-¿A dónde vas?- repetía una y otra vez la voz en mi cabeza. –No lo sé- respondí como si fuéramos personas distantes, diferentes.

Por aquellos días sólo caminaba con la convicción de seguir a la luna, justo como dicta la canción. Sin embargo no estaba, aquel satélite regordete lleno de plata, se escondía de mí.

Tuve que encontrar otro objetivo a seguir, ahora caminaba rumbo a unas grandes manecillas, un campanario que interpretaba las notas del himno nacional como recuerdo a las revoluciones perdidas, aquel artefacto gigante que nos marcaba, sino qué hacer, en qué momento realizarlo.

Era el emblema de la ciudad que detesté desde la carretera que me traía a ella, pero con un poco de años y amores fugaces le tomé cariño. No eran más de las ocho de la noche cuando emprendí el viaje, el último por sus calles, por sus dormidas aceras.

Había de todo para recordar, una vieja preparatoria, una avenida con palmeras y bares, el teatro donde conocí el amor y la calle de los guerreros, los fuertes, quienes bajo la lluvia seguían ahí, disfrutando la música emergente, al igual que yo, un alma como cualquiera de los tantos habitantes.

Desvié la mirada y el cuerpo, casi llegaba a mi meta, a la luna, al reloj, cuando antes, sin parpadear pude reconocer el Hotel América y el Hotel Cuauhtémoc, verdaderos nidos de amor que por 200 pesos convertían sus muros en cómplices de los atentados al pudor.

Antes de continuar y a manera de flashback recordé a las personas, amigos de parrandas, de cárcel, de escuela y de trabajo, todos se juntaron en el órgano que nos hace un poco más humanos e hicieron que latiera con fuerza.

-Al fin llegamos- aseguré a esa pequeña voz que exigía caminar rumbo al artefacto de las manecillas. Lo miré de frente con un pedazo de masa sobre mi mano, su cuatro particular marcó las ocho con veinte, la hora de la esperada despedida.

Entonces todo comenzó borroso, entre mareos y distorsiones alcancé a divisar los alrededores del mágico reloj, había una tienda de comida rápida, un banco de fachada neoclásica y hoteles grandes siempre vacíos.

La lluvia dejó de ser agradable, caía directo sobre mi rostro, con mi espalda pude sentir el piso frío y mojado, era un desmayo; las personas se acercaron, parecían sorprendidas, como si mis facciones desaparecieran, todo fue más borroso aún, recostado en el suelo de mosaicos olvidé los rostros, con quienes viví y compartí aquí, ahí. A lo lejos y ya en obscuridad alcancé a escuchar voces, preguntan si estoy bien. Desfallecí.

Cuando volví en sí, en mí, ya estaba en un monstruo de ciudad nuevo, como cuando nací. Pregunté por los años en la ciudad de los vientos, como la recordaba, y nadie me dio razón, dijeron que no existía que siempre sorteé en el  monstruo que ahora.

Me resistí, pronuncié los nombres de las personas que amé en aquella ciudad de ensueño –Yazmín, Fernanda, Mariana, Sandra, Alejandra, Alejandra- pero nada, quienes estaban cerca con un abrazo me hacían creer que lo había soñado, apostaban a mi imaginación por crear un paraíso, por imaginar una ciudad con nombres. Me durmieron con pastillas.

Al despertar continué en el monstruo de ciudad, en el que según ellos siempre estuve, pero mi mente y corazón estaban en ese sitio que era más que juegos de pelota y comida envuelta en masa, era la ciudad de los vientos, del clima cambiante, de los besos, de la música y del amor, un lugar que existe porque estuve ahí y al contrario de todos, sé que no sólo fue un sueño provinciano.

Sobre El Autor

David Padilla Corona

Aprendiz de alquimista, o sea de reportero. Vagabundo de la vida y redactor en construcción. Amo el periodismo y la radio ninguno más que el otro.

Artículos Relacionados

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.