Les llega a veces un olor a tierra recién nacida, 
a mujeres que duermen con la mano en el sexo,
complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida,
y se van llorando, llorando,
la hermosa vida

Sí, por su culpa aprendí a dormirme con mi mano derecha descansando en las nubes de mi sexo. Por su culpa, siempre hay un brillo complacido en mi mirada. Por su culpa le lloro a la hermosa vida. Por su culpa me creo una amorosa. Es mi poeta favorito: Jaime Sabines.

Tenía 15 años, la mejor edad para convertirte en amorosa, cuando revisaba las revistas prohibidas de mis hermanas, desde Los secretos de Susy, las fotonovelas Chicas y la revista Fem. Fue precisamente en esa publicación que llamó mi atención la imagen de una pareja desnuda y eróticamente enredada en sí misma, pero los fragmentos del poema que la acompañaba me encantaron tanto que los memoricé de inmediato:

Los amorosos callan. 
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable…

El amor es la prórroga perpetua, 
siempre el paso siguiente, el otro, el otro

Lo firmaba un hombre llamado Jaime Sabines, que de seguro era un amoroso que me había espiado. Un hombre que reconocía en el silencio ese irresistible placer de la capacidad de amar, de enamorarse con miedo y con entrega, pero seguro de que siempre existiría alguien a quien amar, alguien que no conoces pero se espera, a quien ya amas por ser especial o de quien alguna vez te podrás enamorar, sin perder nunca la ilusión, sin que la desilusión te apabulle sino que te provoque a seguir buscando, a seguir arriesgándote, a creer en ese amor tan volátil y tal real, tan palpable y tan imposible, tan osado y tan cobarde, tan tuyo y de nadie, que late muy cerca y muy lejos de tus fantasías.

Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor

Y un día encontré el poema completo, no sé cuántas veces lo regalé, cuántas veces lo leí sin memorizarlo pero tatuándolo en mi alma, cuántas veces le elegí para llorar por el amor perdido, cuántas veces lo releí con el alma llena de esperanza, cuántas veces lo volví a leer jurando estar ahora sí enamorada para siempre. Aprendí con esas palabras que puedes sentirte desdichada sin maldecir la vida pero que también puedes sentirte gozosa y bendecir tu suerte. Jaime Sabines, de una manera tan sencilla y generosa, me permitía creer en Los amorosos, como se llama su poema, y prometer desde siempre ser una amorosa, no una enamorada, no una novia eterna, no la amante maldecida, no la esposa abnegada, no la mujer fuerte ni la indiferente, ser simple y llanamente una amorosa:

Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.

Vacíos, pero vacíos de una costilla a otra,

La muerte les fermenta detrás de los ojos

Y ellos caminan, lloran hasta la madrugada

En que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

Poco después encontré un libro con la selección de sus poemas y comprendí lo que significa ser un poeta, ese hombre que nos da la Luna a cucharadas. Un hombre triste que pese a la muerte de su tía más querida, ese día de su entierro fue al cine e hizo el amor. Un prófugo del amor que nos advierte lo que supone y confiesa que algún día un hombre y una mujer se quieren y por eso se van matando uno al otro. Un amigo leal que maldice la lámpara que terminó con la vida de otra poeta como él, Rosario Castellanos. Un incrédulo que describe a Dios como un viejo magnífico que no se toma en serio. Un amante que te reconcilia con la vida cuando confiesa que la mujer amada posee unos muslos dulcísimos y vivos. El príncipe que no existe pero que daría lo que fuera por enredarse en las sábanas tibias de tu cuerpo donde se duerme un agua de amapolas. Sabines es nuestro poeta del amor, el culpable de que una mujer confiese ser por siempre una amorosa.

Los amorosos juegan a coger el agua,

a tatuar el humo, a no irse

a jugar el largo, el triste juego del amor.

Nadie ha de resignarse.

Dicen que nadie ha de resignarse.

Nació el 25 de marzo de 1926 en Chiapas, estudió en la Facultad de Filosofía y Letras, en la UNAM, fue amigo de Emilio Carballido, Juan Rulfo, Rosario Castellanos, Dolores Castro, Margarita Michelena, una generación talentosa, brillante e inolvidable que amó las palabras y la inspiración. Fue un poeta de la vida cotidiana. Le encantaba leer sus poemas. Por eso, cuando visitó la UNAM, el 25 de septiembre de 1997, con mi hijo de la mano, una amiga solidaria y mi libro de poemas, lo oí en los jardines que rodeaban la sala Netzhualcoytl, un escenario que no fue suficiente para darnos lugar a quienes deseábamos escucharlo. Pero sacaron bocinas y escuchamos su voz ya sea sentados en una jardinera o recostados en las piedras volcánicas, mientras mi hijo corría por el pasto verde puma, yo volvía a señalarme como amorosa:

Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la oscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago

Un año antes estuve en Bellas Artes, 30 de marzo de 1996, recitando como solamente él mismo podía recitar sus propios poemas, con esa voz dulce y seductora, gozosa y placentera, yo ya amorosa y él siempre amoroso. Fue un bello homenaje al que llegaron los grandes intelectuales del país pero también el estudiante enamorado y la señora ilusionada, la adolescente madura y los prófugos del desamor, la viejita que vendía elotes a la salida del metro y el chavo banda abrazando a su novia también muy banda. Una fiesta escucharlo, un honor estar presente y deletrear con él cada palabra:

Los amorosos son locos, sólo locos, 
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas.

Temblorosos, hambrientos, 
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor
como una lámpara de inagotable aceite

Pero un día, que le cambiaba sin ton ni son a los canales de la televisión, me sorprendió ver llorar a Miryam Moscona en el noticiario cultural del canal 22 y la escuché, temblorosa y triste, dar la noticia:

“Hoy, 19 de marzo de 1999 ha muerto Jaime Sabines”

Me uní a su llanto. A la mañana siguiente me fui a un seminario que yo impartía por la calle de López Cotilla, casi esquina Félix Cuevas. Iban a dar las siete y se me hizo raro ver a varias personas afuera de esa funeraria tan elegante. Un señor leía en voz alta Los amorosos. Oír mi poema favorito tan temprano sacudió mi corazón. Sí, ahí se velaba a mi poeta querido. Entré, así como así, nadie me preguntó ni intentó detenerme, Quedé a unos metros de su ataúd, no pude avanzar más. Y simplemente le dije: “Gracias”. Recordé una ocasión bendecida que otra vez iluminó mi suerte literaria para encontrarme con los escritores que admiro y me permitió toparme con él. Lo llevaban en una silla de ruedas y junto con una mujer él buscaba un medicamento en los estantes de un Sanborns, como yo lo hacía. Me quedé paralizada y lo miraba sin parpadear, me sumergí en sus profundos ojos azules. “Me deja darle un abracito”, alcancé a musitar. Como resignado y avergonzado asentó con la cabeza, Y esa vez también le dije: “Gracias”. Por eso, en este mes de marzo, su mes especial, ese mes que lo vio nacer y lo acompañó en su muerte, vuelvo a rezar como cada noche:

Les preocupa el amor.

Los amorosos viven al día.

No pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo, siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.

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