Cuando los hombres editoriales exploraron públicos femeninos del siglo XIX

 

LA HISTORIA de la presencia femenina en la prensa nacional tiene un antecedente importante con la publicación de revistas dedicadas a ellas pero desde una propuesta masculina. Al aparecer, las primeras publicaciones que se preocuparon por atraer al público femenino al empezar el siglo XIX fueron las especializadas en literatura; fue así como El águila Mexicana (1826), Almanaque de las señoritas (1825) y El Iris (1826) comenzaron en insertar en sus páginas secciones especiales para damas, en las que presentaban materiales que consideraban adecuados para ellas, ya fueran poesía, escritos literarios de diversa calidad o consejos, con la siguiente finalidad:

Ofrecer a las personas de buen gusto en general y, en particular, al bello sexo, una distracción agradable para aquellos momentos en que el espíritu se siente desfallecido bajo el peso de atenciones graves, o abrumado con el tedio que es consiguiente a una aplicación intensa o a la falta absoluta de ocupación.

Poco después, empezaron a circular publicaciones exclusivas para mujeres, pero escritas en su totalidad por hombres, ellos escribían, traducían y publicaban lo que a su juicio era lo apropiado para las damas. Dichos periódicos fueron los siguientes:

  • 1838. El calendario de las señoritas mexicanas, de Mariano Galván. Destinado a la educación científica, moral y literaria de la mujer.
  • 1847. Presente amistoso dedicado a las señoritas mexicanas, de Ignacio Cumplido. Sobresalían los apuntes descriptivos sobre la naturaleza, escritos por Francisco Zarco, las composiciones en prosa o verso de Alejandro Arango y Escandón, así como diversos escritores donde se notaba con claridad la opinión y el destino que consideraban justo para las mujeres:

 

Las mujeres, más débiles que nosotros en el orden de la naturaleza y en el de la sociedad, son inclinadas por el instinto mismo de su debilidad, a elegir de preferencia para objeto de su principal afecto y cariño, a un ser más fuerte que ella, que pueda sostenerlas, protegerlas y defenderlas.

 

Sin embargo, es preciso decir que no todos los escritos eran así, otros tenían diferentes opiniones, aunque eran la gran minoría:

 

La mujer tiene todo contra sí, nuestros defectos, su timidez, su debilidad, y sólo se mira favorecida por su ingenio y por su belleza, de modo que parece justo que cultive ambas cosas.

 

  • 1842. Panorama de las señoritas, de Vicente García Torres. En su primer número definieron el objeto del periódico de la siguiente manera:

 

El panorama no es una definición científica, no es una compilación de severa filosofía, no va a ocuparse de las cosas públicas; no contiene lecciones de ningún género; no se trata de iniciarlas en las subdivisiones religiosas del tiempo y sus pronósticos, de remontarse al cielo a estudiar los astros, ni de escudriñar los abismos del mar y de la tierra. Se procura solamente presentar a las señoritas como hermosas, como madres, como amantes o esposas, como amigas y consoladoras, quiero dar a las señoritas un libro de puro entretenimiento, que no las fastidie, sino que al contrario les sirva de distracción en sus ocios.

 

Quizá por esa finalidad, el contenido de este diario se limitó a presentar traducciones o copias de otras publicaciones sobresaliendo aquellos escritos en los que se hablaba nuevamente de las ideas acerca del sexo femenino:

 

El bello sexo esencialmente moral; y si no le son desagradables los estudios de las bellas artes, de la física y de la historia natural, no hay duda que los que le gustan más, generalmente, son los relativos a la historia y a la teoría de los deberes y las obligaciones domésticas. Esta preferencia se debe a la inferioridad de su fuerza física y a la superioridad de su tacto con el conocimiento del corazón humano.

 

  • 1850. La semana de las señoritas mexicanas, de Juan R. Navarro. Calificaban su misión, los editores, como puramente literaria. Tal vez por eso abundaron las traducciones de novelas y poemas, así como diversas composiciones de escritores como Francisco Gonzáles Bocanegra, Eufemio Romero y Vicente Segura, entre otros.

Se proponía recrear a sus lectoras, así que anunciaba las últimas modas de París, publicaba artículos religiosos, históricos y novelescos, aspectos relacionados con la economía doméstica, y se incluían también algunos anuncios publicitarios; por ejemplo el de un bálsamo regenerador y conservador para embellecer el cutis. A pesar de sus escasas cuatro páginas, que meses después se reducen a tres, es el primero que motiva a las mujeres a participar en sus secciones y obtuvo una agradable respuesta, ya que son muchas las cartas, charadas y adivinanzas que eran firmadas por damas, ampliándose por lo tanto la participación femenina; fue de esa manera como varias poetizas lograron obtener un prestigio literario, valiéndose de los periódicos para dar a conocer sus producciones. Sin embargo, en varios escritos, los colaboradores del semanario coincidían con las otras publicaciones respecto a su concepción sobre las mujeres:

 

Nosotros no opinamos que la mujer tiene menos espíritu que el hombre; pero es fuerza creer que el suyo es diferente…puede prevenir en parte de la pequeñez de su cabeza, de la estrechez de su frente, de lo largo de su sueño, de su debilidad natural y del trabajo que toma su compostura para aumentar sus atractivos, la coquetería y la continua cortesía. Puede también depender del los achaques de su salud, del tiempo que consagran en alimentarnos, criarnos, instruirnos. Ella está persuadida de nuestra superioridad, inclinada a la pereza y arrogante en nuestros homenajes: es cierto que su inteligencia es inferior que la nuestra. ¡Nadie duda que tiene menos memoria que nosotros!

 

Después de haber revisado estos periódicos dirigidos y escritos por hombres, coincido con lo que dice la maestra Ma. del Carmen Ruiz Castañeda, en su artículo La mujer mexicana en el periodismo, pues nos afirma que las citadas publicaciones contenían amenidades ligeras e instructivas y de calidad variable, con el principal objetivo de no inquietar a sus lectoras, porque, como ella cita, los mismos editores aseguraban que querían más bien que sus periódicos fueran tildados de insípidos, no de inmorales.

Sin embargo, de acuerdo con lo afirmado en el libro de Fortino Ibarra, uno de los pocos investigadores que han escrito sobre la participación femenina en el periodismo nacional, empezaba a conformarse en nuestro público femenil y aunque él no dice por qué tipo de mujeres estaba constituido, yo me arriesgo a afirmar que estaba formado por aquellas mexicanas que comenzaban a recibir una educación superior, que protestó y exigió, principalmente por medio de cartas enviadas a la redacción de algunos periódicos como La semana de las señoritas, la publicación de un mejor material didáctico y literario, producido, con preferencia, por escritoras.

Si bien es cierto que el desdén demostrado por las mujeres hacía los periódicos dedicados a ellas, escritos exclusivamente por varones fue una causa importante para invitarlas a participar directamente en la creación de sus propias publicaciones, sería imperdonable pasar por alto a los editores y escritores que alentaron al sexo femenino para colaborar en sus diarios, facilitándoles la entrada en sus redacciones, publicando sus poemas y traducciones, permitiéndoles más tarde intervenir en diversas secciones, como las referentes a la economía doméstica y a las crónicas sociales.

Pero después acontece un hecho importante en el periodismo femenino: por primera vez una mujer quedó al frente de un periódico; su nombre era Ángela Lozano y el año de dicho momento 1873. Esta poetisa, colaboradora en diversas publicaciones, fundó con Manuel Acuña y otros escritores la revista El Búcaro, destinada también a lectoras; ella estuvo encargada de la parte literaria, mientras que la administrativa fue encomendada a un poeta de la época.

Desde ese momento comenzaron a surgir algunas publicaciones periodísticas de verdadera trascendencia, dirigidas por señoras, donde escribían crónicas, cuestiones históricas, literarias y científicas, sin olvidar los fines morales, sociales y económicos a que están llamadas por su sexo. Entre las publicaciones femeninas escritas por mujeres que surgieron en la capital durante el siglo pasado, sobresalen las siguientes:

 

Las hijas del Anáhuac (1873)
El álbum de la mujer (1883 – 1890)
El correo de las señoras (1883 – 1894)
Las violetas del Anáhuac (1887 – 1889)

 

Se abría una época de la historia del periodismo en la que las mujeres se hicieron visibles al fundar sus propios periódicos.

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