Si piensas en ventanas, es lógico que tu mente comience por repasar desde las más pequeñas y modestas, o quizá guarde alguna referencia de lo más extraño y creativo: ventanas inclinadas, de piso a techo, horizontales, verticales… Es raro que alguien aprecie una casa sin ellas. Nadie la imagina.

 

¿QUÉ es una ventana? ¿Un ente femenino? O el límite que te hace saber que el paisaje no se toca y que el exterior siempre debe permanecer en el exterior, oculto entre las propiedades no propias de la ciudad. O el reflejo de la ceguera colectiva, el canon que subyace en el inconsciente de nuestra especie.

Esto me hace pensar si algún escultor, en alguna de sus piezas, puso ventanas en los ojos para acristalar y transparentar el paso a una mirada y perspectiva desalmada, como todas las creaciones de la humanidad. Es entonces cuando cuestiono que, en arquitectura, hablar de ventanas es hablar de los ojos al mundo. De aquellos agujeros suspicaces que no saben a ciencia cierta si su papel es funcional o estético en el todo de un espacio.

Las ventanas se convierten en un lugar, resuelven fachadas y también llevan un estatus lleno de frialdad y hedonismo; por ejemplo, una ventana pequeña y discreta puede ser considerada humilde a lado de un ventanal en el que puedes observar desde un gran ángulo tu propiedad y el paisaje, como lo exige la arquitectura contemporánea. Aún así, ambas pueden hacer que nuestros corazones se opriman dando paso a un momento de inquietud indefinible, de imaginación y contemplación. Las ventanas hablan de sueños, de esperanza al mundo, han vivido sollozos y lágrimas, han fungido como nichos que albergan desde la más mínima ornamenta hasta las más sofisticadas creaciones del propio usuario. Son víctimas de ideas apresuradas y soluciones inmediatas del habitante. También son rígidas, catalogadas y condicionadas por los espacios, las normas y las reglas ridículas de construcción y diseño. Pocas son las que se fusionan con el entorno de una manera sutil y natural, para bañarte en un mar de admiración y recogimiento.

Ver las cosas es el primer paso para alcanzarlas, para soñarlas; aquellos agujeros azarosos y calculados resuelven tu vida y hacen que tomes conciencia de tu lugar en el mundo, te hacen mirar y reconocerte a través del todo.

Álvaro Siza dijo que lo más difícil de proyectar es ubicar las ventanas con sabiduría y sensibilidad, pero creo que el canon moderno, en gran medida, ha consagrado la ausencia de ventanas y muchas veces ve con malos ojos esos huecos tan necesarios y primordiales que se abren en los también imprescindibles muros.

¿Cómo hacer arquitectura sin muros y, por ello, sin ventanas? ¿Cómo crear espacios sin olvidar la primicia máxima de la arquitectura: habitar el todo? Y entonces, ¿qué es el todo? El todo es el interior y el exterior.

Las ventanas son un lujo. Pero de los lujos, el más razonable.

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