchas veces se recibe como un golpe duro al estómago, asusta, irrita pero siempre provoca la reflexión. Con el mismo estilo comentaba la situación de algunas mujeres casadas que son engañadas por el esposo y con esa ironía dolorosamente cómica le asegura que su marido pese a todo volverá al hogar y…

“Sí señora. Ganará usted esta vez. Y otra. Y otra. Su virtud cardinal es la marido será exclusivamente suyo (si es que ha sabido evadir los compromisos y usted ha tolerado sus travesuras). Le aseguramos que nadie le disputará el privilegio de amortajarlo”. (Costumbres mexicanas, 25 de enero de 1964).

De igual manera en varios de sus textos plasmó su preocupación por la identidad femenina, la cual al parecer sólo oscilaba entre el ser esposa, y las que se arriesgaban al querer salir de esos estereotipos eran criticadas y rechazadas. Entonces, en algunos de sus ensayos comentó:

“Cuando se lee estas páginas, se pregunta uno, con indignación, cómo es posible que a estas fechas, cuando el hombre civilizado traspasa las barreras del cosmos, la mujer se afane por traspasar aún el umbral doméstico, porque únicamente más allá de él puede tener acceso a una partícula de autonomía, a una migaja de determinación propia y de independencia, a una brizna de dignidad”. (Historia de una mujer rebelde, 23 de octubre de 1965).

Al releer los textos periodísticos de Rosario Castellanos se advierte su capacidad de reflexión, sus puntos de vista personales sobre variados temas, pero específicamente acerca de las mujeres, de quienes nunca se olvidó. Cuánta razón tiene José Emilio Pacheco en la siguiente observación que hizo en la introducción de ese libro que recupera el trabajo periodístico de ella:

“Cuando pase la conmoción de su muerte y se relean los libros e Rosario Castellanos, se verá que nadie entre nosotros tuvo una conciencia tan clara de lo que significa la doble condición de la mujer mexicana e hizo de esta conciencia la materia misma de su obra, la línea central de su trabajo. Naturalmente, no supimos leerla”.

La conmoción de su muerte, sigue latente. La relectura de sus textos aún son un placer para mí y una provocación para quienes la enfrentan por primera vez. Su trabajo continúa bajo análisis en mi tesis y por miradas académicas. Su obra literaria provoca todas las emociones existentes. Su trabajo periodístico da voz a las mujeres en la prensa nacional.

Otro año más sin ti, querida Rosario, pero sigues tan cerca como siempre.

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