Los jóvenes ríen en el auditorio de un bachillerato al sur de la ciudad…

 

AL FRENTE, del lado izquierdo, una chica alta de tez blanca y piernas torneadas; al centro, una ballena gris de ojos azules, y a la derecha, una chica imagina tocar la guitarra, ataviada en leggins y sudadera, en la que se lee el nombre de una banda grunge del siglo pasado (qué lejano se lee el siglo XX).‎

La obra de teatro se desarrolla sin escenario: únicamente la imaginación de los chicos que observan sentados a los tres actores; no más recursos que su voz, sus cuerpos, sus gestos, su memoria por diálogos internos y externos. La puesta en escena (sería mejor definición la ‘puesta en imaginación’) nos presenta problemas cotidianos de sujetos en construcción.

 

Se dice que el arte debe cambiar al mundo pero también se dice que el arte no sirve, aunque creo que sí construye.

 

El que las obras de teatro lleguen a los planteles de educación pública, aparte de ocasionar sonrisas y un rato alegre, permea en el joven-adolescente-niño en formación (o eso debería de hacer) un acto reflexivo.

En lo que va del año, me han abierto el auto en dos ocasiones: se llevaron dos computadoras portátiles, una en el estacionamiento del SNTE en Pachuca y otra en la Zona Plateada de la ciudad. Las dos computadoras, con un inmenso valor simbólico por lo contenido en ellas, mas el gasto adicional que trae tener que obtener un sustituto, crea una cadena de situaciones que hacen que el ciclo de incomodidades, a partir de un hecho delictivo, afecte a los ciudadanos.

Las laptops son una herramienta para un estudiante en la actualidad, ¿dónde radica la fragmentación social que nos orilla a no estar seguros ni en el estacionamiento de los docentes del estado o en una de las zonas de alto valor inmobiliario? En los dos lugares, la policía brilla por su ausencia.

Estudios desde las ciencias sociales comprueban que un acercamiento a la cultura crea mejores ciudadanos, mejores alumnos, mejores policías… pero algo ha pasado que nos hace distanciarnos mucho de ese modelo antiguo, en el que los sitios de los involucrados se respetaban o se tenían claros.

Nos perdimos en el camino, ¿qué pasa en un sistema educativo en el que los profesores creen que pueden andar con las alumnas bajo la justificación de que ya son mayores de edad? En el que los alumnos son capaces de amenazar a su autoridades, en el que un directivo de plantel pide no dar de baja al alumnado para no impactar en sus índices de deserción.

El sistema educativo lleva un tiempo erosionándose; la amalgamación ya no existe, la contratación de profesionistas y no docentes o pedagogos de profesión, por parte de las instituciones educativas, ha creado un ambiente en el que el profesor no es profesor: es un ser capacitado en cierta área intentando compartir sus conocimientos sin el menor acercamiento a las teorías pedagógicas o las dinámicas que garantizan un aprendizaje significativo; allí inicia un eslabón que crea una cadena de deficiencias que terminan por romper y dejar aislado al alumno de educación media superior; el sistema aún es formativo.

El alumno no viene a proponer, más sí a aprender; viene a conocer un sistema de valores, derechos y obligaciones para desarrollarse en un ámbito social y laboral con solvencia.

La ballena, al centro del escenario, reacciona con tristeza ante el futuro que se plantea a los jóvenes: el mundo se les está acabando, los sistemas gubernamentales eliminaron los derechos que tendrían cuando ingresaran al mercado de trabajo; han saturado a la educación de homogeneidad, su estandarización viene en marcha gracias a la Reforma Educativa implementada en el gobierno de Felipe Calderón y secundada por el de Enrique Peña Nieto en una reforma más bien laboral, que deja al alumno al final del eslabón; no ha existido una avance o adecuación para esta nueva generación de niños que ingresan al sistema escolar.

El sistema educativo en México, para quienes lo vivimos a diario, para quienes rebasamos los 30 años, nos topamos con nuevos métodos, nuevas prácticas y nuevas tecnologías. Atrás quedó el modelo formativo en el que los lugares de los involucrados están claros; en un pasado lejano, pareciera que se encuentran.

No es una cuestión de nostalgia o añoranza, es mirar a los alumnos en el aula, sin ganas de aprender, sin entender que el futuro depende de ellos ya no de nosotros. Por eso, desde esta trinchera, celebramos pequeñas luces como que una obra de teatro vaya a la escuela pública para recordarnos que el arte construye mejores seres.

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