El 30 de mayo de 1431 las llamas subieron al Cielo, los infiernos se apagaron, un cuerpo se volvía cenizas…

 

TODO OCURRIÓ en la plaza del mercado viejo de Rúan, en ese lugar Juana de Arco murió en la hoguera. Ella, la rebelde furibunda, la niña valiente, aferrada a su armadura que escondía su alma valerosa, 17 años de su vida plena bastaron para tatuarla en nuestros recuerdos, para convertirla en sinónimo de revolución.

Es cursi, pero lloré frente a su altar en Notre Dame, pues después de que la Iglesia decidió ejecutarla por herejía, de discusiones, debates y culpas, en 1920 fue declarada santa patrona de Francia. Ella, la campesina que juraba estar bendecida por la inspiración divina se convirtió en la heroína que expulsó a los enemigos de las tierras francesas. Niña misericordiosa que ayudaba a quien lo necesitaba. Se dice que a los 12 años empezó a experimentar extrañas experiencias pues escuchaba voces que le murmuraban la misión por la que había nacido: liberar la ciudad y expulsar a los ingleses. Por eso fue recibida por el rey de Francia y lo convenció de que era necesario enfrentar a Inglaterra.

Y Juana, con su armadura, con su espada en alto, con gritos valerosos para contagiar su coraje y su garra enfrentó a cada soldado hombre. Fue herida muchas veces pero nada podía detenerla. Venció y los ingleses aceptaron su derrota. Y pese a su triunfo, como siempre, la gente mediocre, envidiosa e ingrata, perversamente buscó la forma de desacreditarla, convencer que era un demonio y no un ángel. Fue acusada de herejía y se defendió con verdadera elocuencia, segura de su inocencia. La crueldad de sus enemigos fue más fuerte.

Así, el 30 de mayo de 1431 “la multitud la vio rezar de rodillas, besar un crucifijo y comulgar antes de que la ataran al poste y muriera devorada por las llamas”. Tiempo después se aceptó lo injusto de su juicio, fue beatificada en 1909 y canonizada en 1920. Juana de Arco, el ser de una revolucionaria. Y en un poema le cantaron:

 

Te imagino en la plaza de Ruán
atada al palo de la hoguera.
Y aquel fuego devorando tus firmes carnes,
esa piel que desconoció otros ardores
más dulces, más humanos.
Tus labios devorados por las llamas y tu voz.
Me imagino, volcada y angustiosa, en un grito
que aún se escucha
a pesar de los años transcurridos…

 

Desde entonces se han escritos miles y miles de páginas sobre ella, desde novelas hasta biografías, desde guiones de cine hasta obras de teatro, ensayos y conferencias. Algunos textos para exaltar su entrega, otros para cuestionarla. Heroína y villana. Querida y cuestionada. El mismo William Shakespeare, finalmente inglés, fue severo al crearla como personaje. En su obra Enrique VI le da trazos de villana:

 

JUANA: Acostumbrada a alimentaros con mi sangre, me arrancaré un miembro y os lo daré en prenda de mayor beneficio. […] Mi cuerpo pagará la recompensa si otorgáis lo que pido. […] ¿Ni mi cuerpo ni el sacrificio de sangre os inducen a vuestra acostumbrada ayuda? Entonces tomad mi alma: mi cuerpo, mi alma y todo, antes que Inglaterra derrote a los franceses

 

Mientras que en la novela La doncella de Orleans, de Friedrich Shiller, es una mujer apasionada y que a través de un lenguaje poético,confirma su destino, se enreda en sus batallas, segura de sí:

 

JUANA: ¡Insensato! ¡Basta de ilusiones! ¡Todo acabó para ti! Caíste en las manos de la doncella, manos terribles de las que no puedes redimirte ni salvarte. Si hubieras caído en el poder del cocodrilo, en las garras del tigre, si hubieras robado a la leona sus cachorros, tal vez aún podrías implorar misericordia, mas encontrarse con la doncella es encontrarse con la muerte. Porque me ata al implacable cielo un pacto inviolable, espantoso, que me ordena matar a todo ser a quien ponga el combate en mi camino.

 

Los siglos van pasando y la imagen de Juana se reinventa, se justifica y se arriesga, pese a considerarla inocente, siempre es quemada en la hoguera. Uno de los textos que más se recomiendan para explorarla con sentimientos y sensaciones es el libro de Mark Twain, escritor calificado de agnóstico pero que al involucrarse con este personaje femenino quedó desarmado y cautivado. El texto fue publicado en 1896, su título, Recuerdos personales de Juana de Arco. En una entrevista, el escritor dijo:

 

He estudiado a esa chica, Juana de Arco, durante 12 años… y no me parece que los escritores y artistas nos hayan ofrecido un retrato verdadero de ella. Nos han dibujado una campesina. Y sus vestidos eran los de una campesina, pero siempre se olvidan del rostro: de su alma divina, de su carácter puro. De la mujer suprema, de una muchacha maravillosa. Sólo tenía 18 años, pero pone en un pecho como el suyo un corazón como el suyo, y creo, señoras y caballeros, que tendríais una niña… como fue ella

 

Los historiadores, de igual manera, quedaron seducidos por este personaje. Han escarbado en los archivos, han reproducido las preguntas que le hizo el tribunal y las respuestas que ella daba, mujer sabia, mujer firme, mujer digna. Entre los especialistas están Jacques Cordier, Henri Martin, George Duby y André Duby. Estos últimos dieron a conocer Los procesos de Juana de Arco, que reprodujeron muchos de los diálogos de ese juicio inquisidor que terminó por condenarla:

 

– He venido de parte de Dios y nada tengo que hacer aquí. Dejad que me juzgue Dios, del que vine…

– ¿Creéis estar en gracia de Dios?

Si no estoy en ella, que Dios me ponga; y si estoy, que me mantenga Él.

– ¿Creéis que sea inútil confesaros aunque os halléis en estado de pecado mortal?

– Jamás cometí pecado mortal.

– ¿Cómo lo sabéis?

Porque en tal caso mis voces me lo hubieran reprochado, mis espíritus me hubiesen desamparado.

– ¿Qué dicen vuestras voces?

Me dicen: ‘No temas, responde con atrevimiento que Dios te ayudará’.

 

Y este siglo XXI, Juana sigue cautivando, volviéndose espejo y voz propia. Seguramente su historia dio fuerza a la escritora cubana María Elena Cruz Varela, que en 2003 recibió el Premio Nacional de Novela Histórica Alfonso X el Sabio por su obra Juana de Arco: el corazón del verdugo.

Finalmente, quizá uno de los textos más antiguos, es El libro de la Ciudad de las Damas (1405), Christine de Pisán dio a conocer con tono lleno de sororidad el alma de este mito femenino:

 

Por medio de la cual Dios restituyó a su pueblo cuando fue oprimido.
¡Ah, qué honor para el sexo femenino!
Al que Dios amó tanto
que mostró un camino a los poderosos por el cual
el reino antaño perdido
fue recuperado por una mujer.
Algo que los hombres no pudieron hacer.

Hacer Comentario