¿Estás mentalmente sano?

“¿PERO qué dices? Si yo no estoy loco”.
Estadísticamente, lo más probable es que no tengas ninguna enfermedad mental; sin embargo, la OMS dice que salud no significa solamente la ausencia de enfermedad. Quizá físicamente no tienes ninguna enfermedad pero aun así te duelen las rodillas con el frío o te salen ronchas. Quizá mentalmente no tengas enfermedades, pero aun así no puedes dormir, te duele mucho la cabeza, estás solo o estás triste. Esto quiere decir que, aunque no tengas una enfermedad, tal vez no estés bien de salud.

Hemos aprendido a vivir en un constante estrés, con una ansiedad diaria cuyos síntomas son tan comunes que incluso quejarte de ellos se ha vuelto una muestra de debilidad, de que no aguantas nada. Insomnio, sudoración, falta de aire, dificultad para concentrarse e irritabilidad son algunos de los síntomas que veo constantemente en amistades, conocidos e incluso en mí mismo. Poco a poco han pasado a formar parte del estado natural de la población del siglo XXI.

No solemos valorar nuestro estado sano hasta que lo perdemos, algo tan sencillo como respirar puede ser algo doloroso si estamos enfermos; nunca notas lo mucho que pasas saliva hasta que te enfermas de la garganta, es horrible pasar unos días enfermo, quieres quedarte en casa y que alguien te apapache y, normalmente, cuando comenzamos a tener síntomas o éstos comienzan a ser molestos, corremos al médico: unas pastillas, inyecciones, lo que me quite el malestar y a seguir. No tengo problema con eso, yo lo hago, soy hombre y como tal, cada mínimo malestar me provoca dolores solo comparables a los del parto, así que corro a tratarme para no morir.

Esa clase de respuestas rápidas ante el dolor las aprendemos de pequeños: cuando te caías y te golpeabas la cabeza, corrías chillando a brazos de mamá y ella no te decía “échale ganas”. Te curaba, te aliviaba el dolor, limpiaba la herida, te daba algún remedio casero y te decía que anduvieras con más cuidado. Prácticamente todos sabemos tratar heridas superficiales y tratar síntomas comunes de enfermedades cotidianas, y eso está bien, nos hace más sencilla la vida.

El problema aquí es: ¿hacemos lo mismo con nuestra salud mental? Necesitamos esa clase de apoyo también a nivel emocional, necesitamos también curar, limpiar heridas y que nos digan que andemos con cuidado.

No estamos acostumbrados a reaccionar ante síntomas de malestar psicológico, es más, no sabemos cómo reaccionar ante ellos y yendo más allá, incluso no sabemos cuáles son. Imagina que terminas con tu pareja y vas con un amigo o amiga, le cuentas la situación y te dice: “Pues claro, no te mereces algo así”, “Bueno, fue tu culpa”, “Hiciste todo mal”…

¿Sería una buena amistad? ¡Claro que no! No vale la pena recibir esa clase de ataques de alguien que debe apoyarnos y cuidarnos. Lo peor de todo es que quien nos dice eso no suele ser un amigo, lo hacemos nosotros mismos, porque la persona que más debería quererte y cuidarte eres tú, y es a quien sueles atacar más, a quien más criticas, con quien menos eres comprensivo.

La próxima vez que te cortes piensa en echarte limón o meter el dedo para que no cicatrice. Es lo que solemos hacer con las heridas psicológicas. Piensa en andar por ahí con una herida abierta, sin tratar. La próxima vez que te sientas triste, mejor piensa qué puedes hacer para sentirte mejor.

Con todo esto en mente, y aprovechando que este 10 de octubre es el Día mundial de la salud mental, quisiera recordarte que sentirte mal, triste, con cansancio o insomnio no debe ser normalizado, no debe ser algo que deba irse hasta que tengas vacaciones. Son síntomas de que algo está fallando y que impide que disfrutes más la vida.

Salir con tus amistades, familia, pareja, dormir y comer bien, ¡tener mucho sexo!, así como hacer ejercicio es lo menos que puedes hacer para comenzar a sentirte mejor. Esas pequeñas acciones son como el comer frutas y verduras de la salud mental; es prevención y un poco de tratamiento.

No olvides “chécate, mídete, muévete”, emocionalmente.

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