Los fantasmas son reales, algunos permanecen apegándose a una hora y fecha, se aferran a una emoción, a una unidad, a una pérdida, al amor… esos, nunca se van

 

Del Toro advirtió a tiempo pero sus acotaciones no bastan para que el color de su nueva película deje el vínculo con el género del horror. A final de cuentas hay personajes cuya extraña presencia suponen la pérdida del aliento al cabo de la fatalidad, presas de la ventaja del destino que amaron o que no dejan de amar.

Guillermo piensa diferente a los creadores que definen la maldad con mayor concreción, con quienes no hay pierde: se es o no malo; se es o no bueno. Y lo bueno y lo malo tienen maneras muy definidas para funcionar.

Por eso hay que tener cuidado con la Cumbre escarlata, tal como lo advierte una oscura y catrinesca dama al principio de su tiempo. Si uno mira Crimson Peak (Estados Unidos-Gran Bretaña-2015) con ojo de predisposición sobre las generalidades del terror acostumbrado, habrá desconcierto y decepción. Y será sólo un problema semántico ya que el director fue claro al sentar que su proyecto es de ninguna manera una película del horror.

El creador de El laberinto del fauno, Orfanato o Mamá consideró que su última proyección va más con un cuento romántico sobre un lienzo gótico y de época. Hay ciertamente un lote de fantasmas, pero están más ocupados en ser reales que exclusivamente abominables, aunque esto les haga ser, a la luz del profundo pensamiento, más horribles.

¿Dónde está la maldad?

 

En el país de Guillermo del Toro bien se entiende que más hay que temer a los vivos. En la complejidad de una mujer o de un hombre que respira se aloja con equidad de oportunidades la pureza de un espíritu blanco o la cualidad convulsa de la oscura sed. No es necesario convertirse en un ser sobrenatural o ser parte del misterio metafísico para hacerse del atroz servicio.

Y este precepto tampoco es novedad en el sello del cineasta mexicano, quien siente una profunda compasión con los muertos, en especial con los zares del sufrimiento, a quienes recuerda en su humanidad, en su historia de claroscuros.

La Cumbre escarlata requiere de cuidados intensivos, más que horror, cuentos góticos o condenas de amor, es una fantasía montada a la bella metáfora: los fantasmas son irremediablemente reales, viven en el apego, en el recuerdo y en el amor, se aferran a emociones y lugares, se resisten a la pérdida. Nunca se van.

Por eso la misma línea narrativa de este cuento romántico y gótico ayuda a la orientación del espectador; los “fantasmas” se detienen, ceden el paso, hacen valla a los más vivos para hacer frente a sus conflictos, de color escarlata.

Vea Crimson Peak. Guillermo del Toro. 2015

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Sobre El Autor

Alejandro Galindo Sandoval

Reportero, editor, pluma silente y amante de lo ajeno

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