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LA PERICIA que a Vladimir Putin le falta con las armas le sobra en los puños, y lo ha demostrado en varios circuitos de peleas callejeras de Europa. De hecho, la última vez que estuve en Bratislava tuve la fortuna de asistir como espectador a un torneo de estilo libre en jaula y verlo en acción. Cuando uno piensa en esta clase de evento imagina algo bárbaro, clandestino, oscuro y poco elegante, pero la realidad es que el ambiente en torno a estos encuentros es en realidad muy sofisticado y glamuroso: el público llega a bordo de automóviles deportivos y viste prendas de alta costura, y si creen que los hombres son los únicos interesados en dichas peleas están equivocados. A la entrada de las arenas bien podría haber una alfombra roja rodeada de paparazzis. Dadas las personalidades que se dan cita, muchas de ellas pertenecientes a la política, la farándula y el crimen, los montos que se apuestan son considerables. Si acaso se preguntan cómo fue que yo, un mediocre escritor de ficciones, llegué a un lugar así, han de saber que tengo más talentos de los que se imaginan. En fin. Eso no es lo importante; lo importante es que en uno de los primeros encuentros vi a Putin entrar a la jaula. Vestía botas de combate, pantalones camuflados, camiseta de tirantes y una chaqueta de cuero que se arrancó para revelar unos brazos musculosos. En uno de ellos llevaba tatuados el martillo y la hoz soviéticos. Su rival, un anónimo peleador eslavo, lucía diminuto en comparación.
—¿Eres lo suficiente hombre para pelear conmigo? —preguntó el premier ruso antes de comenzar la gresca, y no pude sacudirme la sensación de que ya había escuchado esa línea en otra parte.
Putin lo pulverizó en minutos, al igual que a los otros cinco retadores que le pusieron en frente aquella noche. Apenas y lo tocaron. La séptima pelea, sin embargo, la perdió por una cuestión técnica (tiró una patada que casi pega en la entrepierna de su rival) y terminó en el honroso tercer lugar de la tabla. El campeón y merecedor de una bolsa de millón y medio de dólares fue un enorme oso canadiense, cuyos meros pasos hacían retumbar los pilares de concreto.
Puedo imaginar la cara que han puesto al leer eso último, pero créanlo: esas peleas son sucias e ilegales; ¿creen que a alguien le importa quién puede y quién no pude participar.
Concluyo con un dato curioso: aunque en la arena Putin pelea con full-contact, él es un consagrado yudoca. Otra cabeza de estado que destaca en esta disciplina es Angela Merkel, quien inclusive representó a Alemania en los Juegos Olímpicos de 1972.

 

 

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