pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo… pero he tenido que contentarme con lo que soy

GRACIAS a mi maestro, el escritor hidalguense Agustín Cadena y a su curso ‘La muerte y la literatura’, he conocido a un personaje femenino que desde el primer párrafo me enamoró. Por eso necesito escribirle una carta para declararle mi cariño y admiración, para hacerme su cómplice y convertirme en su amiga.

Quiero refugiarme en su castillo, un castillo construido por una escritora estadunidense que en este siglo XXI se está volviendo a recuperar para reconocer su gran talento, Sherley Jackson (1916-1965). Ella, a unos años de morir escribió este maravilloso relato de terror bautizado como Siempre hemos vivido en el castillo (1962).

La obra tiene muchas virtudes pero bien dice mi querido maestro, una de las más destacadas es que esta autora le dio a la literatura de terror el lado femenino que le hacía falta: rompe estereotipos, comparte un humor siniestramente delicioso, transforma en macabro lo cotidiano, donde advierte el problema que no tiene nombre que en 1963 denunció Betty Friedan en La mística de la feminidad.

Por supuesto, el personaje tiene mucho de la misma historia de Sherley Jackson, pero lo que más me sorprendió es que su personaje tiene mucho también de mí misma. Por eso, les comparto esta carta que le escribí…

QUERIDA MERRICAT:

Gracias porque desde las primeras páginas te presentaste transparente y honestamente conmigo. Me diste tu nombre completo: Mary Katherine Blackwood, pero de cariño tu hermana querida te dice Merricat.

Eres todavía una niña, tienes 18 años, yo 55, pero descubrí que teníamos mucho en común porque empecé a aullar contigo. Yo, como tú, también “pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo… pero he tenido que contentarme con lo que soy”.

Me gustó acompañarte, sin que te dieras cuenta, por el recorrido que haces por el pueblo cada vez que debes salir de tu castillo y hacer las compras necesarias para que tu amada hermana Constance se ponga a preparar los platillos deliciosos que comparten. ¿Sabes? A mi también me encanta cocinar aunque no siempre tengo tiempo para ello pero cada vez que puedo hago magia en mi cocina, la lleno de aromas que estremecen, preparo bocados que me reconcilian con la vida.

Por eso fue delicioso observarte cargando las bolsas llenas de condimentos, aunque no sonrías ni te preocupe averiguar quién te observa y cómo te observan. A cada paso confirmaba contigo que esas casas alineadas por la calle escondían corazones malvados y que dentro de ellos ocurría una lenta putrefacción, “símbolo de la fealdad de los habitantes del pueblo”.

Intuía a los otros, siempre tan extraños comparados contigo,  tan lejanos cuando a ti te siento tan cerquita. Sospechabas de las otros, siempre tan crueles y tan grises. Los otros, señalándote por aceptarte como eres y quieres ser, esperando el momento de destruirte porque eres diferente, porque estás contenta con lo que eres, aunque seas lo que nadie espera ni comprende. Te confesaré, me asusté un poco, pero te comprendí de inmediato cuando pensaste: “Desearía que estuvieran todos muertos”. Los otros, que te lastiman. Las otras, que te hieren. Ellos y ellas que siempre te recuerdan lo que es el dolor, que la soledad parece el lugar más seguro. Los otros, a los que no debemos hacerles caso, porque resultará peor, bien te aconsejaba tu hermana amada.

Me da fuerza saber que esos pensamientos nunca te hicieron sentir culpable y lamento que en eso no pueda verme en ti. A mí siempre me acompaña la culpa. Deseabas la muerte de los otros, de los que no quieres, de los que no te quieren. Tu fuerza asusta, la envidio. Los quieres ver muertos y patearlos. Nunca han sido amables, nunca han dado color al pueblo, nunca intentarías salvarlos, nunca quisiste salvarlos como ellos nunca te creyeron a salvo y es que jamás comprendieron que nunca deseabas estar a salvo, te gustaba oscilar entre tus buenos pensamientos y tus odios firmes, entre esa colorida perversión y tu inocencia bien trazada.

Desde pequeña te gustaba dibujar, nunca dejaste de hacerlo, ni siquiera en las peores épocas. Siempre encontrabas el tono rosa, el blanco, el dorado. Y al centro de cada dibujo Constance, la princesa de tu cuento de hadas, tu querida hermana. ¿Sabes? Yo tengo tres hermanas, hace tiempo que no las veo, pero si pudiera encerrarme con ellas en un castillo me sentiría como tú, protegida, bien querida, inspirada, cómplice por siempre. Me dio envidia que a ustedes nada las haya podido separar, que pese a todo siempre estuvieran juntas, incluso para solaparse, para protegerse, para no hablar de lo que las lastimaba, para ocultar el momento más terrible que vivieron juntas, para ser cómplices hasta en el silencio.

Construiste tu propio castillo, Constance y tú siempre vivieron en él, te esforzaste de verdad para ello. Tus amuletos te ayudaron, tus palabras mágicas te fortalecieron, la luna te iluminaba. Toleraste al tío Julián, la memoria latente de lo que pasó ese día. El único que siempre recordaba que estabas castigada por desobediente y traviesa. El único que recordaba ese salero, el mismo que Constance se puso a lavar después de la tragedia que ocurrió aquel día. El tío Julián, el único que creyó que efectivamente era necesario lavar ese salero porque tenía una araña. El único que nos da pautas de lo que pudo pasar ese trágico día: “Constance los vio morir a su alrededor como moscas (les ruego que me perdonen) y no llamó al médico hasta que ya fue demasiado tarde. Lavó el azucarero. —Tenía una araña dentro —dijo Constance. —Le dijo a la policía que esa gente merecía morir.”

Y después de los días del juicio, del orfanatorio, de las declaraciones y de la condena del pueblo, regresaron a su castillo para comer, cuidarse, quererse, tolerarse, crear su propio mundo.

Me encanta que siempre buscaras protegerte. Quizá por eso, también ahora repito muy bajito tus palabras mágicas porque palpo la fuerza de sus efectos: Melodía, Gloucester y Pegaso. Quiero sentarme junto a ti a esperar el caballo alado que nos llevará a la Luna y ya estando ahí comer contigo pétalos de rosa porque en la Luna, ningún pétalo es venenoso. Y te creo porque eres experta en ello. ¿Te acuerdas de tu magnífica exposición sobre el tema?

—La amanita phalloides —empecé — contiene tres sustancias venenosas. Está la amanitina, que actúa despacio y es la más potente. Está la faloidina, que hace efecto al instante, y está la falolisina, que disuelve los glóbulos rojos, aunque es la menos potente. Los primeros síntomas aparecen entre siete y doce horas después de ingerirla, y en algunos casos incluso al cabo de veinticuatro o cuarenta horas. Los síntomas comienzan con violentos dolores de estómago, sudor frío, vómitos…

—En la Luna tenemos de todo. Lechugas y pastel de calabaza y amanita phalloides. Tenemos plantas peludas como gatos y caballos alados que bailan. Todos los candados son macizos y firmes y no hay fantasmas. En la Luna el tío Julián estaría curado y el Sol brillaría cada día. Tú llevarías las perlas de nuestra madre y cantarías y el Sol resplandecería siempre

Y pese a que tu castillo era tan seguro, alguien logró colarse, a fuerza de mentiras, no siempre de buena fe, a romper cotidianidades, a filtrar desacuerdos. El primo Charles provocó que tu hermana te mirara con otros ojos y con el ceño fruncido. El otro, invadiendo nuevamente. Amenazando como siempre. El otro que te califica de salvaje. Y yo también lo deseé contigo, la verdad: que se muera también Charles.

Yo pensaba en Charles. Podía convertirlo en una mosca, arrojarlo a una telaraña y observarlo mientras se enredaba y forcejeaba impotente, atrapado en el cuerpo de una mosca moribunda. Podía estar deseándole la muerte hasta que se muriera. Podía atarlo a un árbol y dejarlo allí hasta que se convirtiera en parte del tronco y le saliera la corteza por la boca. Podía enterrarlo en el agujero donde mi caja de dólares de plata había estado a buen recaudo hasta que llegó él, y pisotearlo cuando estuviera bajo tierra

El otro, que descubrió tu locura, que en esa casa, todos estaban locos. Loca, la mejor manera de descalificarnos. Locas, nuestros cautiverios preferidos. Me uní a tu locura, mil veces estar encerrada en un espacio que no es enemigo. Tu locura, que solamente nosotras entendemos y a los otros tanto asusta. Tu certeza de que ante la carencia e imposibilidad de alternativas dentro de una situación que no ofrece salidas, donde todo lo que hay está fijo y petrificado, la locura es la mejor manera de vivir en la cordura que tú misma inventaste.

Fue por eso que lograste tejer tu historia. Sí que te digan loca, que nos digan locas, bien dijo otra querida maestra mía, Marcela Lagarde: “En el mundo donde priva la axiología del bien y del mal, las locas son las muy buenas y las muy malas, aquellas mujeres cuyo despliegue exagerado en la vida las llevó a los extremos de la sinrazón.  Para las mujeres, son locas todas las otras – locura de la enemistad-. Para los hombres todas las mujeres son locas – locura de virilidad-. Seamos locas Merricat y musitemos las palabras mágicas, construyamos más amuletos, exijamos asilo en cada Luna que ilumina nuestros cielos, encerrémonos en nuestro castillo.

Y en tu historia eres buena y eres mala, estás viva y eres fantasma, odias y amas, deseas la muerte, apuestas por la vida. Que te manden a la cama sin cenar y reacciones con las viseras. Que te amenacen con castigarte otra vez para que aflore tu talento perverso y perfecto.

Estás viva o estás muerta, la única certeza es que tu castillo es el único lugar seguro porque lo inventaste, porque lo proteges, porque lo destruyes y lo reconstruyes cada día. Es la única manera de sobrevivir, de ser recordada.

Y afuera los otros, odiando y destruyendo. Arrepintiéndose y dejando regalos. Asustándose y tratando de asustar para callar sus culpas. Volviéndote leyenda y mito. Queriendo asegurar que eres mala y mereces el encierro, hasta te comes a los niños. Queriendo sanar culpas y buscándote para que fortalezcas el amor hacia ti, hacia tu hermana, hacia mí que hoy te quiero ya. Cómplices en el silencio, haciendo eco al sonido verdadero de la sororidad:

—Lo puse en el azúcar
—Ya lo sé. También lo sabía entonces
—Tú nunca te ponías azúcar
—No
—Por eso lo puse en el azúcar. Constance suspiró
—Merricat —dijo—, nunca más volveremos a hablar de ello. Nunca
Yo me estremecí, pero ella me sonrió con dulzura, todo iba bien
—Te quiero, Constance —dije
—Yo también te quiero, Merricat

 

Y yo también te quiero, Merricat.
Y en tu honor,  me pongo a aullarle a la Luna

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