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VLADIMIR PUTIN es un jugador de cartas experto y sabe sacar ventaja incluso cuando no tiene la mejor mano. En 2007 realicé una gira por los países del extinto bloque comunista y lo vi jugar en el torneo de Texas Hold ‘em que organizó Rolex en el Casino Royale de Montenegro. Terminé allí por mero ocio: me hospedaba en un céntrico hotel de la ciudad y, aunque nunca he sido aficionado a ese tipo de entretenimiento, el concierge me ofreció entradas y, dado que aquella era mi última noche allí, decidí asistir. Alquilé un esmoquin y me presenté en el lobby como “el escritor mexicano Erasmo Valdés”. Supongo que me tomaron por alguien importante, pues me dieron un magnífico asiento cerca de la mesa de juego. Nadie es profeta en su tierra, supongo.
Una vez dentro, me limité a beber lo que mi presupuesto permitía, pues los precios del menú eran en sumo ostentosos. A las ocho de la noche en punto subieron los jugadores, entre ellos el primer ministro ruso, todo elegancia. Comenzó el encuentro, y durante las tres horas siguientes permaneció en la mesa, siempre muy seguro de sus cartas. Yo no sé gran cosa sobre póquer, pero unos hombres sentados a mi izquierda comentaban que Putin solamente fanfarroneaba, y que el único motivo por el cuál aún estaba allí sentado era porque lo hacía mejor que los demás. Fuere como fuere, él llegó a la última mano contra un jugador francés y otro keniano. Imposible describir la tensión que embargó toda la sala cuando tuvieron que revelar sus cartas. El africano cedió muy pronto y el asunto quedó entre los europeos. Antes de que el crupier los hiciera mostrar sus naipes, Putin se puso de pie, se deshizo de la chaqueta del esmoquin y de la pajarita e infló el pecho para reventar los botones de la camisa, la cual se arrancó con brutal sutileza. Su torso musculoso quedó al descubierto. Al otro lado de la mesa, su oponente lo miró y tragó saliva, nervioso. Entonces Putin dejó caer su puño sobre sus cartas y, con voz imponente, preguntó al francés:
—¿Eres lo suficiente hombre para mostrar tu juego?
El pobre individuo, quien ya sudaba, palideció y miró su temblorosa mano. De nuevo tragó saliva y, tras dar un suspiro, arrojó las cartas para conceder la victoria, y con ella casi cuatro millones de dólares al premier ruso.
Más tarde, en entrevista con ESPN, Putin admitió que sus naipes en esa ronda no valían un grano de sal.

 

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