Alguna vez trabajé como traductor de historietas para Editorial Vite. Si bien para una persona con mi formación era una labor de ensueño, una situación desafortunada pronto me arrancó del puesto: como mi superior inmediato, el jefe de redacción, perteneciera a esa generación que re bautizó a Goofy como Tribilín, estaba empecinado en castellanizar cuanto nos llegara. De allí que me viera en un aprieto cuando la empresa compró la licencia del serial Fistor and The Fisting Warriors, de Kieran Shepherd… En vano le rogué que lo publicáramos con el título original. A dos días del lanzamiento, el dueño me llamó a su oficina y, tras echarme en cara cuántos sinónimos se le ocurrieron de la palabra degenerado, me ordenó limpiar mi cubículo: miles de padres de familia estaban indignados porque sus hijos leían una revistita llamada Puñor y los guerreros puñeteros.

A Angélica

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