Mujeres en la Rotonda de Personas Ilustres…

Y UN DÍA, el ruiseñor mexicano guardó silencio. Fue el 30 de agosto de 1883.

Eran las diez y cuarto de la mañana, en la habitación número 10 del Hotel Iturbide, uno de los artistas de apellido Lemus sostenía a doña Ángela por la espalda y en el momento en que el juez hizo la pregunta sacramental: -¿Acepta a este hombre por esposo? Lemus movió la cabeza de la enferma en señal afirmativa. La cantante prácticamente estaba ya muerta y tengo la seguridad absoluta de que no se enteró de la importancia del acto… Se vistió el cadáver con ropa de alguno de los personajes que en vida había interpretado la diva mexicana, y, según se dijo entonces, también se le colocaron sus mejores joyas. El cadáver fue trasladado a la necrópolis mazatleca, en trayecto rápido, esquivándose las principales calles del puerto, en carroza ordinaria, sin ofrendas florales, formando el cortejo, don Julián Montiel, don Bartolomé Carvajal y Serrano, propietario del Hotel Iturbide donde se alojó y cerró el pico “El Ruiseñor Mexicano”, don Guadalupe Cota, celador de la Oficina de Rentas del Estado, dos artistas de la Compañía, cuyos nombres se ignoran, y algunas otras que se atrevieron a sumarse a la modesta comitiva.  Bajó a tierra el cadáver de Ángela Peralta a las cinco y media de la tarde, en medio de un silencio impresionante, atmósfera pesada, calurosa, que impedía respirar; el cielo alto, encendido, sin nubes, las olas deshaciéndose en montañas de espuma al llegar al Malecón desierto.

Su nombre completo fue María de los Ángeles Manuela Tranquilina Cirila Efrena Peralta Castera. Su último concierto fue marcado por la tragedia, tenía 38 años y se presentó en Mazatlán. Hubo una epidemia de fiebre amarilla. Nada se pudo hacer pero el recuerdo de su grandeza sigue latente.

Ella nació en la Ciudad de México, el 6 de julio de 1845. Cuenta la leyenda que una vez se presentó en París, y otra cantante que le tenía envidia pasó a cantar antes que ella, al finalizar le presumió que así se cantaba en tierra francesa. Ángela salió al escenario y su voz rindió a sus pies al público. Se cruzó con la otra cantante para decirle muy bajito pero con mucho orgullo: “Y así se canta en el cielo”.

Doña Peralta cantaba como un verdadero ángel, su voz era cristalina como una cascada mágica, las notas que alcanzaba llegaban al cielo para besar a las nubes, en sus interpretaciones transmitía con tal emoción y sensibilidad que el público aplaudía, lloraba y detenía la respiración para escucharla con el corazón.

Su familia fue pobre pero su infancia no quedó marcada por ello, sino por su voz, ya que desde pequeña demostró que el canto era su don. Por eso, cuando alguien la escuchó cantar, ella tenía ocho años, no dudó en apoyarla para que estudiara en el Conservatorio Nacional de Música de México.

A los 15 años debutó en el Teatro Nacional y su éxito fue impactante. Su voz conquistó a cada persona que asistió a la Ópera. Su voz llegó a cada corazón y los hizo latir al ritmo de sus interpretaciones. Fue así como su padre quedó más convencido del gran talento y sensibilidad de su hija y logró planear así cómo llevar a cabo una gira por Europa. Fue así como en 1862 esa voz femenina resonó por escenarios de Italia y España. Fue muchas veces a tierras europeas pero jamás dejó de regresar a su país para ser siempre aclamada. Dicen que una ocasión salió 35 veces a agradecer la ovación de su público, al que siempre le agradeció su lealtad. Así, en una ocasión, para agradecer que le pusieran a un teatro su nombre, declaró:

Antes de abandonar esta alegre y simpática ciudad, donde desde sus autoridades hasta el más humilde de sus hijos me han colmado de consideraciones; al dar mi último adiós a mis nuevos y queridos amigos, que esforzándose más allá de lo que pudiese esperar racionalmente se ha esmerado en obsequiarme hasta el extremo de honrar mi memoria inaugurando bajo mi nombre su nuevo y elegante teatro, quiero dejarles una prueba de mi especial reconocimiento, y para ello he organizado una función, que ni en la capital de la República dejaría que desear, y que, contra mi costumbre, dedico a todos y cada unos de los hijos de San Miguel de Allende, como el recuerdo más tierno de mi cariño, como la expresión más pura de mi gratitud profunda.

Además de su voz alegre, seductora, mágica, bella y airosa, también compuso música, quien fue su esposo le publicó El álbum musical de Ángela Peralta. Puede observarse que escribió vals, melodía, fantasía y danza. Se le bautizó artísticamente como el Ruiseñor Mexicano, aunque el lenguaje inclusivo de este siglo XXI me inspira para llamarla nuestra Ruiseñora. En el último concierto que ofreció, el cronista la describió de la siguiente manera:

“Es una mujer de agradable presencia,  algo obesa y de ojos saltones pero muy vivos. Tiene una voz maravillosa que emite con pasmosa facilidad las notas más agudas  y altas, hasta el grave; hizo unas variaciones alcanzando notas tan finas como el canto de un jilguero”. Dicen que solamente una diva como ella podía terminar su vida tan joven, tan talentosa, tan única.  

Las leyendas parecen seguirla, pues hay varias versiones de su muerte. Para algunos biógrafos es admirable que ella decidió ese mismo día que agonizaba casarse con Julián Montiel. Otras historias afirman que este hombre no la amaba y aprovechó la situación para casarse con ella, y pese a estar ya muerta, convertirla en su esposo para quedarse con su patrimonio.

Lo que fue cierto es que ella murió y que de toda su compañía, formada por 80 personas solamente seis sobrevivieron a esa epidemia de fiebre amarilla, entre ellos Juventino Rosas, su violinista.

Lo que también es verdad, es que Ángela Peralta es una figura inolvidable y memorable de la música en México, nuestra Ruiseñora de voz maravillosa.

Fue hasta 1937 cuando sus restos fueron llevados a la Rotonda, gracias a las gestiones del periodista Rafael Martínez. Su tumba no es ostentosa, quizá peca de ser demasiado sencilla. En su lápida, ya muy pálida por el Sol y el tiempo, apenas se alcanza a leer:

IN MEMORIAN

ÁNGELA PERALTA

 

El Ruiseñor Mexicano cantó como nadie ha cantado en el mundo y fue nuestra conspicua embajadora en los más altos emporios del arte musical

RIP RIP

Nació en 1845-Murió en 1883

 

Fue muy triste confirmar que ese cautiverio donde reposa es una de las tumbas más desapercibidas del lugar. Ni un ruiseñor vuela alrededor de la tumba de Ángela Peralta. Ningún ángel la llora y eso que ella cantaba como si estuviera en el cielo. Tampoco le hacen coros los querubines, ni un alma en pena intentó imitar sus tonos celestiales. La tumba parece representar ese vacío y esa falta de amor que hubo en su vida. Ni un retrato, imposible si en sus biografías siempre se destaca que fue una mujer fea. Nadie la aclama como el mismo día de su muerte cuando momentos antes salió al balcón de su hotel y le cantó al pueblo de Mazatlán. No hay ni una ofrenda de flor que haga eco a la voz más privilegiada de todos los tiempos.

Sin embargo, se le rinde homenaje de otras maneras, así en noviembre de 2014 se estrenó la ópera La paloma y el ruiseñor, que versa sobre su vida y nos aproxima a la magia de su voz. En vida, le hicieron muchos poemas para alabarla. En 1880 se hizo un compendio de cada uno de estos textos, entre ellos:

 

Eres Ángela portento.

De Anáhuac ángel de gloria.

Genio: brillas en su historia.

Como astro el firmamento.

Reina del arte, tu fama.

Por el Orbe va volando.

En todas partes dejando.

De cariño ardiente llama.

Quiso Dios en su grandeza.

Que escuchasen los mortales.

Los cánticos celestiales.

Llenos de amor y pureza.

Formó un genio con anhelo.

Dándole alma soberana.

Y Ángela la mexicana.

Fue la escogida del cielo.

 

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