Llegó el fin del tiempo que estuvimos juntos. Se sentía como si hubiésemos pasado miles de días en un solo lugar, este hogar, en el cuál ella vivía desde el primer momento en que la conocí. No nos dirigíamos palabra alguna, sólo nos mirábamos el uno al otro. Ella se esforzaba por concretar un gesto de consuelo pero parecía descaro, pues esta situación daba igual.

Ambos sabíamos que en este momento nos separaríamos. Ella se iría y luego encontraría una forma de desaparecer. Yo intentaría seguirla hasta, poco a poco, perder cada uno de sus rastros.

Lo sabíamos, quizá no era necesario decir nada más, pero mi impaciente necedad interrumpió el silencio y dije:

Anda, vete ya, vete como todas las que antes de ti lo han hecho, sin decir palabra y sin mirar atrás, sin lamentos ni disculpas y sobre todo, para no volver jamás.

Apenas creía en lo que decía. Por primera vez todo el reproche encerrado que sentí alguna vez salió para apiadarse del momento, y empezaba a decir aquello que nunca tuve valor y a veces razón para decir, añadí:

Esta vez yo no abriré la puerta, no. Siempre lo hago, siempre lo facilito. Esta vez serás tú quien la abra, quien se vaya por sí misma, así que anda, no tiene seguro y no lo tendrá después de que salgas. Así se quedará.

Ahora estaba listo para el silencio que retrasaría su respuesta, atónita por lo que acababa de decir, se mantendría el suspenso por algún tiempo y durase lo que durase ella aún estaría aquí, frente a mí. Pero ella ya no me complacería ni con eso:

En este momento yo no te puedo responder algo que no sea sólo lo que tú deseas escuchar, así que me voy -fue lo que dijo mientras yo lentamente me resignaba a la habitual confusión, luego añadió: Mientras estoy aquí puedo ser sincera contigo por lo que te agradezco que me digas todo esto pero deberías decírmelo cuando me encuentres afuera.

¿Quieres decir que aunque te vayas te encontraré afuera? –respondí-. Así es –respondió.

¿Sabes por qué nadie se ha quedado?- me preguntó-. No, no lo sé -respondí-. Por dos razones: A nadie se lo has pedido, y eso yo no lo sé pero tú sí; y segundo, porque no tienes que pedirlo –me dijo.- No lo entiendo, no tiene sentido –dije-. ¿Acaso el que estemos hablando tú y yo aquí lo tiene? –respondió-. Ciertamente no lo tiene, pero explícame- dije. Es simple: cuando tienes que pedirlo es porque la otra persona que se va no sabe que tiene que quedarse, ignora que está donde quiere estar, pero tú sí lo sabes. Cuando no tienes que pedirlo es porque esa persona sabe que está donde quiere estar y a veces es posible que tú mismo lo ignores pero por eso mismo se quedará -me respondió amablemente-.

Realmente me encontré confundido y no sin opciones ni nadie más a quién cuestionar, le dije: Eso no explica por qué nadie se ha quedado aun así. Y ciertamente no me dijo nada que me respondiera, habló algo sobre decirme lo que ya sabía pero no quería oír. Y sobre eso fue lo siguiente que añadió:

Porque actúas como si nadie se hubiera ido, vives con fantasmas, pretendiendo habitar este lugar, destiñes su rojo color y lo cubres con grises capas de polvo y lamento. Tienes tantas habitaciones vacías, sin seguro en sus puertas, y en vez de desecharlas sólo creas más y más inútiles espacios que no sabes cómo llenar y esperas que alguien más lo resuelva por ti.

Tenía razón y no lo entendía hasta este momento. Recordé nuestro primer intercambio de palabras en este espacio y con el fin de resolver un último detalle antes de que partiera, le comenté: Cuando nos encontramos tú y yo en este lugar me dijiste que no te dejara ir, que era justamente lo que necesitabas pero no lo sabías. Me dijiste: “Esta chica quiere que la tomes entre sus brazos y la ames”; y te respondí: “Puedo ver que es lo menos que mereces y se lo has propuesto al indicado”.

Por fin, un silencio nació de aquella chica que poco a poco se alejaba mientras recordaba ese mismo momento, como si lo guardara también en su equipaje para hacerme el favor de llevárselo con él. De pronto, dijo: Lo recuerdo muy bien, pero…

¿Te lo he vuelto a decir?

Fue como si se hubiese roto el cristal de la ventana para dejar entrar a la razón por fin. En ese momento lo comprendí todo, comprendí por qué lo dijo, por qué estuvo aquí y por qué ahora se iba. Ella debió notarlo porque ahora se acercó lentamente y con una cálida voz, de las que son de despedida, me dijo: Mientras esté aquí no puedo ser más que sincera y cuando me encuentras afuera no te aseguro serlo, por eso te diré que aunque no sienta lo mismo por ti, no quiere decir que no sienta algo.

Un leve quiebre en mis labios formó una sonrisa que agradecía por todo. Es un gran corazón al que le sobran habitaciones, el que tienes –me dijo. Una vez más tenía razón.

Fuera de aquel espacio tan extraño al que se suele acudir cuando el hogar de la razón es un caos, y ni una otra puerta se encuentra abierta, salí de mi habitación para alcanzar a Marisol donde estuviese y que se dispondría a partir en cualquier momento, cualquier día cercano, cuando lo quisiese, cuando lo necesitase. Y tras hallarla, con breve vestigio de confusión aún, se entrometía una idea en mí conforme avanzaba hacia ella. De ahora en adelante debería poner seguro a la puerta para que si alguien quisiese entrar, si a alguien quisiese invitar, tendría que hacerlo por la ventana; tendría que ser diferente. Sin embargo, quedaba una cosa pendiente cuando por fin llegué a ella.

Sal por la puerta -dije- No vaya a ser que pienses en escapar por la ventana a escondidas en cuanto no esté y no habiendo escuchado el azote de la puerta, aún crea que estas por aquí.

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"He inventado en esta forma millares de historias; he llenado innumerables libretas con frases para ser utilizadas cuando hubiera encontrado la historia que desearía escribir, la historia en la que habían de quedar grabadas todas mis frases. Pero jamás he encontrado una adecuada, de modo que comienzo a preguntarme si, después de todo, las historias existen". -Las olas. Virginia Woolf

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