Este viernes 26 de agosto tuve el honor de presentar la novela Teresa, la mujer, de la escritora española Helena Cosano. La historia de Santa Teresa de Ávila, esa mujer nacida en el siglo XVI y que en el convento encontró la manera de desbordar su amor a la lectura, su pasión por escribir, sus miedos a Dios, sus herejías santas y su capacidad de creer y hacer creer en los milagros. La autora nos persuade con sus palabras para que descubramos a la mujer, simplemente a la mujer. Fue así como escribí:

 

En el siglo XXI aún creemos en las santas porque las santas siguen haciendo milagros. He visto que se ponen a dibujar las nubes de rojo para recordarnos que no hay mejores infiernos que nuestros cielos solidarios pintados con tonos de fuego pasional y trazos de una luna iluminada de sororidad.

Las santas de estos tiempos rezan para inventar palabras, para crear historias que nadie cree pero todos quieren escuchar, para salvar almas perdidas a través de su discurso amoroso y para delatar vidas por medio de confesiones que siempre brotan honestas, sobre todo cuando estás a las puertas de la muerte.

Las santas de hoy escriben para enumerar reencuentros y días de amores, para bendecir nuestro lado feminista y rezar por nuestro instinto abnegado. Se envuelven en nostalgias para hacer poesía llena de sororidad sonora. Escarban historias en alma piadosas para confirmarnos que la vocación es una necesidad apremiante pues nos permite descubrir quiénes somos y aceptarnos, querernos, delatarnos.

Creen en los milagros de ayer por eso los buscan en otras voces para hacerlos su voz. Memorizan rezos con discursos de un pasado lejano en épocas pero cercano en confesiones compartidas, así, bajito, muy cerca de nuestro oído derecho. Tatúan cruces con dolor intenso para sellar nuestra piel de enigmas y atrevimientos. Buscan espejos para espiarse a través de la mirada de la otra, la extraña pero cercana, la amiga indiferente y la enemiga aliada. Atisban el reflejo de una cascada de rizos de fuego como la cabellera perversa de Lilith, la primera mujer de Adán, que lo abandonó para ser ella misma. Buscan en su sexo la hoja de parra que Eva usó para esconder su placer mientras se alejaba del Paraíso, segura que su error había sido confiar en Adán.

Me consuela que las santas acepten su atracción hacia el mal, que se fascinen por Lucifer aunque amen a Dios y quizá por un instante de segundo decidan ser infieles. Que identifiquen la vocecilla que las orilla a portarse mal pero se esfuercen por ser niñas buenas. Descubrir espíritus malignos perdidos en espirales oscuras, demonios perversos pero temerosos al agua bendita. Que no tengan miedo a los infiernos porque les asusta más un hombre poderoso, ellos sí que hacen mucho mal.

Ser santa para vagar y recorrer esos cautiverios que inventó la feminista mexicana Marcela Lagarde. Entonces, caer en el primero, el de madresposa, para cuidar a los hermanos, perdonar al padre que nos engendró pero no esperaba mucho de nosotras por ser mujeres, cuidar a todos los hombres por simple vocación aunque nada personal nos una a ellos, solamente por la necedad de ser un ser para los otros.

Ser señalada por los demás cuando no entramos en ningún estereotipo, ni comportamiento ni destino sagradamente femenino y entonces ser sencillamente una loca, el segundo cautiverio que siempre nos justifica.

Desear, ver en nuestros cuerpos las formas del placer y del pecado, el deseo latente en nuestra piel, perversiones de puta juzgada y sentenciada, ese tercer cautiverio que espera en una esquina bajo la luz del farol más pecador.

Encerrarse en la vida privada para estar presas de nosotras mismas, presas con nosotras mismas, el cuarto cautiverio del eterno femenino.

O pensar en Él, así con mayúscula: Él… nuestro creador, el dios, mi Señor, el Esposo, ser la esposa de Cristo y rezarle, tener con Él una relación “extraña, turbulenta, plagada de peleas y reconciliaciones. No por Él, sino porque yo no era digna aún y no sabía recibir amor…” por eso el último cautiverio que evoco cierra gozosamente este recorrido con el libro que hoy les comparto. Ese último cautiverio es el de la Monja. Y en esta obra que hoy les invito a leer, es la voz precisamente de una monja, encerrada en su libertad, que la vida convierte en Santa, la misma que nos invita con su vida a descubrir en qué cautiverio estamos enclaustradas nosotras, las mujeres nacidas en el siglo XX, las que padecemos la compulsión del siglo XXI.

Teresa, la mujer, es una mujer que se confiesa ante nosotras, aún sabiéndonos más pecadoras. En cada página late la voz de Teresa de Ávila, la monja y la santa, pero sobre todo la mujer que disfruta gozosa tener un eco eterno en sus lectoras gracias a la sensibilidad de otra mujer llamada Helena Cosano. Ella, Santa Teresa, las dos, muy juntitas nos hablan para poder decirnos quién es “Teresa la Mujer”, quién quiso ser y quién cree que seguirá siendo pese al paso de los años por los siglos de los siglos, amén.

“Teresa es mujer” y Helena Cosano lo muestra en cada párrafo. Es una mujer que dice una frase que seduce y asusta, enternece y da fuerza:

 

“Me hice monja porque nací mujer”.

 

La confesión sacude el alma, nos ubica en ese tiempo que para ser y saber el convento era la única respuesta para quien nacía mujer. Descubro que esos hábitos provocan revelarte y reconocerte. Con razón nuestra amada Sor Juana Inés de la Cruz también tomó esa decisión, Santa Teresa marca que su destino fue construido dentro de un convento, no había otro lugar posible ni imposible.

La historia de Teresa, la mujer, nos acompaña para conocer a una mujer de otro siglo que provoca el milagro de hacerse escuchar otra vez, un milagro provocado por la literatura, un milagro bendecido por palabras salidas del alma y escritas con el corazón, un milagro iluminado por la calidad literaria de Helena Cosano y santificado por la vida compasivamente transgresora de Teresa de Ávila.

Helena Cosano hacer hablar a teresa de Ávila en sus últimos días de vida. Teresa de Ávila sacude con su vida las emociones de Helena Cosano. ¿Dónde empieza una y dónde termina la otra? ¿Quién le da voz a quién? ¿Qué tan complejo, provocador y conmovedor es que una santa confíe su historia a una escritora? ¿Cómo una escritora logra atrapar el tono de una santa y conmovernos por siempre?

Luego de espiar a Helena Cosano no me sorprende que lograra este milagro de dar voz a una santa. Después de leer sus otros textos –como Cándida Diplomática y El Viento de Viena– comprendo el don de Helena Cosano, ese don de convertir cada oración en esos rezos que ya había olvidado, cada frase en esos coros celestiales que alguna iglesia todavía atrapa en sus rincones, esa fe que no he perdido y la autora y la personaje lo adivinan, por eso desde la página 95 me murmuran al oído:

“La fe es esa certeza absoluta de que todo está bien. Es confiar como lo hacen los niños, con la misma inocencia en el corazón. Es entrega; un salto al vacío. Implica esperanza. Y caridad. La fe es saber que nunca estamos solos. Que hay un rumbo, un sentido, una meta, una misión…”

Y por eso tengo la certeza que la misión de Helena Cosano es lograr el milagro de las palabras, cada una de las palabras que integran esta novela son tan generosas que resucita almas perdidas, devuelve la vista a los ojos cegados por la rabia contenida, desaparece la lepra en corazones infectados de desamor para volverlos amorosos, cura heridas del alma para remendarlas con sus palabras, palabras nube, palabras viento, palabras rezos, palabras descarnadas, oscilando entre lo secreto y lo prohibido.

Gracias Helena Cosano por tomarnos de la mano y permitirnos palpar la vida de una santa que fue una niña traviesa del siglo XVI, que fue rebelde por naturaleza y que les gustaba cerrar los ojos para olvidar “…que estaba viva. Cerraba los ojos y ya no existía Teresa: era viento…” Sí, un viento como el de esta Bellairosa que hoy las recibe para provocar remolinos con sus palabras, huracanes con sus pasiones.

Helena da voz a una santa que evoca ese primer beso del que fue testigo la Luna llena, principio de esa decisión iracunda de internarla en un convento. Esa paz que encontró en ese lugar, donde quedó convencida “que no hay estado más pleno y gozoso que la soledad”. Gracias por hacernos palpar su cuerpo mutilado, su olor a rosas y hasta el tronar de su ataúd roto, partido en pedazos por absurda ambición, tonto fanatismo. Desde las primeras páginas nos permites escuchar el silencio de Santa Teresa, sus gritos contenidos, sus preguntas sin respuesta: “¿Acaso consideran que la mutilación es un acto de amor?”.

Gracias Helena Cosano porque junto a Santa Teresa me recuerdas que “el don de las lágrimas es sencillo, que llorar es un don, porque las lágrimas purifican el corazón, representan un delicioso abandono”. Y entonces lloras con verdadera fe. La fe, esa grata intuición que inspira este libro, esa sensación que debería acompañarnos más seguido, esa certeza de que todo vale la pena. Y junto a Teresa, gracias a Helena, puedo musitar:

Vuestra soy, para vos nací

¿Qué mándais hacer de mí?

Dadme muerte, dadme vida.

Dad salud o enfermedad.

Honra o deshonrad me dad

Dadme guerra o paz crecida

Flaqueza o fuerza cumplida

Que a todo digo que sí

¿Qué mandáis hacer de mí?

Dadme pues sabiduría

O por amor, ignorancia

Dadme años de abundancia

O de hambres y carestía

Dad tinieblas o claro día

Revolvedme aquí o allí

¿Qué mandáis hacer de mí?

La fe, de Santa Teresa.

La fe, en cada página de esta novela.

La fe, que contagia la sensibilidad de Helena Cosano, reconciliándolos con la vida, apostando por la literatura, abrazando su libro para murmurar eternamente, gracias.

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