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PESE A LA IMAGEN de macho alfa que ha cultivado desde su ascenso político, Vladimir Putin no sabe disparar un arma. Esto lo descubrí en 2012 cuando Ernesto Velasco, entonces embajador de México en Polonia, me invitó a trabajar con él como agregado cultural. Si bien apenas estuve en el cargo unos meses por cuestiones que no atañen a este apunte, ese tiempo me bastó para constatar que mi jefe era un hombre con mucho de bárbaro y poco de diplomático, y que entre sus aficiones destacaba la cacería. En una ocasión, durante el periodo vacacional de primavera, me pidió que lo acompañara a un lugar en la campiña inglesa que ostentaba el absurdo nombre de Fish Shooting Grounds. Según me contó Velasco, aquel era uno de los centros de caza más exclusivos de Europa, ya que los miembros debían pagar una membresía de casi medio millón de dólares al año, entre otros requisitos en sumo excluyentes. Dejo a su imaginación el origen del dinero que Velasco gastaba en ese lugar, el asunto es que fuimos (yo en calidad de su asistente) y, ya adentrados en el frío bosque, escuchamos el intenso galope de un caballo. Asomamos entre los matorrales que nos separaban de un claro, colina abajo, y descubrimos que el jinete era nada menos que el primer ministro ruso. Un equipo de camarógrafos lo seguía a toda prisa, y de tanto en tanto él posaba para ellos cual Napoleón a punto de cruzar los Alpes. En medio de una lluvia de flashes, un hombre entregó un rifle a Putin. Al mismo tiempo, otras dos personas colocaron junto al caballo una pequeña jaula de madera, de la cual salió disparada una liebre que, en cuestión de segundos, se había alejado 50, acaso 70 metros. Putin cargó el arma, apoyó la culata contra su hombro y apuntó. Se hizo un profundo silencio entre su séquito. Entonces tiró del gatillo. La bala impactó contra unas piedras, casi medio metro a la izquierda del veloz animal, pero eso no fue lo más grave: la fuerza del disparo lo empujó con tal violencia que cayó de su montura y fue a dar de espaldas a la hierba. De inmediato su gente se interpuso entre los fotógrafos y comenzaron a confiscarles el equipo; aquella penosa escena no debía salir de allí.
Al ver esto, mi jefe bufó, dio la media vuelta y yo fui tras él.
—Siempre es lo mismo con Vladimir —dijo—. Monta un espectáculo y al momento de tirar brilla por su inexperiencia. ¿Sabes quién sí es un buen tirador, Valdés? Charlton Heston. Ese hijo de puta le daría a un chícharo en tu cabeza.
Algo así había escuchado en un documental, mas no tenía deseos de confirmarlo.

 

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