El Gran Hermano se convirtió en un personaje de culto, casi un ser de la mitología moderna. Hay distintas versiones de cómo lo creó George Orwell, una de las más famosas es que está inspirado en Stalin y su régimen tiránico, del cual fue víctima el escritor. Está claro que todas las anti utopías fueron visionarias y que mucho de lo que describen durante los años treinta, cuarenta y cincuenta es ya una realidad en estos días (Fahrenheit 451, Un mundo feliz y 1984, entre otras). Sobre todo llama la atención que los aspectos de la novela 1984 se vuelven reales de una manera aterradora y sobre todo que el Gran Hermano se expande como una maldición materializada.

 

Antes de continuar con la iconografía de la obra, será bueno decir algo sobre la trama: 1984 fue publicado por primera vez en 1949. La historia retrata al mundo bajo un ambiente posapocalíptico o, de menos, situado en una posguerra en la que se debaten batallas similares a lo que fue la Guerra Fría. La geografía está dividida en solo tres regiones: Eurasia (Rusia y Europa, menos Islandia y los países británicos), Asia oriental (Japón, China y Corea) y Oceanía (el resto del mundo, al que de manera extraña pertenecen el Reino Unido, Islandia e Irlanda). Lo extraño se debe a que Oceanía está descrita como la región periférica de la Tierra, o Tercer Mundo, y es manipulada por “El partido” y sus cuatro ministerios que azotan a la gente. El Ministerio del Amor, por el cual se aplican los lemas del partido mediante la tortura y se encargan de tener en orden a la sociedad, alineando rebeldes o libre pensadores. El Ministerio de la Paz, que administra los asuntos de guerra. El Ministerio de la Abundancia, que distribuye de manera muy restringida los alimentos. El Ministerio de la Verdad, que se encarga de borrar los registros históricos y reescribirlos a conveniencia del partido.

En Oceanía todo es controlado por el Gran Hermano, el jefe, el personaje omnipresente que controla a la sociedad que vive en la pobreza y que es entretenida con simulacros de diversión barata. El Big Brother vigila desde todas partes, con cámaras instaladas en cada rincón, y toma fuerza mediante lemas absurdos como “La guerra es la paz”, “Libertad es esclavitud” e “Ignorancia es fuerza”. Algo interesante e intrigante es la dualidad del ente, pues Big Brother no es un individuo concreto o físico, es otro lema, un fantasma que vigila, un ojo supremo que posiblemente no existe. Winston Smith, su contra parte y protagonista de la historia, es un empleado en el Ministerio de la Verdad, que trabaja reescribiendo historias y ocultando registros reales. Este arquetipo melancólico con tintes de fracasado comienza a cuestionarse sobre los azotes del partido y sobre la veracidad del Gran Hermano. Junto con otra libre pensadora de nombre Julia, intentan rebelarse contra el gran jefe vigilante y se unen a una resistencia dirigida por Emmanuel Goldstein, otro personaje que parece ser más un mito que una persona real, pero que representa a la oposición.

 

            En la actualidad, está de más reiterar lo verídico que son los hechos de 1984: la manipulación para entretener a sociedades en un plano decadente en el que son extorsionadas; la existencia de una “Policía del pensamiento” represora; y la lucha desoladora a la que se dirige el mundo mediante la guerra por los recursos naturales. Pero, el punto es: ¿cómo existe ahora el Gran Hermano? Puede ser que todos lo seamos o, al menos, todos los que navegamos por la web. El internet es el ojo que todo lo ve, y se alimenta gracias a todos sus usuarios. Pese a que existen reglas de privacidad, hay una inclinación morbosa, sea consciente o inconsciente, por observar, indagar y deducir sobre la intimidad ajena.

El constante acoso por redes sociales, vuelto cada vez más una adicción, la posibilidad de infiltrarse en cámaras web de extraños, el avance terrorista de los hackers, la omnipresencia silenciosa de la deep web, son algunos de los elementos que nos marcan como una sociedad vigilante. Entonces, posiblemente la intimidad no sólo es irrumpida solo por el FBI, el ejército, el departamento de inteligencia o los espías profesionales, sino por cualquier civil que, sin siquiera imaginarlo, comienza sus observaciones. Por más que los perfiles en redes sociales tengan opciones de ser hiper mega privados, siempre habrá usuarios que puedan encontrar la manera de penetrar y observarlos. Fuera de eso, quienes no tienen la posibilidad de burlar los medios de seguridad, igual tienen hábitos de observar vidas ajenas, disfrazados de inocente curiosidad. Ante esto, viene una suposición más aterradora: todos somos figuras públicas y la vida íntima puede ser un mero simulacro, sobre todo porque todo poseedor de una cuenta en redes sociales, de un correo o de algún chat, rebela aspectos de su personalidad, su modus vivendi y sus gustos, por más mínimos o discretos que sean, lo que abre paso a la curiosidad, la suposición y la indagación. Es entonces que, ante esta red, somos víctimas y victimarios, somos a la vez los habitantes de Oceanía y el Gran Hermano.

 

En la recomendación musical, tres bandas de rock alternativo que hacen claras referencias al libro de Orwell y al gran ojo que todo lo observa. Hoy en día, el rock alternativo aún es juzgado por la escuela vieja del rock como un género vacío y simplón, pero este demuestra lo contrario con buenos grupos como los siguientes: el primero es el trío británico Muse, una de las propuestas actuales más innovadoras y preferidas por el público de muchos países. Matt Bellamy es fanático de la ciencia ficción y en varios álbumes hace referencias a Orwell, así lo demuestra con la letra de la canción Uprising. El segundo grupo es el legendario Radiohead, que también utiliza mucha filosofía orwelliana en sus canciones y la expresa en piezas como 2+2=5 con alusión al control mental que hace el Gran hermano y que si él ordena que 2+2 sea 5, entonces todos deberán creerlo. La tercera agrupación son Artic Monkeys, con una de sus canciones más afamadas y que dice referencias directas de la novela en sus letras I bet you look good on the dance floor, que incluso pronuncia tal cual 1984 en su último verso.

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