Volvió sobre sus pasos, adentro. Bajo la arquitectura añeja que el tiempo permitió. Y al margen de un repique sordo, renació

Salvajes todos, hasta expirar; así la gran resolución de Alejandro G Iñárritu lista para hacerla de nuevo en los premios de La Academia. El renacido, estrenada apenas este jueves en los cinemas del país, es, entre tantas apreciaciones, un discurso sobre la naturaleza de la humanidad en la naturaleza del mundo. No importa qué tan “civilizada” u occidental sea la cultura. Al final, el principio de la sobrevivencia, los motores, las razones para continuar son los mismos.

Por eso la resistencia de esta opinión a reconocer que se trata de una película cursi, como lo consideró Fausto Ponse en su crítica para la revista Proceso, quien incluso ubica a la cinta a la altura de las historias de superhéroes. Si bien es cierto que hay un grado de inverosimilitud del personaje que interpreta Leonardo DiCaprio con las capacidades que tendría una persona promedio para sobrevivir a un clima hostil, no se trata de juzgar la intención de la manera más literal.

El renacido, cuyo título evoca a la novela de Michael Punke, está además basada en las andanzas de un personaje que trascendió por sus hazañas en la historia, por lograr hacia el siglo XIX lo que ningún trampero de su época en la inhóspita cuenca del Misuri, Hugh Glass. Destacan los registros el legendario viaje después del  ataque de un oso.

Si el mito o la tradición oral contaminó o no la verdadera historia de Glass, la reciente adaptación del director mexicano propone un ensayo interesante sobre el término salvaje entre el término civilización. ¿Qué condiciones implica? ¿Quiénes son los salvajes? ¿Son buenos? ¿Son malos? ¿Quiénes son los civilizados? Nosotros, tú, ellos, yo… ¿vivimos en la civilidad o en una edad mutada del salvajismo?

El renacido tiene perfectamente ubicados a los bandos antagónicos: los indios armados con flechas SON SALVAJES; los blancos europeizados armados con rifle, ¿CIVILIZADOS? Bajo ninguna circunstancia. Las partes confrontadas en la película juegan al mismo nivel. Ambos inyectados con equitativas dosis de barbarie y ‘civilidad’; ambos cortados con la misma hacha o atravesados por la misma bala o la misma flecha de la muerte, la pérdida, el amor. ¿Cursi?

Humano, más bien. La naturaleza de las mujeres y de los hombres tiene mucho de esto y de aquello, tiene grados de concordia y onzas de visceralidad. Sobre todo en un medio y en un tiempo específicos.

El personaje central, es posible que recuerde a quien existió, un trampero atípico de la frontera, pero encima de este rol tiene de enmienda la carga de la dualidad humana: salvajes a la hora del impulso por vivir, capaces en el nombre de cualquier sentimiento, bueno o malo, de luchar mientras se respira hasta las consecuencias últimas.

Seres salvajes, hijos de su entorno salvaje, paisajes no obstante bellos y bondadosos en sus frutos y su arquitectura perfecta, pero también malignos en su conducta cambiante, helada, desértica, asesina…

En algún punto, el cineasta se atreve a incrustar una instalación sicaria; del árbol pende atado del cuello el hombre que dedicó su tiempo a sanar heridas profundas de un desconocido; en su pecho la leyenda: TODOS SOMOS SALVAJES.

¿Sería esta fotografía una manera de documentar cómo tacharon los occidentales de la nación estadunidense a los nativos bajo reserva? O un pretexto para evidenciar en equidad de circunstancias el espíritu de TODOS en el mundo.

Vea El renacido. Alejandro G Iñárritu. 12 veces nominada al Oscar 16´

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Sobre El Autor

Alejandro Galindo Sandoval

Reportero, editor, pluma silente y amante de lo ajeno

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